Tienen al enemigo en su interior

No soportan lo que supone España, pero necesitan a esos 40 millones de consumidores, de clientes bancarios, de tipos que compran seguros o que comen pizzas

Jerónimo Tristante
JERÓNIMO TRISTANTE

Cuando me documentaba para escribir ‘El enigma de la calle Calabria’, la novela de Víctor Ros en Barcelona, me encontré con algo que me llamó mucho la atención. Resulta que la burguesía catalana era poco partidaria de los liberales y simpatizaba más con la existencia de una monarquía encabezada por los borbones. A priori me pareció extraño, ya que los liberales eran federalistas, pero no, la pela es la pela. Comprobé que los liberales eran partidarios del mercado libre y querían quitar los aranceles sobre los paños de Manchester, más baratos y de mejor calidad que los catalanes. Es por esto que la burguesía catalana prefería al Borbón de turno, pese a que eso perjudicaba a sus propósitos regionalistas, ya que les permitía conservar el mercado cautivo que era España sin la competencia del muy competitivo sector textil británico. Es lo que allí llaman el pactisme.

Crónica de una muerte anunciada. Hace tiempo ya que llegué a la conclusión de que la deriva independentista en Cataluña no tenía remedio. Iba mucho por Barcelona y lo vi claro. Teniendo en cuenta la deserción del Estado central en base a lo que prescribía nuestro sistema autonómico de dos velocidades –una vergüenza para comunidades como la nuestra– y que nuestra perversa ley electoral potencia de manera incompresible la concentración de voto en ciertos territorios, se me hizo evidente que estos se iban. Sé que es un gran problema para esos ciudadanos catalanes que se sienten españoles, pero la cosa pinta mal. Solo la fuga de empresas ha frenado, de momento, algo que era absolutamente inevitable.

No son bienes de alta tecnología. El asunto del mercado cautivo es la cruz del independentismo. Hemos visto estos días que empresas tan catalanísimas como Sabadell o Caixabank perdían 3.600 millones en cotizaciones y, ahora, 9.000 en fuga de depósitos. Yo siempre pensé que la independencia perjudicaría mucho más a Cataluña que a España porque venden la mayor parte de sus productos aquí. Y ahí se les complica el escenario. Si optan, como había hecho Puigdemont, por una ruptura traumática, con fronteras y esas menudencias, pues las posibilidades de vender tus productos en este mercado disminuyen de forma drástica. Luego, hay que sumar otro factor y es que, en general, no hablamos de productos de altísima tecnología, no. Quitando dos laboratorios –uno de ellos ya tenía su sede en Irlanda– nos referimos a productos bancarios, seguros, pastas, caldos para sopas, cacao soluble, cremas de chocolate para untar, pizzas y fuet. Esos productos se pueden manufacturar en Palencia, Cádiz o Villaviciosa. No hablamos de tecnología punta ni nada parecido, no están fabricando naves espaciales, ni ordenadores ni nada por el estilo.

Esclavos de sus contradicciones. Este nexo indisoluble que es el comercio es lo que mete a los ‘indepes’ en un bucle del que no pueden salir: quiero irme pero no puedo y, además, es que no me atrevo. Y mientras, los demás, sufrimos estos continuos órdagos, estos ultimátums semanales. Así que, tras describir este panorama colocamos al nacionalismo excluyente ante su más terrible pesadilla. Quiero irme de España, pero España es mi mercado. Y ahora, ¿qué hacemos? Póngase en la piel de un independentista: un tipo criado en el más absoluto odio a España, que lo estudió en el cole, que va a manifas y que vive obsesionado con la independencia. Quieres irte, sí, pero puede que tu trabajo, el de tu pareja, el de tus amigos, dependa en gran medida del entramado comercial que te liga a España. ¿Imaginan el trauma? No soportan lo que supone España, pero necesitan a esos 40 millones de consumidores, de clientes bancarios, de tipos que compran seguros, que beben leche con cacao o que comen pizzas. Esa es su esclavitud y es lo que en verdad les estropea ese sueño de la Arcadia independentista. ¿Creen ustedes que van a conseguir vender esos productos a 40 millones de europeos? ¿A Francia, al norte de África o Estados Unidos? ¿De dónde sacas 40 millones de clientes en dos días? Por eso viven permanentemente de mala hostia, amargados y tristes. Por eso solo hablan del monotema. Porque el conflicto no es con España, sino que está en su interior. Por eso lo suyo no tiene fin. Viven encadenados a lo que más odian y eso los vuelve locos.

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