Donde todos piensan igual, nadie piensa mucho», dijo Auguste Rodin. Pero, ¿en qué piensa 'El pensador'? ¿En qué reflexiona ese atleta más que esteta colocado en la plaza de Santo Domingo en Murcia? Rodin al aire libre, en diálogo con el espacio y con los paseantes, sin muros, abierto a todas las perspectivas y las arquitecturas. 'El pensador' y seis estudios de los seis nobles que se integran en el 'Monumento a los burgueses de Calais', un coro del dolor y la dignidad; héroes y rehenes. «El arte es el placer de un espíritu que penetra en la naturaleza y descubre que también ésta tiene alma», dijo Rodin. 'El pensador' parece reflexionar con todos sus músculos, es un ser en tensión, robusto, casi un Titán de ceño adusto, con manos de púgil y una espalda que parece capaz de soportar el desconsuelo del mundo. Perplejidad, calma, inocencia, esperanza, incertidumbre, perdón, culpa, esperanza&hellip todas las posibilidades del alma parecen darse cita en él. Un cuerpo entero es el que medita.
En 1880, fecha del encargo de 'La Puerta del Infierno', Rodin pensó en incluir en la composición una figura de Dante que dominara la 'Puerta' y contemplara bajo sus pies el desarrollo de la tragedia de la 'Divina Comedia'. Esta figura, originalmente titulada 'El poeta', se convirtió en 'El pensador'. En 1904 el artista explicaba esta transformación: «'El pensador' tiene una historia. En días ya lejanos, estaba ideando 'La Puerta del Infierno'. Delante de esta Puerta, sentado en una roca, Dante, absorto en una meditación profunda, concebía el plan de su poema. Detrás de él estaban Ugolino, Francesca, Paolo, todos los personajes de la 'Divina Comedia'. Este proyecto no se llevó a cabo. Delgado, ascético, envuelto en su rígido ropaje, mi Dante, separado del conjunto, no habría tenido sentido. Siguiendo mi primera inspiración, ideé otro 'pensador', un hombre desnudo, agachado sobre una roca, sobre la que se retuercen sus pies. Con el puño contra los dientes, está pensando. El pensamiento fecundo se elabora lentamente en su cerebro. No es en absoluto un soñador, es un creador. Hice mi propia estatua».
Colocado en lo alto, separado del resto del mundo, aislado quizá para evitar que el paseante le toque en los hombros, le distraiga y se empeñe en entablar conversación con él; lo cierto es que dan ganas de rozarle. El deseo y el fulgor se asoman en su mirada. ¿Un guardián, un creador de acertijos, un contable, un albañil ocioso, un sepulturero, un ebanista de laberintos, un cirujano de almas, un sacerdote de una religión ya difunta, un jardinero compasivo, un carnicero, un amante despechado, un loco, un moralista, un asesino? ¿Quién es realmente ese pensador? En él la inmovilidad es memoria. No es una actitud ni un gesto sino algo más allá de las palabras y la epidermis lo que está representado en esa figura, algo íntimo y taciturno que nos acerca al territorio de la duda y la incertidumbre.
Algo similar al niño que contempla el recorrido laborioso de las hormigas sin entender el significado ni la finalidad de esa romería incesante de insectos que puede desbaratar en cualquier momento. Así nos observa 'El pensador'. Contempla nuestro destino y el azar de nuestros pasos. Junto a él somos seres diminutos, huellas, fantasmas. Sus pies poderosos, anclados en la tierra, nos recuerdan la fortaleza de ese pensador que nos observa.
De entre todas las perspectivas posibles para contemplar en Murcia al 'Pensador', hay una curiosa: rodearlo hasta que quede enmarcado entre los dos 'salvajes' heráldicos y armados que custodian el Palacio Almodóvar de la calle Trapería, dos monstruos que parecen preservar los frágiles sueños de la razón.