La Verdad

Clara Janés da voz a las «mujeres acalladas»

Clara Janés
Clara Janés / RC
  • La poeta y ensayista investiga el papel de escritoras en la historia y reivindica su condición de pioneras

Una mujer, la sacerdotisa acadia Enheduanna, que vivió por el año 2.500 antes de Cristo encarna la primera voz poética con nombre propio de la humanidad. También en el género de la novela la mujer se anticipó al hombre cuando Murasaki Shikibu escribió 'La historia de Genji', que ha sido comparada con 'El Quijote', de Cervantes, y 'En busca del tiempo perdido', de Proust. La poeta y ensayista Clara Janés ha investigado la obra literaria de las mujeres a lo largo de la historia, desde las primeras poetisas sumerias hasta las mujeres afganas en idioma pastún, que, aun siendo analfabetas, "son depositarias de una extraordinaria lírica tradicional". En el libro 'Guardar la casa y cerrar la boca' (Siruela), Janés sostiene que las monjas podían hallar su libertad en el encierro, algo de lo que, paradójicamente, no podían disfrutar las reinas de antaño, condenadas a estar siempre en compañía y a vivir una "esclavitud cortesana".

El título del libro se inspira en unas palabras de fray Luis de León: "Porque así como la naturaleza [...] hizo a las mujeres para que, encerradas, guardasen la casa, así las obligó a que cerrasen la boca". En el ensayo, se van desgranando los ejemplos de mujeres acalladas y en muchos casos desconocidas.

Poetisas arábigo-andaluzas, trovadoras, escritoras del Punyab (el actual Pakistán), místicas, cultivadoras de la poesía sapiencial y religiosa. Frente a lo que se cree, son muchas las mujeres que dedicaron su quehacer a ejercitarse en las letras. Sin contar los cantos puestos en boca de la mujer, cosa que ocurre en la España medieval.

No es verdad, como sostuvo Simone de Beauvoir, que la guerra fuera ajena a la mujer. Fueron numerosas las órdenes de caballería exclusivas para las mujeres. El arquetipo de la mujer combativa y heroica tiene dos facetas: la doncella guerrera, que oculta su sexo y practica la caballería, y la amazona, combativa por naturaleza y educada para estos menesteres.

En tiempos adversos, la mujer se ve obligada a tomar la indumentaria varonil para participar en empresas guerreras, tener un amante o -como sucede en 'El vergonzoso en palacio', de Tirso de Molina- representar una comedia.

Clara Janés habla de prisiones íntimas, el que acontecía cuando la reina era prisionera de sus damas. Con Felipe el Hermoso y Carlos I, la etiqueta española divinizó de tal modo a la familia real que la soberana carecía de cualquier atisbo de intimidad, hasta el punto de que incluso tenía que parir en público. La reina llegó, pues, a ser intocable, salvo por el rey y la camarera mayor. «A lo largo de las épocas las mujeres se han encontrado con condiciones muy hostiles. Por ejemplo, había reinas que no podían estar nunca solas salvo cuando estaban con el rey, e incluso tenían que bailar enmascaradas. La sociedad a veces impone cosas muy patéticas», asegura la poeta.

En el campo de las ciencias, la autora destaca el ejemplo de Oliva Sabuco, quien descubrió el líquido céfalorraquídeo, un hallazgo del que dejó constancia en su libro 'Nueva filosofía'. La autoría del descubrimiento sigue levantando ampollas en los eruditos, aunque Felipe II puso bajo su protección el libro.

Parece contradictorio, pero tras la clausura del convento muchas mujeres hallaron una salida. Tras los cerrojos, muchas religiosas pudieron desarrollar su inteligencia, saber y sensibilidad. Ahí están santa Teresa de Jesús, sor Juana Inés de la Cruz o sor Marcela de San Fénix, hija de Lope de Vega y de la cómica la Barrera. Otras, en cambio, no necesitaron encerrarse, como le ocurrió a Cristobalina Fernández de Alarcón, 'la sibila de Antequera'. Fernández alumbró sonetos, dos veces se casó y desató la pasión del poeta Pedro de Espinosa.

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