«Me he llevado a Victoriana a la tumba»

Victoriana Ríos de Fernández, en la plaza de Aledo, poco tiempo antes de su asesinato./LV
Victoriana Ríos de Fernández, en la plaza de Aledo, poco tiempo antes de su asesinato. / LV

La Guardia Civil esclarece el asesinato de una boliviana cuyo cuerpo fue hallado en diciembre de 2015, escondido entre unos matorrales en la rambla de Béjar. El presunto homicida, su exnovio, huyó a su país natal antes de que se descubriera el cuerpo, y aún no ha sido detenido

Ricardo Fernández
RICARDO FERNÁNDEZ

El perro se quedó clavado en el sitio. La mirada fija en un punto. Las fosas nasales dilatadas. Una de las patas delanteras suspendida en el aire, apenas el esbozo de un paso que no llegaría a completar. El viento le acercó hasta el hocico los inconfundibles efluvios de la muerte. Entonces rompió la muestra y se encaminó con trote alegre hacia sus amos. Un ser muerto, tan muerto como para que la putrefacción ya se hubiera adueñado de sus restos, no era motivo de interés.

Los dueños del animal, un ciudadano británico y su hijo, no eran de la misma opinión. Plantados sobre sus deportivos, con el estupor y el miedo reflejados en sus rostros, semejaban dos estatuas vivientes, los protagonistas de un cuento fantástico a quienes acabara de paralizar alguna bruja malvada. Cuando por fin recuperaron parte del resuello y la sangre volvió a circular por sus venas, alertaron a las fuerzas de seguridad. «Hay una mujer muerta en la rambla de Béjar», acertó a chapurrear uno de ellos por el móvil.

Minutos después, el lugar resplandecía de luces policiales, como una penosa verbena.. El cordón que el cadáver llevaba fuertemente anudado al cuello y las ropas levantadas sobre su torso eran razones más que suficientes para justificar el despliegue. Victoriana, resultaba evidente, no había exhalado el alma de buen grado.

Los agentes del Grupo de Homicidios de la Guardia Civil que asumieron la investigación no tardaron en identificar a la víctima. Las primeras conclusiones de los forenses, emitidas en el propio escenario del crimen, apuntaban a que la víctima había sido estrangulada unos cuatro días antes, en torno a la madrugada del 26 de diciembre de 2015, y en los archivos policiales constaba precisamente la desaparición de una mujer boliviana en esa misma fecha. Una amiga suya, con la que compartía domicilio en Lorca, había denunciado en Comisaría que no había noticias de Victoriana Ríos de Fernández, de 47 años, desde las diez de la noche del Día de Navidad.

Más tarde, a requerimiento de los guardias civiles, la chica explicó que después de recibir una llamada telefónica hacia esa hora, Victoriana se había vestido y había abandonado el piso de la calle Narciso Yepes en el que tenía arrendada una habitación. Al día siguiente, la mujer, empleada agrícola, ya no se presentó a trabajar.

El hecho de que la mujer hubiera sido estrangulada y su cuerpo arrastrado hasta una zona de matorrales, sumado a los indicios que señalaban que había sido víctima un intento -cuando menos- de abuso sexual, habían orientado ya las pesquisas hacia un varón. El dato de la llamada nocturna al teléfono móvil de Victoriana apuntaba además a que ella se había marchado con alguien a quien conocía bien.

«¿Tenía novio? ¿Algún amigo con quien salía?», interpelaron a la amiga. Y esta les aportó el nombre de Ignacio, un compatriota con el que había mantenido una relación afectiva entre noviembre de 2014 y agosto de 2015. «¿Y por qué lo dejaron?», insistieron los agentes, sabedores de que estaban ante un testimonio clave para resolver el crimen.

El sospechoso les dijo a sus compañeros de piso que su padre estaba muy grave y consiguió que le prestaran 600 euros para sacar un billete de avión a La Paz Era muy celoso y había maltratado a la víctima en varias ocasiones

Fue entonces cuando la mujer les habló de «desavenencias» motivadas por los fuertes celos de Ignacio. También les relató algunos episodios de malos tratos, el último de ellos ocurrido apenas unos días atrás, que la mujer nunca se decidió a denunciar.

Mucho antes de ponerle la firma al folio de la toma de declaración, los especialistas de Homicidios ya solo eran capaces de imaginarse a sí mismos leyéndole los derechos al menda, mientras apretaban unas esposas en torno a sus muñecas. Pero no iba a resultar tan sencillo. De hecho, a día de hoy aún no ha sido posible.

El apartamento de la cuarta planta del edificio de la avenida Juan Carlos I en el que residía Ignacio A.D., en plena milla de oro de la Ciudad del Sol, se había convertido desde largos meses atrás en una pesadilla para los acomodados propietarios del residencial, que habrían sobrellevado con mejor ánimo un brote de paperas que el trasiego generado por el 'piso patera'. Pero a la Guardia Civil no le preocupaban en ese momento los alquileres y realquileres de habitaciones y hasta de camas, que se solapaban unos con otros. Tocaron a la puerta y preguntaron por Ignacio. «Regresó a Bolivia», les informó un compañero. «Dijo que su padre había enfermado, que estaba muy grave, y pidió que le prestáramos dinero para el viaje». Entre unos y otros habían conseguido reunir unos 600 euros, cantidad aún alejada de los 1.000 euros que dijo necesitar, pero suficientes sin embargo para tomar un autobús a Madrid y subirse al primer vuelo que salió hacia La Paz.

