
Matthew Ronay, en La Conservera, sentado en su instalación. :: VICENTE VICENS/ AGM
Todos somos ritual, miedo y tribu. En los pilares de esa certeza ancestral ha armado su instalación el artista estadounidense Matthew Ronay (Kentucky, 1976) -que presenta su primera muestra individual en España-, dentro de las muy variadas propuestas incluidas en el octavo ciclo del Centro de Arte La Conservera de Ceutí (Espacio 3), dedicado en esta ocasión a los rituales ancestrales y contemporáneos. Ronay teje una red de creencias oscuras, una liturgia donde lo fértil y lo yermo se complementan y confunden sus límites, donde las huellas son frágiles y, a la vez, permanentes. 'Between the worlds' ('Entre los mundos') es un audaz espacio para un nuevo oficio de tinieblas, para la celebración de ritos y delitos. La ficción se hace reconocible cuando uno entra y recorre ese bosque de tótems y signos y contempla una gran choza de tela negra de un chamán desconocido y posiblemente con poderes sobrenaturales y capaz de predicciones terribles y atinadas. ¿Qué ceremonias se celebran allí, qué promesas se imponen, qué seres son sacrificados, qué sangre se derrama, que elixires y pócimas se emplean, qué sermones se escuchan, qué lamentos y plegarias se exclaman y recitan en sesiones de las que quizá mejor guardar prudente y obligado silencio? ¿Un espacio prohibido o un lugar para la meditación y el encuentro?
Es, sin duda, un recinto mágico, seductor, y enigmático. «Intuición e imaginación», según explica Ronay. «Un mundo de estados intermedios: masculino, femenino, terrestre, astral, luminoso, oscuro y encantado», según los responsables de La Conservera. Un montaje que «alude a sitios como la selva o la zona abisal del océano, que han funcionado históricamente como emplazamientos arquetípicos del paso a la mayoría de edad. Se trata de una obra relacionada de la noción puritana del trabajo como oración. Son proyectos tranquilos y reflexivos y, al mismo tiempo, enredados con la muerte, el sacrificio y la estupidez». En la parte delantera del espacio se presentan doce objetos nuevos que funcionan como una especie de cementerio o necrópolis de una antigua religión. Estos objetos están dispuestos en un tipo de orden simétrico que refleja un sentimiento tanto funerario como nupcial. Un collage de creencias.
Tumbas que parecen crisálidas, nichos que son cápsulas (vaginas viajeras) para un largo desplazamiento sin retorno. Todo lo que se muestra mantiene un intenso vínculo telúrico y estar conectado con los ciclos de la naturaleza y sus transformaciones. Estructuras simples dotadas de magnetismo y memoria colectiva. Hay algo de familiar en todo lo que se muestra y también algo recóndito e inexplorado. Mobiliario sagrado y onírico, madera tallada, máscaras para una danza fértil, instrumentos para conectar con los dioses y los demonios, símbolos que participan de lo sagrado y lo profano, grandes ojos pintados… manos, muchas manos que imploran o exigen, que solicitan o reivindican; exvotos y ofrendas de un culto perdido.
Un espacio oscuro, azaroso y quizá tranquilizador como todo templo. Temblor y firmeza. Matthew Ronay construye un ambiente, una 'atmósfera antropológica', algo intangible con muchas puertas abiertas a la percepción interior del espectador. Un santuario de lo posible que es también un altar de la ficción. En ese oratorio todo está permitido, al menos en apariencia.
El espectador se convierte en otra sombra en un territorio de crepúsculos primitivos.