La familia magenta

El presidente de la Cofradía Cristo del Perdón abre las puertas de su casa a 'La Verdad' en una tarde de procesión

La familia Avilés preparada para salir de procesión. / Edu Botella / AGM
Marta Semitiel
MARTA SEMITIELMurcia

En casa de los abuelos Diego y Agustina está prohibido mancharse a la hora de la merienda. Al menos las tardes de procesión, en las que todos los primos vestidos con túnicas color bermellón se arremolinan alrededor de la mesa con sus chuscos de pan. “Para mí es un orgullo que mis hijas, mi hijo, mis sobrinos y mis nietos compartan la devoción familiar por el Cristo del Perdón. Todo lo que podía desear es esto, tener una familia magenta", asegura con el pecho henchido Diego Avilés Fernández, de la Real Ilustre y muy Noble Cofradía murciana del Santísimo Cristo del Perdón, a la que pertenece desde 1964 y la que tiene el honor de presidir desde 2010.

Aunque la procesión comienza a las siete de la tarde, en casa de Diego se inician las preparaciones al terminar la comida. Cuatro hijos, un yerno, seis nietos y los dos abuelos danzan de un lado al otro de la casa, buscando calzas, túnicas, fajines, enaguas, esparteñas, algún que otro imperdible. Hasta los dos miembros de la familia que no salen en la procesión, Saray Avilés y Juan Ortuño, tienen un papel imprescindible en la vestimenta de los demás. "Yo incluso me pido la tarde en el trabajo, para poder vestir a los niños y recogerlos cuando acaba la procesión, porque si no, es imposible", reconoce Ortuño, uno de los yernos.

Sandra y Juan arreglan a los más pequeños de la casa.
Sandra y Juan arreglan a los más pequeños de la casa. / Edu Botella / AGM

Generaciones de devoción

En la familia Avilés, la devoción hacia el Cristo del Perdón es casi como un gen que se ha transmitido durante cuatro generaciones. La responsable de sembrar ese amor en el actual presidente de la cofradía fue su madre, Rosario Fernández, la bisabuela. Una fe que Diego compartió con sus hijos Saray, Sandra, Cristina y Diego. "Para nosotros el Cristo del Perdón no solo es una imagen de madera, una obra de arte magnífica, y no solamente representa a Dios, sino que es un emblema, un nexo de unión entre todos mis tíos, mis padres, mis hermanas. Y hoy es un día muy importante en el que rendimos honor a ese símbolo familiar", asegura Diego hijo.

Diego Avilés hijo se prepara para portar al Cristo del Perdón.
Diego Avilés hijo se prepara para portar al Cristo del Perdón. / Edu Botella / AGM

Para la pequeña de las tres hermanas, Cristina, la Semana Santa de Murcia "es por un lado tradición, porque llevamos saliendo desde que éramos muy pequeños, y por otro lado es una pasión que te hace recordar la vida de Cristo. No me imagino mi vida sin el Cristo del Perdón, porque realmente es un sentimiento... Cuando estás mal, al primero que acudes es a él".

Para poner un ejemplo de la devoción familiar, el presidente de la cofradía recuerda con orgullo y con cariño el regalo que su único vástago varón pidió a los Reyes Magos con apenas siete años: "Él quería un paso del Cristo del Perdón, ¡y se lo trajeron! Y desde entonces, en mi casa había procesión todas las tardes". Hace siete años que Diego hijo se viste de nazareno estante a la usanza huertana para cargar al verdad, algo que para él no supone ningún peso, sino "un honor".

Las manos de la abuela

La pasión magenta de Rosario ha llegado hasta sus bisnietos: Pablo, Paula, María, Zoe, David y Carmen. Tienen entre 9 años y 18 meses, pero ya en el jolgorio de sus caras se adivina que la Semana Santa será un pilar fundamental en sus vidas adultas.

Sobre las cinco y media de la tarde, los niños están preparados para pasar revista ante los ojos de la abuela. Agustina Correas es la matriarca responsable de que sus túnicas estén perfectas cada año para disfrutar del recorrido pasional junto al Cristo del Perdón. "Quince días antes de que empiece la Semana Santa ya empiezo a sacar las túnicas de los armarios, se las pruebo, les bajo el faldón, las plancho... En esta casa hay mucho trabajo detrás de una tarde de procesión". Ella también desfila, pero no de magenta, sino de negro y con mantilla en la Hermandad de la Soledad.

Agustina arregla la túnica de su hijo menor.
Agustina arregla la túnica de su hijo menor. / Edu Botella / AGM

Las manos de la abuela hacen que todos estén impecables. Sin ellas, las tardes de Semana Santa serían casi imposibles para esta familia, "aunque si yo no pudiera hacerlo, creo que seguirían saliendo igualmente. ¡Ya se encargarían ellos de prepararlo todo para poder salir!", asegura con modestia mientras baja en el ascensor para formar filas en la foto familiar. Su hijo es más justo: "Ella es la artífice de todo esto. Hace un trabajo importantísimo, aunque en el desfile no se vea. Siempre sabes quién arregla los tronos, quién los lleva, pero en realidad nadie sabe que si yo voy así de bien vestido, es por ella".

Agustina nunca había salido en las procesiones, hasta que se casó con Diego. "Al principio mi marido se vestía en casa de su madre, hasta que mis hijas tuvieron cuatro años y empezaron a salir también con el Cristo del Perdón, que fue cuando empezamos a vestirnos en casa", cuenta. El presidente de la cofradía es más sincero cuando dice: "Luego se casaron y tuvieron hijos, ¡pero no sé qué hacemos que siguen viniendo a vestirse aquí!", ríe.

El desfile más profundo

Las chanclas de goma del abuelo no solo son de playa, sino que salen del armario en primavera, con la Semana Santa. Él es el único de la familia –de momento–, que desfila descalzo y sin caramelos. Una costumbre que adquirió hace ya 23 años y que pretende continuar durante mucho tiempo. "Es una forma mucho más profunda de vivir la pasión. Cada vez que me clavo una piedra, me acuerdo de lo que debió pasar nuestro Señor y soy mucho más consciente de lo que hizo por nosotros", cuenta.

Para los doce miembros de esta familia, la Semana Santa es una mezcla de tradición y fe. Sin la creencia religiosa, sus desfiles no tendrían ningún sentido. Diego hijo lo define muy bien al responder a la última pregunta:

– ¿Usted le reza al Cristo del Perdón durante el resto del año?

– Sí, por supuesto, yo creo que todos. Aunque sea desde el anonimato, siempre que pasamos por la puerta de San Antolín, que es casi a diario, o entramos un momento a saludarlo o le rezamos. Y siempre que estamos en misa o en alguna oración, lo tenemos presente.

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