La activista asesinada denunció en Colombia casas de descuartizar

Decenas de personas se reunieron ayer para honrar la memoria de Doris participando en un minuto de silencio ante el Ayuntamiento de Murcia./V. Vicéns / AGM
Decenas de personas se reunieron ayer para honrar la memoria de Doris participando en un minuto de silencio ante el Ayuntamiento de Murcia. / V. Vicéns / AGM

La activista acuchillada en Murcia abandonó Colombia tras enfrentarse a los paramilitares y a los narcos. La mujer perdió a dos hijos asesinados y denunció la existencia de 'casas de pique', donde las bandas descuartizaban a sus víctimas para tirarlas al mar

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍASMurcia

A Doris Valenzuela, como tantos deseaban, terminó por encontrarla la muerte. Pero no fue en medio de una balacera de las que tiñen de sangre las calles de su Colombia natal. Ni a golpes de machetazos de rabia en alguna casa apartada. Ni tampoco, cosa inexplicable, se le llevó la pena de que le mataran a dos hijos, uno de ellos por la mala fortuna de recibir la bala que a ella le dispararon. No. A Doris la mató, supuestamente, su pareja. También fue en plena calle, de forma cruel y cobarde, dejando tres hijos y un nieto. Pero fue en Murcia. Tenía 39 años.

La ciudad natal de Doris, Buenaventura, a pesar de ser el puerto más importante de Colombia, el que gestiona el 60% del comercio internacional del país, solo tiene un bello nombre. El número de homicidios registrados desde el año 2000 supera los 7.000. Y a ellos se suman 1.400 desaparecidos. Será muy difícil encontrarlos. Sobre todo, si fueron secuestrados y llevados a las denominadas 'casas de pique'. Así se llaman los lugares donde las bandas desmembran a sus víctimas para luego lanzar a la mar sus despojos en bolsas.

Doris tuvo la mala ventura de vivir justo delante de una de aquellas casitas del horror, donde la sangre chorreaba por las paredes describiendo en la madera ajada la trayectoria de los machetazos. Fue en 2014. La mujer escuchó que unos hombres gritaban en su interior. Eran tres pescadores del barrio, cuyos alaridos pronto silenciaron las afiladas hojas. Luego los descuartizaron.

Sus denuncias hicieron reaccionar al Gobierno colombiano y el pueblo pasó a describirla como la «líder afro»

Sentenciada a la pena capital

Doris también gritó, pero para denunciar los hechos. Su valentía provocó que hasta el presidente colombiano, entonces Juan Manuel Santos, militarizara la ciudad con miles de policías. Desde aquel mismo día, los clanes de la droga y el tráfico de armas que se enseñoreaban en el puerto sentenciaron a la mujer. Además, se atrevió a criticar las presiones para abandonar sus tierras, como tantos. Las tierras en según que latitudes son para quienes desean dedicarlas a macroproyectos. Así que Doris tenía que marcharse o morir. Y por eso se trasladó con su familia a otro municipio. Perdió su hogar, pero ganó el sobrenombre de «líder afro», en alusión a su coraje y raza, como la describió el diario colombiano 'El Espectador'.

Después de diversos traslados, se acogió a un programa de Amnistía Internacional

Doris regresó a su barrio 'La Playita' cuando el Gobierno lo declaró «espacio humanitario», esto es, un lugar vigilado las veinticuatro horas del día. Mientras, ella también vigilaba a los poderosos como integrante de las Comunidades Construyendo Paz en el Territorio, una red de ayuda a los pueblos indígenas. Fue en vano. Las bandas siguieron acosando a la familia e intentaron captar a Cristian, uno de sus hijos. Doris se interpuso y lo salvó. Por poco tiempo. Más tarde fue secuestrado y trasladado a una 'casa de pique' donde le asestaron varios machetazos y, al intentar escapar, otros tantos disparos. Murió en el hospital.

Acababa de cumplir 17 años. Doris sintió que el pulso y el tiempo se le habían detenido para siempre. Pero el reloj del valor se puso en marcha al instante, justo cuando regresaba de enterrar a su hijo. Una de las bandas intentó agredir a la familia. De nuevo, sufriría otro traslado, otra nueva vida, aunque ella sospechaba que jamás se está demasiado lejos del miedo. Tenía razón.

