«A un narco no lo puedes rehabilitar, se ríe de ti»

Juan Abellán, caminando por el recinto interior del centro penitenciario de Sangonera La Verde, con una de las garitas de vigilancia al fondo. / Enrique Martínez Bueso

Juan Abellán Lara, director del Centro Penitenciario de Murcia I, se despide después de 43 años como funcionario de prisiones

Ricardo Fernández
RICARDO FERNÁNDEZ

Después de 43 años como funcionario de prisiones, Juan Abellán (Yéchar, Mula, Murcia, 1952) empieza a ver llegado el momento de colgar el uniforme. Aún no tiene decidida la fecha en que dirá adiós a su trabajo -uno de sus tres grandes amores, junto con su familia y el Real Madrid-, pero sí advierte de que no cumplirá como director del centro penitenciario de Murcia I, en Sangonera la Verde, los 70 años que marcan el tope legal. Con él se extinguirá uno de esos 'carceleros' clásicos, de los que conocían la vida y milagros de cada interno, y quizás también se perderá la tradición de jugarse a los chinos los cafés matutinos con los jefes de servicio. «Aquí lo hacemos así. El que no sepa jugar, que aprenda», advierte.

-El otro día recibí una carta de un preso histórico y me decía que el único amigo de verdad que tuvo nunca era Juan Abellán.

-En los años que llevo en prisión siempre he respetado a los internos y nunca los he engañado. Si no he podido prometerles algo, les he dicho que lo veré. Pero engañarlos, nunca. Y siempre he intentado, y espero haberlo conseguido, mirar a la persona al margen de su delito. He respetado mucho a quien está privado de libertad. No sé quién puede ser el interno que le envió esa carta, pero podría ser cualquiera.

-Eso está bien: que haya muchos candidatos. Quienes nunca hemos estado encarcelados -toquemos madera- pensamos que es un mundo que nos está vetado, que nunca nos veremos en tal tesitura. Pero no es así, ¿verdad? Porque nadie está totalmente libre de verse entre rejas, por más que siempre trate de hacer lo correcto. Cualquiera puede verse en ese trance un día.

-Últimamente está entrando gente en prisión que jamás podríamos imaginar que lo iba a hacer. Hablo de gente 'normal', integrada, con su trabajo y su familia, que por beber alcohol, meterse algo de droga... pues tienen un accidente. Hace daño a la vista verlos en prisión; no son carne de cañón. Han cometido un delito, iban ebrios, han tenido un accidente... A esta gente les cuesta mucho adaptarse.

-Usted ha visto cambiar muchísimo la tipología de los internos: se ha pasado de los inadaptados, miembros de clanes familiares en los que todos se dedicaban a delinquir... a otros reclusos totalmente distintos; personas que nunca habían delinquido y hasta integrantes de organizaciones criminales internacionales. ¿Cómo ha cambiado la fisonomía de las prisiones?

-Los miembros de esos clanes familiares a los que se refiere siguen entrando en prisión. Los de ahora son ya la tercera generación que conozco. Nunca se han dedicado a la droga a gran escala, pero sí al trapicheo, porque lo necesitaban para sobrevivir.

«A un narco de nivel no lo puedes rehabilitar. ¿Le vas a ofrecer un trabajo de mil euros? Se ríe de ti» Orgullosos de delinquir

-Son los que tienen el típico garito en cualquier barrio de Murcia.

-Exacto. Yo diría que casi el 35%-40% de las personas privadas de libertad, o quizás me quede corto, lo están por trapichear con drogas, para pagarse su consumo o para subsistir. También por pequeños robos. Son delincuentes porque son adictos a las drogas. Pero hay otro perfil de internos que sufren una enfermedad mental.

-No parece que la cárcel sea su sitio...

