El hallazgo del siglo que se escondía en las salinas de Santa Pola

El microbiólogo alicantino puso la primera piedra de una técnica que puede vencer en el futuro muchas enfermedades

Javier Pérez Parra
JAVIER PÉREZ PARRAMurcia

La llave para poder editar fragmentos de nuestro ADN, reparando defectos genéticos que provocan innumerables enfermedades, se la encontró Francis Mojica hace 25 años en las salinas de Santa Pola. No andaba buscando ni mucho menos las claves de la edición genómica; eso vino después, a raíz de sus hallazgos. Lo que este microbiólogo trataba de entender era la capacidad de los organismos vivos para abrirse paso en los territorios más aparentemente hostiles, como es el caso de este lugar, extremadamente salino. Allí se fijó en una arquea, la 'Haloferax mediterrani'. Las arqueas son organismos unicelulares procariotas, como las bacterias. Esto significa que el material genético no está «metido dentro una estructura, el núcleo de la célula» -como ocurre en nuestro caso, los animales y las plantas-, sino disperso en el citoplasma, explica Mojica.

Analizando el ADN de aquellas arqueas, el microbiólogo descubrió unas misteriosas secuencias que se repetían una y otra vez. Las bautizó como CRISPR (repeticiones palindrómicas cortas agrupadas y regularmente espaciadas, en sus siglas en inglés). Siguió investigando durante años, tratando de averiguar por qué estaban allí esas secuencias que, aparentemente, carecían de sentido. Hasta que dio con la respuesta: se trataba de un sistema inmunitario. Las bacterias y arqueas almacenaban en esas regiones información de ADN de los virus que les habían atacado -a ellas o a generaciones anteriores-, de forma que ante una nueva invasión, reconocían al virus y acababan con él.

Después de que sus investigaciones hubiesen sido ignoradas por las grandes publicaciones científicas, aquello lo cambió todo. Decenas de grupos se pusieron manos a la obra, y en 2012 las científicas Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier dieron a conocer en 'Science' la técnica de edición genómica CRISPR-Cas9, basada en los hallazgos de Francis Mojica. El pasado mes de enero, los tres recibieron el premio de la Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento, en la categoría de Biomedicina. Antes, en 2015, los Princesa de Asturias ya habían reconocido a Doudna y Charpentier, relegando al alicantino. Como siempre ocurre en ciencia, hay muchos más nombres. Entre ellos, el de Feng Zhang, quien fue clave en la ampliación de las posibilidades de la técnica CRISPR-Cas9. También, y como sucede a menudo, hay guerra de patentes.

Mojica asiste a estas batallas como espectador, desde su laboratorio de la Universidad de Alicante, donde continúa haciendo ciencia básica. En los últimos años, su nombre ha sonado para el Nobel de Química. Ahora, las quinielas apuntan a que el CRISPR-Cas9 podría llevarse el Nobel de Medicina. «Si es así, sería por el desarrollo de la técnica, y yo no he participado directamente», cuenta. No le gusta ponerse medallas que cree que no le corresponden. Pero sin él ni su arquea de Santa Pola, la edición genómica seguiría, muy probablemente, en mantillas.

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