«Las mujeres tienen unos valores extraordinarios y deben descubrirlos»

Francisca Moya./Nacho García / AGM
Francisca Moya. / Nacho García / AGM

Francisca Moya del Baño es todo un ejemplo de la superación de la mujer en este día de reivindicación

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍASMurcia

No fue la primera en todo, pero casi. Porque Francisca Moya del Baño (Cieza, 1942) logró la primera cátedra de una mujer -la de Filología Latina- en la Universidad de Murcia, pronunció el primer discurso de apertura de curso, fue también la primera en pertenecer a la junta de gobierno de esta institución y pionera en crear una revista científica. Logros, entre otros, que le han valido el premio 'Murcia en igualdad', que le será entregado hoy en el marco de la celebración del Día Internacional de la Mujer que organiza el Ayuntamiento capitalino.

-¿Qué supone para usted haber sido la primera catedrática de la Universidad de Murcia?

-Supone, por ejemplo, que usted me haga una entrevista, que le agradezco mucho, claro. Y, un poco más en serio, supone que el Ayuntamiento de mi ciudad de adopción (yo soy ciezana) me honre con este precioso regalo, y supone que pueda dar las gracias de nuevo a mi querida Universidad por ponerme en la lista de mujeres universitarias que este año podrían ser, diríamos, distinguidas cuando el Ayuntamiento se la pidió.

-Ha sido la primera en muchas cosas, ¿de cuáles se siente hoy más satisfecha?

-De todas; de cada una por una razón. He tenido la enorme suerte de estar en los inicios de bastantes. Esos momentos son mágicos, dificultades e ilusión se unen, se hace grupo. Se lucha... Lo sabe quien lo ha experimentado. Mencionaré dos: conseguir que hubiera Licenciatura de Filología Clásica en Murcia o haber puesto en marcha el Aula de Mayores.

-Supongo que le costaría más que si hubiera sido un hombre, ¿qué recuerdo guarda del proceso?

-A las mujeres todo nos cuesta un poco más; quizá sea en parte culpa nuestra. No sabemos o no podemos delegar, sobre todo si se trata de los hijos. Fuera de eso, creo que en mi caso no hubo nada que costase más. Siempre he hecho lo que he pensado que era bueno, y si había algún obstáculo, estaba, pensaba yo, para superarlo, pero no los he tenido por mujer.

-Habla de los hijos. ¿Le resultó difícil compaginar la actividad académica con la familiar?

-Me he adelantado a contestar. En eso radica un poco de dificultad, pero en el caso de las personas que nos dedicamos a la universidad, la dificultad es infinitamente menor. Nuestros horarios no nos impiden atender a la familia; la familia no nos impide hacer lo mismo que un hombre; había que hacerlo (nos pagan lo mismo, decía yo). Pero pude compaginar porque tenía ayuda, y sobre todo la de mi madre, y podía estar tranquila. A algunas cosas renuncié, pero lo volvería a hacer igual. No me arrepiento; al contrario.

-¿Qué falta para conseguir la equiparación de la mujer?

-¿En la universidad? Absolutamente nada (que yo sepa). Hay, como es justo y necesario, igualdad salarial; hombres y mujeres hacemos lo mismo, podemos acceder a las mismas responsabilidades, ejercer los mismos cargos; hay equiparación total. Otra cosa es que haya mujeres que no quieran acceder a ellos; quizá porque a las mujeres les importa menos el poder. La Universidad, a mi juicio, es un ejemplo a seguir. Y, si hay alguna excepción, es atribuible a personas.

-Usted sigue trabajando en la actualidad, ¿a qué dedica sus horas?

-Sí. Sigo trabajando. El trabajo, cuando es digno, cuando te gusta (mejor, lo amas), es un regalo del cielo. Creo que «ganarse el pan con el sudor de la frente» fue el sustituto del 'Paraíso'. Sigo investigando en lo que hacía, codirijo dos tesis y como voluntaria estoy en Proyecto Hombre; otro regalo. Si se me permite, aprovecharía para animar a conocer este proyecto y a hacerse voluntaria.

-¿Qué consejo daría a las jóvenes que ahora estudian?

-No es propio de la juventud aceptar consejos. Nunca lo ha sido; pero les diría que amasen lo que hacen, que disfruten formándose, que estudien y trabajen para ser personas útiles y felices; que no pierdan el entusiasmo. Con responsabilidad, sin victimismo, con ilusión, con ganas... Las mujeres tienen un potencial infinito, unos valores extraordinarios, y tienen que descubrirlos. Las mujeres deben valorarse, respetarse. Quizá buscando ejemplos, no palabras.

-Su madre le inculcó la igualdad, ¿cómo lo hizo?

-Pues sí. Sus dos palabras preferidas eran igualdad y dignidad, pero su ejemplo valía más que las palabras. Solía repetirnos una frase: «Todos somos iguales. Todos somos hijos de Dios. Nadie hay por encima de nadie; pero nadie por debajo». Ricos, pobres, jefes, subordinados, listos y menos listos. Ni condición social, ni creencias, ni razas...

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