-No es su sitio. Pero supuestamente están tratados, su enfermedad está controlada... Llegan mandamientos de jueces recomendando su ingreso en un módulo psiquiátrico. Pero, a ver, señor juez, les diría, en Sangonera no tenemos módulo psiquiátrico. Mándelo al psiquiátrico penitenciario de Alicante, o a un psiquiátrico civil. Aquí solo tenemos una enfermería, pero eso no es un módulo psiquiátrico. Y últimamente, los problemas, los incidentes, los están generando estos internos: los drogodependientes y los enfermos mentales. Al margen de ello, si tienen que estar en Sangonera, prefiero tenerlos en un departamento donde haya actividades, porque lo más efectivo para evitar incidentes es que estén ocupados.

«Siempre hubo unos valores, un respeto. Cuando llegaron los internos con el 'mono', todo se fue perdiendo» Un código interno

Pero, cuénteme. ¿Han cambiado mucho las prisiones desde los últimos días del franquismo, que usted llegó a conocer, hasta hoy?

–Yo entré a trabajar en 1974 y sí, han cambiado mucho. Las prisiones cambiaron cuando empezaron a llegar las personas drogodependientes.

En los 80, la época de la heroína.

–Exacto. Antes de eso, los internos podían entrar por delitos más o menos graves, pero tenían sus principios, sus valores, sus códigos y sus normas. Cuando empezaron a llegar internos con el ‘mono’, como ellos decían, el respeto a los funcionarios, que era sagrado, se fue perdiendo.

M. Bueso

Las prisiones se convirtieron en un polvorín. Llegaron los motines,los ‘kíes’ (líderes ultraviolentos)...

–Esa fue la época más dura: la de los motines y alteraciones del orden a lo bestia. Hoy tenemos algún incidente puntual, en el que un interno se pelea con otro por unas dosis de ‘chocolate’, o se enfrenta a un funcionario... Pero esos incidentes colectivos graves se han acabado. Para que se haga una idea de lo que ha cambiado esto le contaré una anécdota. Yo tengo por costumbre entrar a la prisión, al patio, a las galerías... para ver cómo está la situación. Pues hace ya unos años, en la época de la masificación, cuando llegamos a tener 1.200 internos –la capacidad real es de 350 personas–, un recluso veterano me dijo: «Señor director, mire usted el patio». Le dije que veía mucha gente, demasiada. Él me insistía: «Mire usted». Y yo: «Tiene usted razón, está masificado». Pero no era eso. Al final me dijo: «Parece mentira que no se dé usted cuenta. Aquí ya no hay hombres, internos de verdad. Hay chusma, gentecica y niñatos». Le respondí que cómo hablaba de chusma, él, que llevaba toda la vida en la cárcel. Y me advirtió: «¿Va a comparar usted a toda esa gente conmigo? Yo soy un hombre y un caballero y sé respetar. Pero cualquiera de éstos te complica la vida por una gilipollez».

Y realmente tenía que ser así.

–El interno acabó su argumento con esta frase: «Está la cárcel que no hay quien venga». Textualmente.

(Risas). Ésa me la apunto. ¿Y ahora cómo está la cárcel: no hay quien venga o me la recomienda?

–La cárcel es cárcel. La de antes y la de hoy.

¿Por qué es tan dura, al margen de la obviedad de perder la libertad?

–Quien realmente lo pasa muy mal es la persona que nunca había delinquido, que nunca había tenido contacto con este mundo; en los primeros días se le viene el mundo encima. La sacas de su medio, de su ambiente, de sus amigos... y entra en un mundo totalmente desconocido. Antes teníamos el módulo 4, que era de ingresos, de adaptación, y a esas personas se les asignaba un preso de confianza para que las orientara.

«El medio penitenciario es propicio para los captadores. Si alguien entra perdido, sin un euro, sin conocer el idioma... se convierte en el blanco perfecto» Proselitismo yihadista

Se les ponía un guía...

–Es un palo muy fuerte en los primeros días. Se hunden.

Usted me habla de un mundo desconocido. ¿Pero es además un mundo hostil? Lo que piensa cualquiera que vaya a entrar es que lo van a extorsionar, a chantajear, a robar las zapatillas y hasta a violar.

