«No estamos dando una educación motivadora a nuestros alumnos»

José Hernández./A. Durán
José Hernández. / A. Durán

José Hernández. Profesor de Lengua y voluntario en el 'colegio milagro'

M. R. MARTÍNEZ

Su compromiso por mejorar la enseñanza llevó un buen día a José Hernández Martínez, profesor de Lengua y Literatura en el instituto de Puerto de Mazarrón, a recorrer 600 kilómetros para colaborar como voluntario en el colegio Joaquim Ruyra de Hospitalet de Llobregat (Barcelona). Este centro docente es conocido como el 'colegio milagro' porque sus alumnos, el 92% de ellos extranjeros, destacan en el 'ranking' de competencias básicas. Allí descubrió otra forma de educar, lejos de las clases magistrales, con actividades de 20 minutos y en las que los padres echan una mano. Ahora trata de aplicar en el aula algo de todo lo que descubrió.

-¿Qué fue lo que más le llamó la atención de su experiencia en el 'colegio milagro' de Hospitalet?

-La gestión del centro y su compromiso con el proyecto educativo. Hace unos años, esa comunidad educativa emprendió una búsqueda del sistema pedagógico que mejor se adaptase a la nueva realidad social que trajo la crisis. Ese proceso desembocó en la aplicación de lo que conocemos como comunidades de aprendizaje, y su desarrollo se gestiona como proyecto de centro, por encima de intereses profesionales o personales. Esa es la clave: el proyecto.

-¿Extrajo alguna conclusión aplicable a sus clases en el instituto donde trabaja?

-El propósito del viaje era la incorporación de nuevos modelos pedagógicos a un proyecto de dirección en el que estábamos trabajando. Las cosas, lamentablemente, no salieron como deseábamos, y de momento solo pudimos aplicar parcialmente algunas estrategias en el ámbito del aula, como el establecimiento de un tiempo concreto de 20 minutos por actividad, el trabajo en pequeños grupos en los que prevalece la autonomía de los alumnos o los apoyos en el aula. Los resultados, no siendo aún representativos, son esperanzadores, no solo por la mejora académica, sino por la acogida entusiasta en los alumnos ante el simple horizonte del cambio. Es más fácil trabajar con alumnos felices.

-¿Qué falla en el sistema educativo de la Región para que presente un abandono escolar del 25%?

-Es evidente que no estamos ofreciendo una educación motivadora ni de interés a nuestros estudiantes. Los procesos pedagógicos mantienen estructuras que rigen a los escolares desde hace décadas, como la disposición curricular, la organización de espacios y tiempos, la selección de contenidos y materiales... y, sin embargo, la sociedad se transforma a una velocidad de vértigo. Es como si en los hospitales operásemos con las técnicas de hace 50 años.

-¿Y cómo implicar más a los padres?

-Precisamente ese es uno de los éxitos de las comunidades de aprendizaje: el compromiso de todos los sectores educativos. Los padres y abuelos pueden trabajar como voluntarios en las aulas, lo que no solo mejora la ratio de las clases, sino que desarrolla la implicación de la familia en la escuela e incluso proporciona reconocimiento social y autoestima a quienes deciden ejercer como voluntarios. La escuela no puede solo aspirar a educar a los hijos, sino que debe convertirse en una institución de referencia para la comunidad.

-¿Están suficientemente motivados los docentes?

-Es muy fácil, imagino, amparar la desmotivación en el contexto actual de escasez de recursos. Y supongo que es incluso hasta legítimo. Sin embargo, intento combatir esa desafección cada día, aunque en ocasiones no sea fácil. La educación es la más poderosa herramienta de transformación, y el mundo necesita cambios con urgencia. Nuestra labor es demasiado importante para detenernos en nosotros mismos.

-¿Estamos formando a nuestros escolares para que sepan desenvolverse en un mundo cada vez más competitivo y tecnológico?

-Internet ha modificado nuestra sociedad del conocimiento. Hay que insistir, por tanto, en una educación menos conceptual, y priorizar más que nunca los procedimientos. Nuestra labor debe centrarse en proporcionar estrategias de garantías a dicho acceso, y en suministrar un verdadero espíritu crítico ante ese universo virtual no siempre veraz.

-Por su experiencia, ¿qué echa más de menos en la formación de los alumnos?

-Puede parecer absurdo, pero lo que más echo de menos es a los propios alumnos. Existe una desconexión absoluta entre el alumno y el profesor que podría sintetizarse en una frase que suelo emplear en clase: vosotros hacéis como que aprendéis y yo hago como que enseño. Es inaplazable focalizar el proceso de enseñanza en el propio alumno, y hacerlo protagonista. Muchas veces no es más difícil que preguntarle qué quieres hacer o cómo quieres hacerlo.

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