La Verdad

Con aires de modernidad

El director del Mass, Miguel García Peñarrubia, con ‘Diana cazadora’, de claras resonancias art déco.
El director del Mass, Miguel García Peñarrubia, con ‘Diana cazadora’, de claras resonancias art déco. / PACO ALONSO / AGM
  • La muestra 'Capuz, profano y sacro' acerca la producción del escultor. La Fundación Paso Azul firma una exposición con la que quiere dar a conocer al autor de la Virgen de los Dolores en su 75 aniversario

Es Capuz en estado puro. El sacro, pero también el menos conocido, el profano. El que interpreta la figura humana al aire de las nuevas corrientes estéticas del siglo XX que, «paradojicamente, encontraron en la Antigüedad clásica y aún en el arcaísmo, un claro referente para la modernidad figurativa», asegura el comisario de la muestra, José Francisco López Martínez.

En la sala de temporales del Museo Azul de la Semana Santa, Mass, y bajo la firma de la Fundación Paso Azul, se puede encontrar a un Capuz que recurre al estudio de los arquetipos formales de la antigüedad y no duda en utilizarlos como referentes más o menos directos en la concepción de su imaginería religiosa. «Así ocurrió con la utilización del vaciado en yeso de un busto clásico del siglo II d. C. para elaborar la imagen de San Juan Evangelista (1943) para la Cofradía de los Marrajos de Cartagena», añade el comisario de 'Capuz, profano y sacro'.

Remarca que «más allá de la clara utilización del modelo, subyace el interés de Capuz por el mundo clásico y los valores simbólicos que la transposición del panteón grecorromano a la iconografía cristiana ha aportado desde el origen del arte sacro. Al mismo tiempo, en esta metamorfosis de lo profano a lo sacro queda patente la reivindicación realizada por Capuz del género imaginero como escultura, equiparándola a los nobles referentes clásicos».

Sus creaciones se muestran a modo de quince esculturas y otros tantos bocetos. En estos últimos está muy presente -destaca López Martínez- «su interés por el mundo clásico. Es en los numerosos dibujos acuarelables donde aparece de una manera más espontánea». Esboza, argumenta, composiciones de posteriores elaboraciones escultóricas, y en las sencillas piezas en barro, a modo de clásicas tanagras, en las que centra su trabajo de los últimos años.

Es el Capuz más desconocido, porque el otro, está presente cada día en la vida de los mayordomos y asociadas de la Hermandad de Labradores y la Asociación de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores, Paso Azul. Y es que desde hace 75 años en la iglesia de San Francisco, sede religiosa de la cofradía azul, se venera la imagen de la Santísima Virgen de los Dolores. «La exposición pretende mostrar a ese Capuz con aires de modernidad y ser un escaparate de la diversidad creativa de este autor», contó ayer el director del Mass, Miguel García Peñarrubia.

Éxito de visitas

La muestra se ha convertido en una de las más visitadas de cuantas se han llevado a cabo en el Museo Azul de la Semana Santa desde su inauguración. «Es impresionante la respuesta del público no solo lorquino, sino del resto de la Región e incluso de comunidades limítrofes. Se abrió hace menos de dos semanas y las visitas han superado ampliamente ya el millar», contó Peñarrubia.

El también director artístico del Paso Azul señaló la importancia de la figura de José Capuz (Valencia, 1884-Madrid, 1964). «Destacó entre los escultores por incorporar a su obra ese aire de modernidad, sin salirse de los cánones clásicos». Su formación inicial fue en el taller de imaginería familiar y en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia. Más tarde se trasladó a Roma, «donde el Renacimiento italiano se configuraría como uno de los referentes fundamentales de gran parte de su producción posterior».

Acude a París, donde toma contacto con la interpretación de la figura humana de Rodin. De regreso a España comienza a trabajar la escultura religiosa, consigue la cátedra de Modelado es elegido académico de la Real de San Fernando y es entonces cuando comienza a recibir los encargos de los Marrajos de Cartagena, para los que realizaría en 1930 el Descendimiento, considerado por la crítica como la mejor obra de arte religioso del momento.

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