–Eso lo piensa cualquiera que nunca haya estado aquí. Pero quienes vienen de este mundo, y tienen aquí al padre, al tío, a los primos... pues llegan a su casa. Incluso se sienten alguien, alguien importante. Lo que dice usted de si te van a robar, a amenazar... Hombre, es un mundo hostil, conflictivo. Esto es una prisión, no un convento de las ursulinas.

No está aquí lo mejor de cada casa.

–Exacto. Claro que es un ambiente hostil y de conflicto. Si hoy ya existen problemas en un centro educativo, en un ambulatorio..., ¿cómo no va a haber incidentes en un centro penitenciario? Ya le he dicho que el 40% son drogodependientes, que en la calle luchan y hacen lo que sea por una dosis de droga. Pues en prisión intentan seguir la misma marcha.

¿Y el asunto de las agresiones sexuales? ¿Son un mito?

–Han desaparecido. Existieron, pero desde que empezaron las comunicaciones ‘vis a vis’ ya no hay nada de eso. Claro, si tienes a una persona privada de libertad quince años y sin ese tipo de contactos, pues se da el ambiente propicio para que haya agresiones sexuales. Pero hoy, entre los que salen de permiso y los que tienen un mínimo de dos ‘vis a vis’ al mes, pues ya no se da eso.

¿Qué porcentaje de extranjeros hay en la prisión y cómo condiciona ello la gestión y la vida diaria?

–Hemos tenido hasta un 34%, pero ahora estamos en torno al 30%.

Sigue siendo una tasa muy alta.

–Sí, muy alta. A veces no sabes cómo hacer la clasificación de internos para que haya menos choques. Hemos tenido en el módulo 3 a norteafricanos, sudamericanos, del Este... Y, sin embargo, ha habido menos problemas que en el módulo 2, donde todos eran españoles multirreincidentes, internos con delitos graves... Era más conflictivo. En el otro había una mezcla, pero se respetaban.

M. Bueso

Con sus propios clanes y guetos.

–Exacto. Se guardan las distancias entre ellos. Nosotros procuramos siempre que estén ocupados, dándoles clases, que no estén aislados...

¿Cómo están abordando el problema del proselitismo y el adoctrinamiento yihadista?

–El medio penitenciario es propicio para los captadores y radicalizadores. Imagine que llega un interno del norte de África, sin un puñetero euro, sin conocer a nadie, sin saber el idioma... Pues si no se le atiende, es el blanco perfecto para que lo capten y lo radicalicen. Si está hundido, aislado, perdido... Tenemos que impedir que sean el caldo de cultivo idóneo para esas gentes.

Imagino que tienen perfectamente identificados a quienes hacen proselitismo tras los muros.

–Procuramos detectarlos lo antes posible. En 2014 recibimos las primeras instrucciones sobre este asunto y, como bien sabe, tenemos tres niveles en virtud de la radicalización. Hoy solo hay una persona en el nivel C (el más problemático). Se le hace un seguimiento permanente, como es lógico. Siempre hemos tenido internos musulmanes, una media de unos 60, e intentan que alguno de ellos, a veces este interno concreto, ejerza de imán en los rezos. Claro está, se lo hemos prohibido. Respetamos mucho la libertad religiosa, pero no les vamos a permitir que designen a esas personas como imanes. También quisieron reservar una zona de patio como mezquita y que nadie más pudiera pisarla, que es algo que tampoco se permitió. Cuando ha llegado un imán de la calle, con su reconocimiento oficial, ha fracasado, lo han rechazado.

«Hay clanes en los que casi todos sus miembros han estado presos. Los de ahora son la tercera generación que conozco. Trapichean con droga para poder sobrevivir» 'Carne de talego'

Quieren el suyo, el de ahí. ¿Cómo está el asunto de los ‘fíes’, los reclusos incluidos en el Fichero de Internos de Especial Seguimiento?

–Los que tenemos en Sangonera ahora mismo son ‘lights’. Los de ETA no dan el menor problema, y los otros (grandes narcotraficantes, delincuentes sexuales...) tampoco.

