Y Jesús Prendido conquistó Murcia

El paso californio de El Prendimiento, a su paso por la plaza Cardenal Belluga de Murcia, con la Catedral iluminada al fondo. /N. García / AGM
El paso californio de El Prendimiento, a su paso por la plaza Cardenal Belluga de Murcia, con la Catedral iluminada al fondo. / N. García / AGM

Dieciséis pasos de la Región recorren la capital en la magna procesión con motivo del congreso de cofradías

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍASMurcia

Calle Sagasta abajo, entre aromas a crespillos y yemas, a adoquines húmedos de madrugada California junto a la mar, recortadas a lo lejos unas palmeras que la luna desdibuja sobre el agua, cierta brisa marinera acerca gaviotas curiosas para contemplar, entre incienso y paso firme, al Señor. Y relucen los bordados de su túnica de Lyon. Y los hachotes tatúan de incienso cada golpe en el suelo, medido como el paso de la Sección de Honores, que no hay mayor honor que anclar, como anclas luce el remoto estandarte, los suspiros en su rostro de navegante infinito. Y destellan las miradas de las jóvenes que, con suaves párpados, como linternas sordas, cierran y desvían los ojos al encontrar aquellos que buscaban bajo un capuz. Pasa Jesús Prendido.

Esta escena a pocos cartageneros sorprendería. Con orgullo y con razón, la disfrutan cada Miércoles Santo en la ciudad. Pero este sábado no ocurrió en la calle Sagasta cartagenera, como se acostumbra, sino en una vía de igual nombre que existe en el corazón castizo de Murcia, el barrio de San Antolín.

Desde aquella parroquia, en un Lunes Santo también improvisado, no partía en procesión el Cristo del Perdón magenta, el que hace retemblar de aplausos la ciudad cuando desciende la mítica cuesta del templo. En su lugar, arrancó la marcha, como si levitara entre columnas de rosas rojas, el Cristo del Prendimiento que tallara Benlliure para la Cofradía California.

Edu Botella / Nacho García / AGM

Silencio y triunfo

En la plaza se produce un instante de silencio. Parecen contener el aliento los miles de congregados para disfrutar la magna procesión -como Magna es el título oficial de la cartagenera- del congreso de cofradías. Pasa un solo segundo. Y el barrio se desploma en aplausos. Los californios, sin apenas dar un paso sobre la carrera, solo con los primeros sones de la banda, ya han conquistado Murcia.

El desfile, que comenzó a las cinco en punto de la tarde, reunió en las calles a miles de cofrades llegados de toda la Región. No en vano desfilaban tallas tan veneradas como el Cristo del Consuelo, de Cieza, con su llamativo tonelete; el jumillano bajo la advocación de la Vida o el conocido como ‘Cristico’, una obra tallada en tamaño académico y que llegó a Murcia desde Yecla.

«¡Qué pequeño es, mamá!», exclamaba un niño murciano, acostumbrado a las dimensiones de las otras imágenes que la ciudad aportó al desfile. Como el Cristo de la Salud, el Sepulcro, el Resucitado de Planes o la Entrada de Jesús en Jerusalén, de la Esperanza y que abrió el cortejo, cuya parroquia, San Pedro Apóstol, la recibió más tarde volteando sus campanas. Ya por aquel lugar, repletas las plazas de Santa Catalina y Las Flores como un Viernes Santo por la mañana al uso, si bien casi oscurecido, volvía a repetirse el antiguo rito de la entrega de caramelos.

Una hora antes de la salida ya era la ciudad un hervidero de gentes. Terrazas y bares cuajados de parroquianos que, animados por el buen tiempo, disfrutaban de un sol primaveral entre caña y marinera. Y alargaron la sobremesa, gin tonic incluido como mandan los cánones cofrades, para disfrutar de un acontecimiento excepcional.

Túnicas de mil colores

San Antolín, como en Semana Santa, bullía de túnicas a la salida. Pero con la diferencia de que no solo el color magenta, el color de la cofradía donde allí tiene su sede, adquirió protagonismo: rasos y terciopelos de mil colores y cortes se alternaban con varas de mayordomos, comisarios y regidores, con la historia hecha estandartes y símbolos de la Pasión, que para todos es la misma, mas no todos igual la representan, y miles de instrumentos, entre ellos los tambores sordos y los carros bocina. Más de mil músicos , que pronto se escribe, atronaron la urbe.

Casi un centenar de autobuses llegaron desde toda la Región. Algunos, incluso, desde Alicante y Almería. Bastaba observar las calles para comprobar que la convocatoria había sido un éxito. Incluso vendiendo las sillas, que ni eso echaron de menos los amantes de la tradición. Varias filas de espectadores, solo los primeros sentados, desde el arranque mismo del cortejo, animaron la tarde mientras una legión de móviles, a golpe de fotografía, cuajaron las redes sociales de Semana Santa... en pleno noviembre.

Traslado desde Jesús

El prólogo del desfile se produjo bajo un cielo claro y con las primeras sombras del atardecer, aunque apenas eran las cuatro y media de la tarde, ante la puerta de la iglesia de Jesús, el joyero que atesora las obras maestras de Francisco Salzillo. Desde allí, teniendo a los auroros como testigos sonoros, partió la célebre Dolorosa, acompañada por el Nazareno que el mismo autor tallara y que se venera en Lorquí.

Cientos de personas se congregaban para contemplar una escena insólita. Tanto, que la tez pálida de la imagen llegó a confundirse con las últimas luces del día, sin que nadie ordenara, como hubiera sido deseable, que el alumbrado público se encendiera antes para iluminar su rostro. No así sucedió con la Virgen de las Angustias, ya acostumbraba a su desfile nocturno. Ni tampoco con la Soledad del Perdón, que este sábado estuvo menos sola que nunca.

Entretanto, abiertas de par en par las puertas de San Antolín, la Marcha Real anunciaba la salida de los tronos elegidos para una procesión que, cuando menos, no volverá a celebrarse en años. Uno a uno descendían la cuesta los pasos que, cuando llegue Semana Santa, presidirán otros cortejos en parroquias alejadas. El Sepulcro y La Cama, de Santomera, que inundó de olor a alhelíes la carrera. O el San Juan, el que creara Ramón Cuenca, agradable prólogo a la Soledad coronada de la Cofradía del Perdón, cuyo titular permaneció en su altar y, también por vez primera en la historia, no caminó acompañado por las marchas nazarenas y los himnos que hacían detenerse a muchos murcianos sorprendidos por un desfile de Pasión cuando se acerca la Navidad.

Y así, como reza el himno dedicado al Prendimiento californio, muchos de ellos, tras admirar la magna procesión, reconocían: «Prendida quede mi alma, prendido mi pensamiento, prendidas mis ilusiones, prendido mi entendimiento». Porque estas cosas cofrades solo pueden entenderse en noviembre si el alma, acaso alguna vez, ha quedado prendida de ellas.

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