El 'lord' de la Química

El 'lord' de la Química
Álex

Al profesor Pedro Lozano, hombre de gustos sencillos y plática afable, le apasiona su laboratorio, la cocina y la ciudad de París. El catedrático de Bioquímica y Biología Molecular, y decano de la Facultad de Química de la UMU, ingresa en la Real Sociedad de Química británica

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍASMurcia

Si algo no tiene Lozano, por mucha academia británica que lo acoja, es la afectación de un lord inglés al uso. Ni muchos menos esa cursilería de peluca empolvada. Es, pese a su privilegiado intelecto -o igual por eso-, una persona de gustos sencillos, un hombre de pueblo y del pueblo, que no es lo mismo. Concretamente, del pueblo de Ceutí, donde nació y donde aún disfruta de la compañía de sus padres.

Recuerda Lozano, como apuntaría Machado (Antonio), aquellos días azules de cielos inmensos y acequias claras de su infancia, donde aprendió a nadar cuando el río aún tenía árboles de sombras alargadas y frescas. Eran otros tiempos, otras mentalidades. Allí, en cualquier descampado al uso, que muchos había, disfrutó de jugar al fútbol, cuando no andaba con la chiquillería hurtando jugosas frutas de la espléndida huerta que verdea la vega.

Mantiene Lozano en Ceutí grandes amigos, que son los de toda la vida, los mismos con los que trepaba a las higueras en verano para dar cuenta, esquivando el polvo picajoso, de sus higos. Desde niño atesora amistades que ni el tiempo ni el éxito académico lograron echar al olvido.

De aquel tiempo nunca perdido recuerda el catedrático de Bioquímica y Biología Molecular y decano de la Facultad de Química de la UMU, que sus padres le enseñaron cómo sin esfuerzo nada se logra. Como hacen todos los padres. Pero, a diferencia de muchos hijos, el pequeño Lozano aprendió la lección. «Cuando hagas algo te dirán que está bien, pero jamás te preguntarán el tiempo que has empleado», le advertía su madre. Nunca olvidó aquella lección. Quizá por ello, si algo asquea hasta retorcerle las moléculas del gaznate a Pedro son aquellas personas que se aprovechan del trabajo y dedicación de otros. Es, sin duda, otra clase de injusticia. Como aquella que padecen quienes no tienen oportunidades para progresar en la vida, otra de las cosas que le toca la mismísima tabla periódica al profesor Lozano.

Escribiendo sobre tablas periódicas, la idea de reproducir una en la fachada de la facultad donde es decano ha dado la vuelta al mundo. Es que, encima, es la tabla periódica más grande del planeta. Y la han elegido esta semana como imagen del Año Internacional de la Química, que será el próximo 2019. Otro reconocimiento para el señor decano.

Un hombre de equipo

El flamante académico llegó a la Universidad de Murcia en el 79. En su familia no había tradición universitaria. Y él, que no era químico ni de nacencia ni de vocación, tuvo que elegir entre estudiar Química, Biología o Matemáticas. Optó por la primera facultad. Ya nunca saldría de allí y, como él piensa y dijera Lola Flores, «¡ni Dios lo 'premita!'». Tanta es la pasión que siente por esta institución que extiende el reconocimiento inglés a toda ella, sin excepción. Y, como viene insistiendo hasta aburrir en los últimos días, a su equipo. «Sin ellos no sería nada», se le ha escuchado reconocer. En ese equipo no solo concibe a los colegas, sino también a alumnos y colaboradores.

Para Lozano, ninguna ayuda se olvida ni hay apoyo ni esfuerzo que se pierda. Aunque él, si acaso lograra -que no termina de lograr nunca- perderse, se iría al Japón profundo, el de las tradiciones ancestrales, un lugar que le cautivó. O a Chile, donde ha estado este mismo verano. Aunque no hay nada que altere más su química mental que París. «A esa ciudad hay que ir, cuando menos, una vez al año», acostumbra a advertir. Y él lo hace. De hecho es evaluador de la agencia nacional de investigación francesa. De nuevo, el curro.

Pocos más divertimentos tiene este hombre al que le dan una probeta y, como quien se abstrae con una mosca, puede tirarse diez horas trasteando con ella. Súmenle el decanato y las clases. El resto del tiempo, que no resta tanto, lo dedica a su otra pasión, que es la familia. Tres hijas atesora Lozano, que son tres soles. O a salir a darse un festival, que así siempre se llamó en Murcia, en su querida plaza de Las Flores, cuando no anda a tomarse un caldero a Cabo de Palos. «La cocina es química», asegura. A él, claro, le gusta cocinar.

Tanto, que impulsó el nombramiento de Doctor Honoris Causa para el cocinero murciano Raimundo González, aquel que convirtió su Rincón de Pepe en uno de los más importante restaurantes de España. Pero importante de verdad, no como ahora asegura cualquiera de cualquier fonducha.

Una institución prestigiosa

Lozano, hombre cabal de plática tan distendida como interminable -¡no le gusta hablar nada a este hombre!-, lleva unos días disfrutando de su nombramiento. Y es para hacerlo si tenemos en cuenta que 'Royal Society of Chemistry' (Reino Unido) lo ha nombrado 'Fellow'. Compañero, vamos.

Este reconocimiento, que se concede solo a aquellos miembros que han realizado una importante contribución al avance de las ciencias químicas, es la categoría más importante con la que se puede distinguir a los científicos pertenecientes a esta sociedad anglosajona.

Y ahí, en pleno cogollo químico, se reconoce la trayectoria de un murciano de excepción al que en estos lares, en la muy noble y muy leal y muy desmemoriada ciudad de Murcia, no ha recibido el reconocimiento institucional que se merece. De momento.

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