¿Alguna vez, mirando a los ojos de alguno de ellos, ha visto a alguien puramente malvado?

–Hay internos violentos y conflictivos. Y si han tenido problemas en la calle, pues también en prisión. Pero tenemos herramientas para actuar en esos casos. Esos internos los ha habido, lo hay y los habrá. Pero no son los que están dando problemas, ni los que cometen esas supuestas agresiones a funcionarios que han salido en los periódicos. Que, por cierto, las dos últimas publicadas puedo afirmar que no fueron tales agresiones. Y lo digo porque así mismo se lo dije a los propios sindicatos. En un caso, un funcionario se hirió en una mano al rozarse con una pared cuando trataba de separar a dos internos enfrentados, y en otro se trató de la resistencia de un interno que no quería cumplir una orden, pero sin que hubiera tal agresión. Los incidentes más comunes son intervenirle hachís a un interno o un arma punzante, a veces fruta fermentada para fabricar alcohol, desobedecer a funcionarios... Eso es lo más típico. El porcentaje de agresiones a funcionarios será inferior al 0,00... Puedo afirmar que el centro está tranquilo, que en estos momentos es un buen lugar para trabajar, y eso es gracias a una plantilla muy preparada y con experiencia.

¿Qué es la cárcel: un centro de reinserción, un lugar en el que la sociedad se venga de lo que le han hecho o una escuela del crimen?

–Me alegro mucho de la pregunta. De veras. Ahora que está tan de moda hablar de la Constitución y de la ley, a los funcionarios de prisiones se nos imponen dos mandatos: la custodia de los internos y su educación y reinserción. Compaginar ambas cosas es muy difícil y debe existir un equilibrio. Ambas cuestiones se complementan y es más fácil mantener el orden cuando hay actividades de reeducación. Pero por supuesto que también aprenden aquí cosas malas.

La primera misión la cumplen de maravilla, porque ya no hay ni fugas. Pero, ¿y la segunda? ¿Qué porcentaje se rehabilita realmente?

–Yo siempre me he marcado como objetivo que los internos tengan la sensación de que no han perdido aquí una parte de su existencia y de que salgan mejor que entraron y con más oportunidades de rehacer sus vidas, si es lo que quieren. Pero los internos me dicen: «Don Juan, mi problema empieza ahora, cuando quedo libre. ¿Dónde voy a buscar trabajo?». Hasta ahora ha fallado más el sistema de puertas para afuera que para adentro.

También se habrá enfrentado a muchos pobres desgraciados, ‘carne de talego’, que desde que nacieron no tuvieron prácticamente más opción que delinquir. Esa gente de la que le imagino despidiéndose con un ‘hasta luego’.

–Hay gente que ha estado en la marginalidad desde que nació y que así han tenido a sus padres, sus abuelos, sus tíos... Y no saben vivir de otra forma. Entran y salen. Los técnicos de la conducta dicen que ningún delincuente está orgulloso de serlo, pero he de decir que yo sí he visto a gente orgullosa de delinquir, de su oficio. Un atracador de bancos, un traficante de droga medio-alto, que llevan niveles de vida altísimos... No puedes pretender reeducarlos. Te dicen: «¿A mí me va a reeducar? ¡Si yo estoy contentísimo de lo que hago...!».

Lógico. Lo único que les ha fallado es que los han pillado y lo único que pretenden es que no los vuelvan a pillar por segunda vez.

–Claro. ¿Cómo los vas a reeducar? ¿Les vas a buscar un trabajo de mil euros al mes? Les da la risa. Lo curioso es que en prisión son los que mejor funcionan. Son gente de un nivel cultural y de una educación superior a la media que hay en una prisión, con poder adquisitivo, y lo que quieren es que pase el tiempo cuanto antes, sin meterse en problemas.

Cuando se jubile, ¿se llevará alguna espina clavada?

–No.

Así de rotundo. Si pudiera volver a empezar, ¿volvería a ser funcionario de prisiones?

–Sí. ¿A que no me has visto dudar?

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