Desenterrar a los muertos

La tragedia volvió a cebarse en la mujer cuando su otro hijo, que apenas contaba nueve meses de edad, recibió el impacto de una bala que los asesinos, como más tarde aseguró Doris, le habían adjudicado a ella. Ni siquiera tuvo tiempo de enterrar a la criatura, que sepultó en el campo, pues apenas logró reunir a la familia y escapar. Ya nunca le daría sepultura. Los sicarios lo desenterraron para lanzarlo al río. Con los narcos no se juega.

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En julio de 2016 volvieron a amenazarla. Esta vez, como denunció, fue un líder paramilitar. «Mataré primero a tus hijos y luego a ti», aseguró Doris, en una entrevista concedida a Contagio Radio, que le advirtió el milico. La mujer añadía que «me estoy quedando sin esperanzas, me estoy quedando como sin destino. Se supone que si uno es víctima de un hecho de violencia ya no se debe repetir y estoy asustada». Lo estaba porque ni siquiera se fiaba de la Policía. Así que tuvo que poner, aparte de tierra de por medio, un auténtico océano.

Doris y su familia se acogieron al llamado Programa de Protección Temporal de Defensores y Defensoras de los Derechos Humanos de Amnistía Internacional (AI). Este protocolo permite a los amenazados una especie de año de gracia, lejos de sus temidos enemigos.

Separados para el divorcio

El destino era La Palma, en Canarias, donde quizá por vez primera en muchos años sintió qué era eso de salir a la calle sin temor a ser asesinada o violada. Ni ella ni los suyos. Concluido ese año, Cruz Roja se encargó de ellos y les asignó en febrero un nuevo destino en Murcia, dentro de su programa de refugiados políticos. Otras 180 personas disfrutan en la actualidad de similar régimen. La vida en Murcia seguía su curso. Los vecinos no vieron nada extraño en la pareja, «si acaso alguna discusión, como cualquiera», advertía ayer un joven de La Fama, donde residían. «Violencia verbal», lo describían fuentes de la Comunidad Autónoma.

Hace un mes, cuando Doris manifestó su deseo de separarse, Cruz Roja trasladó a otro centro de Gerona a su marido, un hombre de 46 años, padre de sus tres hijos: dos mujeres de 20 y 18 años y un chico de 15, además de abuelo de un bebé de 9 meses, retoño de la mayor de sus hijas.

El presunto homicida abandonó el centro hace un par de días tras manifestar que se dirigía a Barcelona. Mintió. Su destino era Murcia. Su supuesta intención era lograr lo que ni narcos ni paramilitares ni tanta tragedia habían conseguido: arrebatarle la vida a la valiente Doris Valenzuela.

Cruz Roja se encarga del resto de la familia

Varios ayuntamientos e instituciones murcianas realizaron ayer un minuto de silencio en señal de repulsa por el crimen de Doris Valenzuela. Entre ellos, los consistorios de Murcia y Cartagena. Lo mismo hizo ante el palacio de San Esteban la consejera de Familia, Violante Tomás, quien condenó esta primera muerte por violencia de género en la Región en lo que va de año. A la condena se sumó el delegado del Gobierno, Francisco Bernabé, que recordó que el año pasado se registraron tres casos. La primera víctima fue una joven, de 31 años, que falleció a manos de su compañero de trabajo en Molina. El segundo ocurrió en agosto cuando se halló en un vehículo, en Totana, a una mujer con impactos por arma de fuego, junto al de su pareja. El tercero, en septiembre. Una joven de 20 años fue asesinada presuntamente por su expareja sentimental en la diputación cartagenera de Canteras. Al acto de repulsa también asistieron el coordinador del Programa de Refugiados de Cruz Roja en la Región, Juan Antonio Balsalobre, y el coordinador de esta organización, Miguel Navarrete. Ambos desvelaron que las hijas mayores de Doris siguen en el programa de refugiados y sobre el niño de 15 años han informado al Servicio del Menor. Todos están desde el crimen en un piso alquilado por Cruz Roja.

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