«No te extrañe si mañana estoy en prisión»

El homicida, Juan López. / LV

El sumario sobre el asesinato en La Ribera de Molina de un exconcejal de San Javier, Manuel Leal, desvela la frialdad con la que actuó el homicida confeso antes, durante y después del crimen. Minutos antes de disparar, Juan 'El del Campo' alertó a un vecino de la zona: «Si no quita las hitas, lo mato»

Ricardo Fernández
RICARDO FERNÁNDEZ

En el particular lenguaje del güertano, cuando a alguien se le dice «tú no vas a llegar al cementerio» no se le está deseando precisamente una larga existencia, repleta de dichas y parabienes. Manuel Leal tampoco se llamaba a engaño a tal respecto. Sobre todo porque el augurio solía llegar precedido de exabruptos como «cabrón, hijoputa...», que escuchaba brotar, atónito, por entre los finos labios de un tipo -ojos demasiado juntos y de torva mirada, enmarcados bajo una sola ceja de dos dedos de ancho...- que habría hecho retorcerse de gusto a Cesare Lombroso: el padre de la teoría de que el delito tiene un origen genético y puede 'leerse' en ciertos rasgos faciales.

Fuera porque Manuel también sabía leerle las intenciones en el rostro, o fuere porque tampoco las advertencias dejaban demasiado margen a la imaginación, el ex concejal socialista de San Javier, sindicalista histórico, funcionario de la Comunidad Autónoma e ilusionado destripaterrones en sus ratos libres, sentía desde hacía un tiempo que con Juan 'El del Campo' -«el tío este», como despectivamente lo llamaba cuando atinaba a desahogarse con su mujer- se le había metido una china en el zapato. Una piedra, gorda como un garbanzo y salpicada de aristas, que le estaba amargando cada segundo que echaba en su huerta.

El pequeño pedazo de tierra, situado a unos 300 metros de las últimas casas del pueblo, en un paraje conocido como La Cañada, se lo había regalado su hijo mayor, de igual nombre, consciente del aprecio de su padre por esos terruños que le permitían retornar por ratos a sus orígenes. Lo que no sabían, ni el hijo ni el padre, era que el obsequio venía con bicho dentro: un vecino de parcela, por nombre Juan López García y por apodo 'El del Campo', que antes había cultivado esa misma tierra por gracia de los antiguos dueños y que solo por ello creía poseer ya derechos a perpetuidad sobre la misma. Y como el tipo en sí parecía poco propenso a escuchar razones, y sí muy dado a mentar a las madres ajenas y a amenazar con sacar a pasear la escopeta, cada visita al campo se había acabado por convertir en un tormento, y no precisamente por culpa de los calores ni de la azada.

«Nenes, llamad al 112, a la Policía o a quien tengáis que llamar, y decirles que acabo de matar a un hombre», pidió a dos jóvenes que practicaban escalada en un túnel. «Ah, y que les espero en mi casa, en la calle Conesa, número 2. Mi nombre es Juan López»

Un problema con las hitas

«Si no las cambia, lo mato»

Aquella tarde fatídica que fue la del pasado 13 de junio, Carlos, un vecino de La Ribera de Molina, paseaba a su perro por la zona del túnel de la Vía Verde -utilizado de un tiempo a esta parte para practicar escalada-, cuando observó a Juan 'El del Campo' apoyado en un talud y con la vista puesta en las cercanas huertas. Debían de ser las ocho y diez.

«Le pregunté si ya había acabado la faena y me respondió bastante alterado», recordaría más tarde el vecino a requerimiento del instructor del atestado policial. «Me dijo que estaba teniendo problemas de lindes con un vecino y que no estaba de acuerdo con el actual sistema de medición, pues con el antiguo era él quien salía beneficiado».

-«No te preocupes, Juan, que los problemas se solucionan hablando».

-«Como no ponga las hitas en el lugar que toca, lo mato», respondió el interpelado, que seguía a lo suyo.

-«¡Qué dices, hombre! No te tomes las cosas de esa forma».

-«Tú no te extrañes si mañana oyes que estoy en la cárcel».

Carlos silbó al perro y reemprendió el camino a casa. Por supuesto, no creyó que Juan fuera capaz de cumplir sus amenazas. Pero algo, una especie de desazón, se le quedó dando vueltas por ahí dentro.

