«Nunca me imaginé que iba a pintar en muros a más de diez metros de altura»

Carlos Callizo, en plena faena.
Carlos Callizo, en plena faena. / Guillermo Carrión / AGM

Carlos Callizo. Profesor de Bellas artes

MINERVA PIÑERO

Desde 2014, los transeúntes de ciudades como París, Madrid, Burgos, Lérida y Murcia tienen un motivo artístico para alzar sus miradas hacia las pinturas murales de Carlos Callizo, obras en las que el 'albañil del arte' ha plasmado expresivos rostros con la ayuda de grandes brochas, paletas, llanas y grúas. Su vocación se manifestó cuando tenía 18 años, momento en el que andaba metido entre manuales universitarios arquitectónicos.

-¿Se considera un grafitero?

-Ser grafitero y artista urbano son dos cosas diferentes. Mientras que el primero solo busca propagar su firma personal y marcar su territorio, el segundo colabora con la ciudadanía y con las instituciones, regala el arte y en su trabajo no existe ningún componente vandálico. Aunque aún perviven grupos a los que les gusta pintar trenes o monumentos históricos para ser perseguidos por la Policía, hecho que encuentro deplorable, la misión del grafitero no tiene nada que ver con la del artista.

-Sin embargo, ambos tipos de trabajo decoran las calles.

-Puede ser, pero ese no es el fin de los murales que realizo. No se trata de convertir la pintura en una especie de decorado, sino de recuperar la ciudad, territorio que ha sido ocupado por numerosos anuncios publicitarios y en el que el arte se ha quedado encerrado en museos y galerías. Me gustaría que esos anuncios pasasen a un segundo plano, que los rostros que pinto captasen la atención de los viandantes para inducirlos a un estado de reflexión y para estimular sus pensamientos.

-¿Por qué solo marca la mirada en sus murales?

-Es la zona que más sentimientos transmite, la parte facial en la que se refleja el estado de ánimo. La gente no solo sonríe con la boca, también lo hace con los ojos. El resto de facciones las dejo inacabadas, ya que la protagonista del mural es la mirada profunda del rostro.

-El modelo, ¿hombre o mujer?

-La pintura, un modo de expresión que sale de las tripas para ser plasmado en la realidad, me pide con más frecuencia que pinte rostros femeninos, semblantes que presentan más dificultades a la hora de conseguir un buen acabado. Mientras que el hombre posee facciones más marcadas que facilitan el dibujo, los rasgos de la mujer son más redondos y suaves.

-¿Alguna vez se imaginó subido a una grúa en sus inicios artísticos?

-Nunca pensé que iba a pintar en muros a más de diez metros de altura. Si me lo llegan a proponer hace quince años o cuando era estudiante de arquitectura, me habría negado: me daba muchísimo corte salir a la calle para dibujar de una forma tan expuesta. La gente mira, grita y opina mientras trabajas.

-Pinta por encima de la altura de los árboles. ¿No tiene vértigo?

-Aunque he pintado en edificios de cuatro pisos que alcanzaban hasta doce metros de altura, como la semana pasada en Torrefarero, en Lérida, no suelo experimentar esa sensación. A veces me da un poco de miedo, pero es una cuestión psicológica: sé que la grúa no se va a caer. El peor momento es cuando alejo el brazo de la máquina en dirección contraria a la de la pintura para observar el mural con perspectiva.

-¿Y si llueve?

-Si es soportable, me pongo un chubasquero y sigo trabajando. Parece lo contrario, pero el sol daña mis pinturas murales más que la lluvia conforme avanza el tiempo. Es una estrella que degrada los colores.

-Su pintura no se conserva en museos. ¿Cuántos años de vida tiene?

-Como es un arte que se realiza a la intemperie, no es permanente. Con suerte, si usas buenos materiales, puede que dure hasta seis años, pero no deja de ser un arte efímero. Las paredes orientadas al norte o en las que se refleja la sombra de otros edificios son las más adecuadas para su conservación.

-¿Respalda o desaprueba las corrientes en las que un punto negro sobre un lienzo blanco es una obra de arte?

-Creo que tuvieron sentido en su momento. Surgieron para hacer frente a la fotografía, herramienta que se desarrolló a una velocidad extraordinaria persiguiendo el mismo objetivo que tenía la pintura en el siglo XIX: imitar la realidad.

-¿Trasladará sus murales a techos más altos?

-Es una idea que vaga por mi mente, pero implica muchas dificultades. De momento, voy a sumergirme en un proyecto que guardo en secreto hasta el momento de su estreno.

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