UCI, la lucha diaria por la vida

Es la última frontera, la tabla de salvación para los pacientes en estado crítico. Así se combate cada día la enfermedad y la muerte en la Unidad de Cuidados Intensivos de La Arrixaca, colapsada estos días por la epidemia de gripe

Un sanitario atiende a uno de los pacientes ingresados en la UCI de La Arrixaca, el pasado jueves. / Nacho García / AGM
Javier Pérez Parra
JAVIER PÉREZ PARRAMurcia

Lo primero que llama la atención al acceder a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) de La Arrixaca es el silencio. Sí, uno espera encontrarse con un hervidero de voces y carreras frenéticas por este espacio tan pequeño, en el que se concentran 32 pacientes en estado crítico, muchos de ellos en el filo entre la vida y la muerte. Pero, a primera hora de la mañana, reina una calma llamativa. Se diría incluso que se respira paz. Claro que todo puede cambiar en una fracción de segundo, en el momento en que un monitor avise de una parada cardiorrespiratoria o de un descenso peligroso de la saturación de oxígeno. Los médicos intensivistas han comenzado su jornada en la sesión clínica. Están revisando uno a uno el estado de todos los pacientes nuevos que han llegado a lo largo de la noche, y la evolución de quienes ya estaban ingresados. Mientras, los enfermeros y auxiliares están cuidando y aseando con mimo a los enfermos. Con paciencia, con precisión, paso a paso.

20 médicos adjuntos, 15 médicos internos residentes (MIR), 84 enfermeros, 46 auxiliares y 4 celadores trabajan en esta UCI, la más grande y compleja de la Región. El servicio está lleno hasta los topes desde hace semanas, y la epidemia de gripe ha complicado la situación. Es jueves, día 4. El equipo de 'La Verdad' va a compartir toda la mañana con los profesionales. No verá un solo 'box' libre, en ningún momento.

Los médicos, enfermeros y auxiliares están acostumbrados a hacer frente a un colapso que es ya crónico, porque desde hace años se necesita una ampliación que nunca se concreta. Ahora, en pocas semanas podrán contar por fin con siete camas adicionales para pacientes semicríticos, en un pasillo contiguo a la UCI que estaba destinado a pruebas especiales. Será un parche que ni siquiera ha llegado a tiempo para la epidemia de gripe. Para el futuro, lo que está proyectado es un nuevo edificio con al menos 12 camas de UCI que también permita ampliar la puerta de Urgencias. Pero para eso falta aún tiempo. «No sé si lo veré antes de la jubilación», ironiza Rubén Jara, el jefe del servicio.

«Es una locura. Tenemos cola de pacientes esperando para ingresar», advierte Héctor Vargas

La sesión clínica ha terminado, y los médicos se distribuyen por las diferentes áreas: la Unidad de Neurocríticos, que dirige Miguel Fernández; la de trasplantados y postoperatorio de Cirugía Cardíaca, que capitanea Carlos Albacete; la Unidad Coronaria y la Respiratoria. Un enfermero por cada dos pacientes, un médico por cada cinco. Disponen de la mejor tecnología. Todos los pacientes están monitorizados y controlados al segundo, y los facultativos pueden acceder a pie de cama a todos los datos y a las historias clínicas. Se trabaja sin estridencias, evitando en la medida de lo posible el ruido y el estrés a los enfermos, pero la calma inicial se va diluyendo. Aquí no se para un minuto. Los médicos ponen buena cara, llevan la tensión por dentro.

«Es duro, pero tienes que asumir que, a veces, el enfermo muere», explica María Martínez

Porque esto es «la guerra». La exclamación se escucha en el pasillo, donde una neuróloga protesta por la falta de camas libres, visiblemente preocupada. En la Unidad de Ictus hay un paciente crítico que requiere ingreso en UCI, pero a ver cómo se hace, si no cabe un alfiler. Otro enfermo de la Unidad de Neurocríticos ha mejorado y puede ser trasladado a planta. Al final, el problema se ha resuelto.

«Así funcionamos, es el síndrome de la 'cama caliente'. Se va uno y automáticamente entra otro», resume Héctor Vargas, médico adjunto. Un encaje de bolillos que parece milagroso, pero que es fruto del compromiso de unos profesionales entregados y del apoyo del resto del hospital. «Esto es una locura, una carga de trabajo brutal, porque cada vez hay más pacientes y más complejos, y seguimos siendo los mismos que cuando yo entré, hace seis años. Además, no hay sitio. Tenemos pacientes en cola para ingresar en UCI», advierte Héctor. Algunos esperan en Urgencias, convenientemente atendidos, a que vayan quedando huecos. La asistencia no está en riesgo en esas circunstancias, pero no son, desde luego, las condiciones ideales.

Para soportar esta tensión constante, y para afrontar la muerte que ronda a algunos de los pacientes que pasan por la UCI, hay que tener vocación. Héctor estudió primero Farmacia, pero descubrió que lo que le gustaba era la Medicina y los Cuidados Intensivos cuando pasó por aquí como residente de Análisis Clínicos. Así que se se sacó la carrera y volvió al servicio, ya como MIR. Ahora, es adjunto.

