La leona

Los hombres siempre decimos «no soy machista», pero es casi imposible que esa afirmación sea totalmente cierta

Nacho Ruiz
NACHO RUIZ

Los hombres nos vemos como leones, no lo podemos evitar. El mundo es nuestro desde el altozano en el que reposamos y desde el cual dominamos la sabana, el territorio en el que dictamos ley. Escribo este artículo mientras la televisión me enfrenta a millones de mujeres cambiando el mundo. No soy especialmente ingenuo, pero tal vez lo de ayer signifique algo. Lo que veo me lleva a escribir una columna diferente a las que mis lectores (unos 12 si mi madre compra ese día el periódico) están acostumbrados a leerme. Nunca saco un texto sin que lo corrija Carolina. Este será el primero y hay una razón para ello.

Los hombres siempre decimos «no soy machista», pero es casi imposible que esa afirmación sea totalmente cierta. Desayuno con Carolina en el bar de siempre y un tipo empieza así un discurso que parece construido para que escuchemos todos los presentes, sin importarnos lo más mínimo lo que ese señor pueda pensar. Eleva la voz y le cuenta a un amigo suyo -que no comparte su diarrea intelectual- que a él lo educaron en la igualdad y que no le tiene ninguna lástima a las mujeres, que ellas son las que se buscan la perdición del maltratador porque el machismo es cosa creada por las mujeres: si a una mujer le pegan o la matan es culpa suya por haber educado machistas o haber consentido. Es un argumento muy usado, todos lo hemos oído y tal vez alguno de ustedes lo comparta. Pienso que el machismo es bastante torpe, ha dominado el mundo solo con la fuerza, sin necesitar inteligencia, porque cuando una mujer no ha estado de acuerdo se la ha ahormado, como a los zapatos, con el uso de la fuerza. Sin embargo, en este caso ha difundido un argumento muy brillante. Las mujeres son culpables por favorecer la discriminación en sus propias casas, siguiendo una costumbre ancestral. En realidad esas mujeres son víctimas o rehenes y han ido sobreviviendo en una cultura en la que estaba bien visto que tu marido te rompiese los dientes, te los curase y después se acostase contigo, te levantases por la mañana y le dieras de desayunar a sus hijos. Cuando actuamos bajo una coacción permanente hasta el punto de interiorizar las conductas que se nos imponen es muy osado que se nos considere culpables. No ha sido toda la sociedad así, siempre ha habido hombres civilizados y mujeres fuertes, pero una parte muy notable de nuestras culturas se ha desarrollado en el deleznable patrón que he descrito.

El bestia que grita en el bar su no machismo sigue con la perorata en la que las mujeres en realidad son las que están en posición de abuso. ¿Igualdad? Pero si ya hay igualdad, lo que quieren es ser más que nosotros, dice mientras de su boca salen no solo lo que ya son gritos, también gotitas de saliva que se estrellan contra las gafas de su paciente amigo. La camarera, de unos 25 años, saca la vajilla del lavaplatos y no puede evitar fundir con la mirada al tipo que, con el paso de sus eslóganes de cuñao universal, se va poniendo rojo. Me enervo, no puedo con este tipo de actitudes hipócritas del ‘no soy machista pero’. Le voy a contestar. Entonces una mano se posa serena en mi brazo. Es de Carolina, que lee el periódico y toma café sin prestarle atención. No le dedica ni una mirada. Ella está por encima de toda esa basura. Con la mano, sin dejar de leer, me está diciendo «pasa, déjalo. Es poca presa para ti, león». Me calma y sigo con mi café.

La dureza de una mujer es algo a lo que los hombres no podemos llegar. Ella y yo montamos la galería juntos, teóricamente somos iguales en todo pero no es cierto. Ser socios trae alegrías y penas, ser pareja trae hijos. Cuando se planifica el nacimiento de un niño algunos padres decidimos asumir el 50% de lo que eso representa, pero nunca ocurre así. Cuando nació Hugo vi a Carolina abandonar su carrera para darlo todo por él. Yo hacía lo que podía, no soy un padre absentista familiar, pero un niño es una bomba atómica en la carrera de una mujer. La obliga a desaparecer durante un tiempo precioso. He visto a Carolina retomar su sitio, tener que defender un terreno perdido que había luchado durante diez años; su carrera es su vida. La he visto recuperar todo como la leona que es. Y en eso llegó Martina. Entonces empezó otra vez todo. Un día, hace casi cuatro años, volvió a empezar de cero. Mentalmente la fortaleza necesaria para empezar tres veces es enorme, máxime en un mundo como el nuestro.

Ella ha vencido a un mundo de machistas y ni les guarda rencor, no los desprecia, es que sencillamente ni los tiene en cuenta. Ha vencido y vencería las veces que hiciera falta porque tiene una causa por la que luchar.

A veces, cuando llega el viernes, llegamos a casa los dos como el que viene de la guerra. Entonces yo me desplomo sin darme cuenta de que ella sigue haciendo cosas, me avergüenza mi pereza y me pongo a fregar platos o lo que sea pero, hasta cuando estoy trabajando, le tengo que preguntar qué es lo que tengo que hacer. Entonces, cuando todos estamos ya arreglados, cuando los cachorros y el macho están en el sofá hechos una bola de mantas, piernas, pizza y mandos a distancia, la leona se une a la manada y leemos o vemos la tele juntos. A veces toda la manada duerme, pero la leona vela nuestro sueño. Ni cuando duerme deja de protegernos.

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