El pájaro se había esfumado, y desde luego no había sido por falta de diligencias en las averiguaciones. Todavía no había sido hallado el cadáver de Victoriana cuando el presunto asesino ya estaba fuera de España. En esa tesitura, lo que quedaba era llevar la investigación con la mayor minuciosidad y rigor, ponerle la vela a la tarta y confiar en que la cooperación internacional hiciera el resto. Que igual era mucho confiar, aunque no les quedaba otra.

Tenían al presunto homicida, pero había que situarlo en el lugar del crimen. Y que no quedara resquicio alguno para la duda.

Para empezar, resultaba evidente que el sospechoso se había desplazado hasta las proximidades de la rambla de Béjar en un turismo, pero el asunto ofrecía alguna complejidad si se tenía en cuenta que Ignacio no disponía de coche. Las gestiones policiales se orientaron así hacia un amigo que ya le había dejado su coche en alguna ocasión, pero que se limitó a negar la mayor. De hecho, cerca estuvo de entorpecer gravemente la investigación al sostener que no tenía trato con el presunto homicida y que en ningún caso le había prestado su Hyundai Lantra la noche de autos.

No fue hasta unos días más tarde cuando confesó. Le animó a hacerlo el hecho de que los agentes hubieran logrado casar las rodadas que el coche del asesino había dejado en un camino, curiosamente, con impresiones de dos neumáticos de distintas marcas, con las gomas que 'calzaba' el Hyundai. «Más vale que empieces a hacer memoria o te vas a meter en un lío muy serio», vinieron a advertirle. Una frase, como la de 'abracadabra' o 'ábrete, sésamo' en las películas de Simbad, que rara vez deja de ser efectiva.

El hombre, desde luego, recuperó la memoria como por ensalmo. Y no solo admitió que aquella aciaga noche le dejó el vehículo, sino que Ignacio le telefoneó más tarde desde una zona descampada, ya que escuchaba soplar el viento, y que al día siguiente le devolvió el Hyundai cubierto de polvo y con huellas de pisadas de barro en las alfombrillas.

Los investigadores no dejaron caer en saco roto los datos aportados con tan prodigiosa recuperación memorísticas y obtuvieron pruebas en el habitáculo del coche -principalmente, unos cabellos- que demostraron que Victoriana había viajado como copiloto. Iba camino de la rambla, se dijeron. Camino de la muerte.

Las pruebas contra Ignacio A.D. comenzaban ya a ser abrumadoras, pero no por eso los funcionarios del Grupo de Homicidios dieron el asunto por cerrado. Buscando y buscando, hablando con unos y con otros, recabaron el testimonio de un amigo que admitió que el sospechoso, horas antes de emprender viaje hacia su Bolivia natal, le había hecho una confesión: «Me he llevado a Victoriana a la tumba».

Además, el posicionamiento de los repetidores de telefonía móvil situaba al exnovio de la víctima, aquella misma noche, en la zona de la rambla de Béjar donde se halló el cadáver. Y por si faltaba algo, las muestras indubitadas de ADN de Ignacio A.D., obtenidas de su cepillo de dientes -que había dejado olvidado en su piso, junto a otros efectos- también coincidieron plenamente con algunos restos obtenidos de las ropas de la mujer asesinada.

El paquete había quedado perfecto, con su lacito y todo, y ya solo quedaba remitir el atestado con el resultado de todas las investigaciones al Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número 4 de Lorca, cuyo titular había asumido la coordinación del asunto desde su origen.

Con tales evidencias, el juez no tardó en dictar una orden internacional de busca y captura y en reclamar la colaboración de las autoridades bolivianas, al objeto de que Ignacio A.D. fuera localizado, detenido y trasladado a España para ser sometido a juicio.

La Policía boliviana, con la que la Guardia Civil ha mantenido frecuentes contactos en los últimos meses, informó de que el sospechoso había retornado a su localidad natal, Quillacollo, en la provincia de Cochabamba, lo cual hizo concebir algunas esperanzas de una rápida resolución del caso. Pero las últimas informaciones sostienen que han perdido su rastro, lo cual no debería ser extraño en una zona rural y caracterizada por sus extensas plantaciones de plátano, cítricos y maíz, aunque se ha constatado que no ha abandonado el país, al menos por vías legales.

Aunque policialmente el asunto está resuelto, los agentes de la Benemérita que tomaron parte en las pesquisas no pierden la esperanza de ver un día a Ignacio A.D., de 48 años, sentado en el banquillo, enfrentándose a las pruebas que recabaron sobre su aparente participación en el crimen. Lo esperan por ellos mismos, por una cuestión de prurito profesional, pero también por la memoria de Victoriana, otra de esas mujeres que cayeron abatidas por la violencia machista y que, por un tiempo, ni siquiera constó en las estadísticas oficiales como víctima de ese salvaje fenómeno.

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