Tragedia y esperanza

En la UCI se cruzan tragedias y esperanzas en apenas unos metros. 2.100 pacientes pasan cada año por esta unidad: infartos, ictus, accidentes, intentos de sucidio. En un 'box', una mujer joven lucha contra una neumonía por gripe A con la ayuda de una máquina de circulación extracorpórea. Su sangre pasa por este equipo, que funciona como un pulmón, y vuelve convenientemente oxigenada a su organismo. Los profesionales cruzan los dedos y confían en que saldrá adelante. Varias camas más allá, una adolescente con un gravísimo traumatismo craneoencefálico por un accidente entra en muerte cerebral. A la misma hora, en el área de pacientes trasplantados se celebra que una chica de 20 años que ha recibido un corazón está respondiendo, de momento, bien.

En Cuidados Intensivos se salvan vidas a diario, en algunos casos contra todo pronóstico. Pero entre un 12% y un 13% de los pacientes terminan falleciendo. «No puedes evitar que una muerte te cale. Empatizas con el paciente, pero no debes implicarte emocionalmente», explica María Luz Alcaraz, supervisora de Enfermería. «Es complicado, y por supuesto pasas por momentos de bajón, pero tienes que asumir la posibilidad de que el enfermo muera. Lo importante, cuando no puedes salvarlo, es ayudar a que se vaya en las mejores condiciones posibles, a que no sufra, y a que la familia se sienta acompañada», añade María Martínez, médico adjunto. Ella trabaja sobre todo con pacientes trasplantados de hígado, donde los resultados son cada vez mejores. «Cuando tienes un enfermo muy grave y consigues que salga adelante, la satisfacción es enorme», confiesa.

La Arrixaca ha vuelto a ser en 2017 el primer hospital español en número de donaciones de órganos. El papel de la UCI en este éxito es fundamental, porque de este servicio provienen el 90% de los donantes. De las 83 donaciones registradas el año pasado en La Arrixaca, 51 se corresponden con personas a las que se certificó muerte cerebral (por ictus, generalmente), mientras las otras 32 fueron donaciones en asistolia, esto es, de pacientes en parada cardiorrespiratoria. Esta vía, abierta desde el año 2015, ha permitido obtener unos resultados espectaculares. Mario Royo Villanova, médico adjunto de la UCI, es el coordinador de trasplantes de La Arrixaca. Su labor pasa por vigilar que todo el engranaje funcione a la perfección, de forma que no se pierda ningún órgano susceptible de salvar una vida. Identifica a los posibles donantes y habla con las familias, un trago siempre duro pero también gratificante. «A las familias, en realidad, les das un consuelo. Siempre me dicen que les he ayudado a encontrar algún sentido», explica.

Cada vez más accidentes

A la UCI también llegan la pobreza y los problemas sociales. Un indigente se recupera de las quemaduras graves que sufrió durante un incendio. Varios trabajadores, la mayoría inmigrantes, permanecen ingresados por accidentes de trabajo producidos bajo quién sabe qué condiciones laborales. «La verdad es que siempre les toca a los mismos», confiesa el médico Héctor Vargas.

Los accidentes de tráfico son también una preocupación cada vez mayor. «Durante un tiempo, el número de siniestros bajó, pero está volviendo a subir», advierte Rubén Jara, el jefe del servicio. «También los atropellos». Poco puede haber más frustrante que ver cómo una vida se pierde por no haber utilizado un casco de moto, o por haber bebido más de la cuenta.

Muchos pueden contarlo, pese a la gravedad de sus heridas, gracias a los profesionales tanto de la UCI de La Arrixaca como del resto de unidades de Cuidados Intensivos de la Región, donde se trabaja con el mismo rigor, vocación y ganas. A los sanitarios, eso sí, les faltan manos. Murcia está ligeramente por debajo de la media española, con 0,54 intensivistas por 10.000 habitantes. En La Arrixaca, el principal déficit se sufre durante las guardias, a partir de las tres de la tarde, los fines de semana y los festivos. «Tenemos solo a dos adjuntos para todos los pacientes. Aunque también están los residentes, deberíamos contar con un tercer adjunto. Esto nos permitiría contar en las guardias con un médico para cada unidad», explica Rubén Jara.

Para los enfermeros, lo fundamental es garantizar la formación. Los profesionales necesitan un entrenamiento específico para un aparataje que es muy sofisticado, y para el trabajo con pacientes intubados o con catéteres venosos centrales. «Lo ideal sería contar con una especialidad de Intensivos en Enfermería», subraya Manuel Baeza, enfermero y responsable de Calidad de la UCI. En La Arrixaca, los profesionales están formados: cuentan con másteres o con largos años de experiencia, lo que garantiza la mejor de las atenciones.

Los pacientes y sus familias reconocen el trabajo de los profesionales. La madre de Encarna Castellón ingresó el día de Navidad tras sufrir una caída que le ha provocado daños en la médula. «Estamos muy tranquilos porque sabemos que está atendida y vigilada en todo momento, es un gran equipo», cuenta Encarna, agradecida, mientras aguarda en la puerta de la UCI a que el reloj marque la una de la tarde, la hora de visitas. El servicio es cada vez más flexible en el acceso de los familiares. En principio, hay una hora de visita por la mañana y otra por la tarde, pero en determinados casos se permite un acompañamiento más prolongado. Mientras, ahí dentro, en la UCI, no se para. A cualquier hora del día, en cualquier día del año, hay una vida que salvar.

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