«¿Por dónde viene el AVE que no lo veo?»

Un momento de la manifestación, este sábado, en Madrid./Nacho García / AGM
Un momento de la manifestación, este sábado, en Madrid. / Nacho García / AGM

Miles de manifestantes atronan el corazón de Madrid, entre consignas y música de jotas, exigiendo al Ministerio de Fomento que aborde el soterramiento de las vías en Murcia

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍASMadrid

Si cuantos proclamaron este sábado, Castellana arriba, cuajadas sus manos de banderas, sus cuerpos de camisetas reivindicativas y su ánimo de descontento, acordaran excavar el agujero que acerque el AVE soterrado a Murcia, en un par de semanas, sin esperar respuesta alguna del Ministerio de Fomento, llegaba el túnel a Orihuela.

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Porque eran miles los murcianos -la Plataforma los cifró en torno a 15.000- los que corearon los mismos gritos que cada día se alzan en la ciudad, manifestaron los mismos argumentos que ya empedran las orillas de las vías y, de paso, acercaron cierta nota de color y de sol a una tarde madrileña con aire, más que de chotis, de jota de la tierra.

Desde muy temprano, unos 25 autobuses trasladaron a la capital a los manifestantes, a quienes se sumaron también otros que viajaron en sus vehículos. Y a los que se acercaron desde diferentes localidades murcianas, y desde Granada y Valladolid. Junto a ellos, representantes de los partidos en la oposición. Entre otros, la concejal del PSOE Susana Hernández, el flamante vicesecretario socialista Francisco Lucas, el diputado regional Joaquín López y el exportavoz municipal Pedro López, ambos también del PSOE. Por Ahora Murcia, el nuevo concejal Miguel Ángel Alzamora, junto a la diputada María Ángeles García y el portavoz parlamentario de Podemos, Óscar Urralburu. De las filas de Ciudadanos, los diputados nacionales Miguel Garaulet y José Luis Martínez, junto al portavoz en la Asamblea Regional, Miguel Sánchez -con muletas-. Y también Alberto Garzón, diputado de Unidos Podemos.

Aunque a todos superaban en número los murcianos residentes en Madrid y cientos de miembros de diversas asociaciones de esta ciudad que apoyaron las reivindicaciones.

La plaza de Colón, lugar de salida de la protesta, ya era un hervidero de gente a las cinco de la tarde. El grueso de la expedición almorzó antes de llegar y otros optaron por acercarse al centro. En la Puerta del Sol no fueron pocas las banderas murcianas y las camisetas cuyos lemas exigían el soterramiento. Y no menos ambiente se vivió en la plaza de Cibeles, comparsa de música incluida. «¡Estamos deseando que se oiga nuestra voz!», aseguraba José Jiménez, uno de los vecinos del barrio de El Progreso.

«¿Y qué muro dicen ustedes que no quieren?», se interesaba un madrileño. «¡El que quieren que parta la ciudad!», respondía José Fuentes, quien lleva viviendo en Madrid tres décadas pero, como aseguraba, «lo que afecte a mi Murcia me afecta a mí». Y se sumó a la marcha, contagiado por la alegría de los grupos.

La comitiva arrancó media hora después de lo previsto entre los sones de una batucada y del grupo de música autotitulado Vikingos Musicales, junto una algarabía de pitos y bocinas que se mezclaban con los ya tradicionales gritos de «¡Murcia no se parte!», «¡El tren por abajo, nosotros por arriba!» o «¡Que no queremos muro, que no!».

A estas consignas se sumaron, a modo de homenaje, las que coreaba un grupo de vallisoletanos y que despertaron no pocas sonrisas: «¡Qué carajo, la vía por debajo!». Certera y con aire del sur. En su caso, acaban de conocer que el soterramiento prometido ya nunca se hará. «Y eso es lo que nos tememos los murcianos. Por eso estamos aquí», advertía Joaquín Contreras, presidente de la Plataforma Pro Soterramiento.

En cinco idiomas

A golpe de arenga por megafonía, indispensable en estas citas, la manifestación avanzó atrayendo infinidad de curiosos que se acercaban a leer las decenas de pancartas y carteles que portaban los participantes. Incluso algunas iban escritas en inglés, ucraniano, alemán y polaco, «para que lo entienda bien todo el mundo», señalaba Aurora, otra murciana.

El ambiente festivo no ocultó la indignación de cuantos este sábado alzaron sus voces en el corazón de la capital de España. Algunos, como María López, lamentaron que «después de tantos años de exigir algo que es justo, sigamos todavía esperando que se nos respete». Opinión que secundaban quienes añadían una advertencia: «Si alguien piensa que nos vamos a detener, es que aún no nos conoce. ¡No pararemos nunca!».

Como tampoco pararon en toda la tarde, como era lo suyo, de reivindicar que, por encima de credos políticos, sus peticiones eran beneficiosas para Murcia. «¿Acaso alguien duda a estas alturas de que solo queremos algo bueno?», se preguntaba Jorge Marín, vecino del centro de la ciudad y quien añadía que «ya no nos creemos las historias y pamplinas de Fomento».

El desarrollo de la marcha, atentamente controlado por una docena de policías nacionales y locales, fue impecable. La única exigencia de los agentes era que los murcianos solo ocuparan la mitad de los carriles de la Castellana, lo que se cumplió de principio a fin. «¡Ojalá todos los que protestan en Madrid lo hicieran así!», reconocía uno de los agentes.

Pero eso no impidió que, en cambio, quedara muy claro el mensaje que se quiso transmitir a las autoridades. «¡Si esto no se arregla, guerra, guerra, guerra!», coreaba una multitud mientras, más atrás, a lo largo del medio kilómetro que ocupaba la manifestación, un estruendo de pitos hacía detenerse a muchos madrileños para curiosear quiénes eran aquellas gentes que protestaban contra un muro.

Un brindis por Pepe Tornel

El ecuador de la marcha se produjo en torno al monumento a Emilio Castelar, el célebre político y escritor que falleció en la Torre del Reloj, en San Pedro del Pinatar. Anochecía en la ciudad, con temperaturas que no bajaron de los veintitrés grados en todo el día. «¡Hemos traído a Madrid el solecico de los murcianos!», bromeaba Marisa Ortín, otra de las manifestantes.

Y también acercaron sones de jotas, como el popular ‘Chipirrín’: «¿Por dónde vas a misa que no te veo?», reza la copla, aunque bien hubieran podido cambiarla por algo así: «¿Por dónde viene el AVE que no lo veo?». Una de las voces mejor templadas fue la de Loli Tornel, una de las murcianas que más simpatía ofreció en todo el viaje y sobrina del recordado cura Pepe Tornel, por quien también se brindó con mistela en uno de los autobuses en el viaje hasta Madrid. Y no cualquier vino, sino uno bendecido por otro sacerdote muy querido en Murcia: Joaquín Sánchez, quien no quiso perderse la cita.

La llegada a los Nuevos Ministerios ofreció otra estampa de unidad. Primero, por la satisfacción de haber conseguido atraer la atención de numerosos medios nacionales, aparte de situar la manifestación como una de las más seguidas en las redes sociales. Y segundo, por el encendido manifiesto que Joaquín Contreras pronunció.

Cumplido el objetivo, la mayoría de murcianos retornaron al instante a sus autobuses para soportar, mal que bien, otras cinco largas horas de regreso a Murcia. Muchos no dormirían en todo el trayecto porque, aun por encima del cansancio, más allá de la indignación que arrastran desde hace años, sintieron que había merecido la pena que la voz de los murcianos hubiera atronado el corazón del país.

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