Desde el infierno

BALLENEANDO

Me pregunto cómo de terribles serán los coros de voces que te llegarán

Ginés Sánchez
GINÉS SÁNCHEZ

En la madrugada, siempre es madrugada, te fuiste primero a por tu padre. Alzaste tu espada. Pegaste. En la cabeza. Luego seguiste. Él despertó, claro (¿Habrá un segundo más espantoso que ese?, ¿habrá una conciencia más espantosa de cobrar que esa? Sigan leyendo). Él se defendió. Pero tú seguiste. A mandobles. A puñaladas. Eso hiciste y ahora él está muerto y tú no. Luego fuiste a por tu madre. En la misma madrugada. Ya teñida de violetas.

Tu madre se había despertado. Por el ruido. Se había despertado y estaba sentada en la cama y esperaba (¿ven lo que les dije?). Pidió ayuda. A su marido muerto.

Tu madre esperaba sentada en la cama y ahora ella está muerta y tú has tenido diecisiete bolas extra. De momento. Una por año.

Quedaba tu hermana. La pequeña. Con ella se te rompió la punta de la espada. Tuviste que ir a tu habitación a por el machete. Ella también murió. Ella murió y a ti te han hecho un documental. Y tú, dicen, te has casado. Has tenido a tu vez un hijo.

Oh, y aquellas cosas. La justicia siendo liviana para ti. Con aquello de «psicosis epiléptica idiopática». De «automatismo orgánico». De «conducta desconectada de tu personalidad y de tu biografía». Aquellas cosas y tú escapándote entre los dedos de una ley absurda (y que la vida no es solo el tribunal, y que la justicia tiene rendijas -alcantarillas- de las que no entiende el corazón) y que debería ser mil veces revisada.

¿Y por qué?, te dijo el policía, ¿por qué lo hiciste? Porque querías, dijiste, estar solo. Porque querías que tus padres no te pudieran encontrar.

Tú lo dijiste pero ignorabas mil cosas. No sabías, por ejemplo, que Félix Rodríguez, el exagente de la CIA que transmitió la orden de que mataran al Ché, heredó esa otra noche el asma que desde siempre había atenazado la respiración del guerrillero. Pero no sabías que Prudencio Aguilar visitaba cada noche la casa que ocupaban José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán para buscar agua con la que mojar su tapón de esparto.

Todas esas cosas que no sabías y ahora tú compareciendo en tu documental. Compareciendo mientras sueñas que eres un mítico monstruo. Tú lo sueñas y yo, desde la cofa de mi ballenero, me pregunto cosas. Me pregunto, por ejemplo, qué sucede cuando te quedas a solas. En esos momentos en que los ruidos se apagan y es otra vez la madrugada y el mundo no es más que una respiración crepitante en la que se oye a lo lejos el matraqueo de los chotacabras. Me pregunto, por ejemplo, si alguna vez hablas contigo. Me pregunto cómo de terribles serán los coros de voces que te llegarán. En tu soledad. Y desde el infierno.

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