Un túnel sin vía de retorno

«¿Habéis visto pasar a uno?»

A las ocho y veinte, Francisco Borja y Franklin Guillermo estaban colgados en escorzo de las paredes del túnel, cual murciélagos dormitando en tenebrosa gruta, cuando Juan pasó por debajo. Levantó su rostro serio y preguntó: «¿Habéis visto pasar a uno? Debe de hacer como veinte minutos». Los dos jóvenes escaladores negaron con la cabeza y el hombre siguió su camino. Unos cuantos minutos después vieron pasar a Manuel Leal en su vehículo. Recorría un camino sin retorno.

El hombre detuvo el coche en la senda y caminó cuatro pasos, hasta penetrar en su bancal, donde tenía ya preparada una capaza y una corvilla para entretenerse segando la mala hierba. En tales asuntos estaba cuando oyó llegar a Juan 'El del Campo'. Llevaba en la mano una escopeta Browning del calibre 12, que debía de tener escondida en su finca y que utilizaba casi a diario para acabar con los conejos que se comían sus plantas.

«Tuvimos una discusión -rememoró más tarde Juan, ya ante la juez Ana Belén Carrión, que habría de mandarlo a prisión-; le dije que colocara las hitas de donde las había quitado. Tenía la mente ofuscada».

Aunque los enfrentamientos entre ambos hombres habían sido constantes, Manuel no tardó en comprender que aquella tarde las amenazas iban en serio. Que su vecino no iba a contentarse con escupirle un puñado de palabras malsonantes.

Sacó del bolsillo su iPhone 6 y marcó el teléfono de su hijo mayor. Lo hizo por dos veces, pero no recibió respuesta. Inmediatamente después llamó a su mujer, quien descolgó a la primera. «Llama al 112, que este tío me está apuntando con una escopeta», se limitó a decirle, apresuradamente, antes de colgar. Eran las 20.57 horas y ese gesto con el pulgar de la mano derecha fue el que puso punto y final a sus 57 años de vida.

La detonación retumbó de loma en loma y llegó con claridad hasta los oídos de los dos jóvenes que trepaban por las paredes del túnel como salamanquesas. «Identificamos perfectamente el sonido como el de un disparo», señaló horas después Francisco Borja.

Lo que no escucharon, pues la distancia era demasiado larga para permitirlo, era la melodía de llamada entrante que emitía el móvil de Manuel. Lejos de telefonear al 112, como le había pedido su marido, Josefa, temiéndose lo peor, había tratado de volver a hablar con él y asegurarse así de que estaba bien, de que seguía vivo. Pero nadie respondió ya a sus llamadas. Trató entonces, también en vano, de contactar con su hijo Manuel. Mientras sentía el mundo derrumbarse sobre su cabeza, la mujer buscaba una voz a la que amarrar su esperanza. A las 21.07 horas, después de diez minutos que le consumieron diez años de vida, se decidió por fin a alertar al 112. Cumplía así el último mandato de su marido. Pero algo le decía en lo más profundo que nada quedaba ya que se pudiera socorrer ni salvar.

«Llamar a la Policía»

«He matado a un hombre»

De no haber estado asegurados con cuerdas y mosquetones, Francisco Borja y Franklin Guillermo se habrían pegado el talegazo de sus vidas contra el suelo. Lógico, atendiendo a la frase que les soltó ese tipo de aspecto huraño, que retornaba desde el campo empuñando, esta vez, una escopeta.

-«Nenes, llamad a la Policía que he matado a un hombre».

-«¿Cómo dice?», respondieron al unísono, con los ojos tan abiertos que asemejaban dos lechuzas.

-«Que llaméis al 112, a la Policía o a quien tengáis que llamar, porque acabo de matar a un hombre. Ah, decidles que los espero en mi casa, en la calle Conesa número 2, y que me llamo Juan López. Los estaré allí esperando».

Ninguno dudó ni por un instante de la palabra del abuelo. Un suspiro más tarde, a las 21.03 horas, Francisco Borja estaba al habla con un operador del Centro de Coordinación de Emergencias 112.

