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Cuando el mar bañaba Carrascoy

PLANES | LA RUTA

Cuando el mar bañaba Carrascoy

La única cantera 'viva' de Canteras le lleva al remoto pasado de la tierra, hace millones de años, y a ser consciente de lo insignificante que es el ser humano

03.02.12 - 00:45 -
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Unas enormes paredes se elevan al cielo. Tan rectas, tan trabajadas por la mano del hombre, que cortaba la piedra para construir, que a simple vista podría creerse que son viejas ciudades levantadas por milenarias civilizaciones como las que pudieron haber esculpido los budas de Bamiyan que en 2001 destruyeron los talibanes. Una sensación que alimenta el hecho de que en las enormes paredes de arenisca calcárea que se elevan interminables hacia el cielo han horadado pequeñas cavernas y refugios, habitáculos para protegerse de las inclemencias del tiempo e incluso viviendas que, cuentan los vecinos de Canteras, han estado habitadas hasta fechas recientes (como muestran las rejas que protegen algunas de ellas). Esta época, así como la primavera tras un otoño-invierno lluvioso, es ideal para visitar la zona, ya que la vegetación (más verde y frondosa) incrementa la sensación de encontrarse ante un antiquísimo poblado de cualquier rincón exótico del globo. Sin embargo, tan solo tiene que desplazarse a 3 kilómetros de Cartagena para realizar un viaje al pasado más remoto, hace 12 millones de años, y dejar volar su mente para imaginar cómo era el terreno cuando el hombre todavía no existía sobre la faz de la Tierra: el mar cubría todo el Campo de Cartagena hasta la sierra de Carrascoy y El Valle, y una impresionante sierra de dura roca (lo que hoy es El Roldán y La Muela pero de mayores proporciones) separaba, cual muralla, el mar de interior del 'antepasado' del Mediterráneo y era surcada por un caudaloso y rápido río.
'Navegando' a pie por este inmenso mar, si sube por la calle Amazonas de Canteras, llegará sin más remedio al mirador desde el que se ven, imponentes, las murallas de piedra de tabaire de la única de las ocho canteras de Canteras que no ha sido rellenada y urbanizada. Testimonio del aprovechamiento que del entorno ha hecho el hombre desde sus más primitivos pasos, los sillares extraídos de estas paredes de roca han sido utilizados para levantar edificios. Ejemplo de ello son las construcciones romanas que pueblan el subsuelo de Cartagena y que fueron los cimientos de la floreciente Carthagonova: la muralla púnica, el teatro, el anfiteatro, el foro... y hasta la Catedral, la de Cartagena y dicen que la de Murcia y la plaza de toros cartagenera ya en el siglo XIX.
Pero si importantes y singulares son estas calcarenitas sobre las que el poso histórico de la poderosa Carthagonova se edificó, lo son aún más si nos remontamos a los orígenes de estas elevaciones montañosas, fruto del depósito, durante millones de años, de los sedimentos en el fondo marino, entre los que puede encontrar, si se acerca a observar con detenimiento las inmensas paredes, sus huellas fósiles: corales, conchas de moluscos o los antepasados de los erizos de mar, entre otros.
Estos gigantes muros, que superan en algunas zonas los 25 metros de altura, emergieron tras el choque de las placas continentales africana y europea (origen de las cordilleras béticas) hace 20 millones de años y el posterior proceso de desecación del mar interior que formaron al levantarse. Unos periodos de tiempo inabarcables para el hombre de hoy, que casi mide su vida en nanosegundos, pero que se pueden palpar con solo acercarse al pie de la cantera para observar de cerca cada uno de los estratos acumulados en los orígenes del planeta.
Este importante patrimonio geológico a través del que se puede comprender la evolución geológica de la Región es solo uno de los aspectos que ofrece esta excursión, que se facilitaría a la ciudadanía si se adecuase un itinerario para recorrer este espacio un tanto descuidado. Cuentan los canteranos que «ahora está bien, porque han retirado los escombros», pero no hay más que intentar internarse en este mágico lugar para darse cuenta de que el dificultoso acceso no es nada (si entra por el final de la calle, la pendiente es pequeña y puede acercarse hasta las mismas paredes por terreno llano), si intenta recorrer todo el frontal (una alfombra de tréboles cubre el terreno, pero al hacerlo se descubre que las pendientes laderas no son más que montañas de inestables y peligrosos escombros camuflados bajo la vegetación). No obstante, tomando todas las precauciones posibles y andando con cien ojos, le recomiendo adentrarse en la cantera, porque la recompensa merece la pena.
Y, a partir de este punto, olvide la historia geológica y humana, y deje volar la imaginación. Unas veces, llama la atención la huella que la erosión del viento ha dejado sobre la blanda arenisca: una erosión alveolar que emula formas orgánicas en las que puede buscar las mil y una formas, y que ha borrado la huella humana dejada durante, al menos, 24 siglos; otras veces, la precisión con las que los trabajadores de la cantera fueron cortando la piedra para fabricar sillares, losas o fustes de columnas han construido enormes escaleras como las que se levantarían para acceder a lo alto de una muralla y vigilar el avance enemigo. A pie de cantera, podrá husmear, con cuidado, en los refugios y ser consciente (igual que cuando pise basura por el terreno) de que la huella que dejamos los hombres se perpetúa en la naturaleza, pero también podrá comprobar lo minúscula que resulta, frente a estas paredes que la Tierra necesitó millones de años para levantar.
Algarrobos, eucaliptos, pitas, tomillo y millones de tréboles aportan la pincelada verde a este mar 'amarillo'. No sea usted el que deje otra pincelada distinta; que no quede la huella de su paso.
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