-«Ehhhh, oiga, que estoy aquí, en La Ribera de Molina, y que me acabo de cruzar con un hombre que iba con una escopeta y me ha dicho que acababa de matar a un hombre».

-«¿Esto es una broma?».

- «No, lo estoy diciendo en serio».

En ese preciso momento, Manuel, que caminaba impertérrito hacia su domicilio, se cruzó con Gloria, otra vecina que había salido a darle un paseo al perro. Esta le saludó y el homicida le devolvió el saludo con un gesto. Cuando entró en su casa, le espetó a su mujer: «He hecho una locura. He hecho lo que tenía que hacer. Le he dado en la cabeza». Abrió la puerta de un armario, metió dentro el arma y se sentó a esperar a que llegaran a detenerlo.

«Sí, sí, tenemos constancia»

El 'papelón' del operador

Hay que estar hecho de una pasta especial, además de contar con una formación y un entrenamiento muy específicos, para poder soportar la tensión que provoca atender las llamadas de un servicio de emergencias. Y aquella noche no iba a ser de las más relajadas ni felices para el operador que atendió, a las 21.07 horas, el aviso de la esposa de Manuel Leal.

-«Buenas tardes. Acaba de llamar mi marido, de La Ribera de Molina, que se ha ido a recoger unas cosas de un bancal, y dice que un vecino lo está amenazando con una escopeta».

El telefonista no tuvo que hacer muchos cálculos para caer en la cuenta, de repente, que esa llamada estaba directamente vinculada con la que apenas tres minutos antes habían recibido en la Sala: la del joven escalador alertando de que un hombre acababa, en apariencia, de matar a otro. Y ahora tenía a la mujer de la víctima, a la aparente viuda, al otro lado de la línea. «A ver cómo salgo de este marronazo», debió de decirse.

«Vamos a ver... Es que nos han llamado... Sí, sí, tenemos constancia ya... Nos han llamado por lo mismo ya... Parece ser que era suuuuuu... era, vamos, eseeeee... su marido... Allí hay una rambla y un parque pequeño cerca...», improvisaba como podía, tratando de hacerle saber a la sollozante mujer que estaban perfectamente al tanto de la emergencias, pero a la vez sin desvelarle datos del trágico desenlace. Y no quería mentirle, pero tampoco podía decirle la verdad.

-«Él ya nos ha avisado, o no... Otra persona que estaba allí, que lo ha visto, nos ha avisado, ¿de acuerdo? Ya se ha avisado a la Policía Nacional».

La mujer colgó tras agradecer la atención que se le había dispensado. Sin ser consciente, la pobre, de que la suya había sido una de esas llamadas que llevan a cualquier operador de emergencias a echar de menos un buen cólico nefrítico que le hubiera impedido trabajar esa jornada.

Un cartuchazo en pleno rostro

A cinco metros de distancia

Fue Francisco Miguel el primero en ver el cadáver. Su mujer le alertó de que dos muchachos se habían encontrado con un hombre, que les había dicho que acababa de matar a alguien, allí abajo, en la huerta. De tal forma que se armó de valor, subió a la Vía Verde y desde allí atisbó un bulto azul en el suelo. Cuando se aproximó se topó con «un señor con barba, al cual no conocía. He visto que llevaba un tiro en la cabeza».

Minutos después, el lugar se llenó de vehículos de los servicios de emergencias, todos ellos ya prescindibles, y de dotaciones de la Policía Nacional. Los agentes no necesitaron de la llegada del forense para llegar a la conclusión de que Manuel era cadáver. Dos centenares de pequeños perdigones de plomo, procedentes de un cartucho disparado apenas a cinco metros de distancia, le habían penetrado en la cabeza por la mejilla izquierda. El resultado era, simplemente, irreparable.

Junto al cuerpo, tendido boca arriba, estaba la capaza y la corvilla, sus gafas -con una patilla rota-, el iPhone 6 y una vaina de cartucho.

«He sido yo. Lo he matado y tengo el arma en un armario», confesó Juan a los primeros agentes que se presentaron en su domicilio. Dos días más tarde ingresaba en prisión. Ni a su vecino Carlos, ni a nadie, le extrañó que, como había aventurado, tal acabara siendo su destino.

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