La Verdad

Mario Camus: «La censura nos dijo que no podía haber altruismo en un ratero»

En el balcón de su casa de Santander, la tarde de la entrevista.
En el balcón de su casa de Santander, la tarde de la entrevista. / María Gil
  • «El cine ha cambiado mucho», reconoce el director cántabro. «Se me revuelven las tripas de pensar en mendigar dinero para rodar»

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«Antes iba al cine todos los días. Ahora no. Solo veo de vez en cuando lo que dan en la televisión de manera más o menos aleatoria. A mi edad, veo las películas como un cementerio porque te acuerdas de demasiada gente que ya no está». Debajo de ese físico de jugador de baloncesto -no es una metáfora, lo fue realmente-, aflora una corriente de melancolía, agravada por la pérdida reciente de su mujer. A Mario Camus, su casa de Santander se le queda grande por efecto de la soledad. Ahí están su «resto de biblioteca», como califica la colección de libros con los que se entretiene por las mañanas una vez terminada la lectura de los periódicos, y unas torres de deuvedés de los que se va desprendiendo por el procedimiento de regalárselos a los amigos que van a visitarlo. Por la ventana del salón apenas se adivina el Sardinero tras una niebla otoñal tan densa que parece un efecto especial hecho para el cine.

- ¿Qué recuerdos tiene de su infancia en Santander?

- Nací en la calle Concordia. Tenía cinco años cuando el incendio de la ciudad. La sastrería de mi padre se quemó, de manera que nos fuimos al pueblo donde había ido a vivir la familia de mi madre. Mi abuela materna era de la localidad vizcaína de Carranza, pero el pueblo del que le hablo era una aldea de Cabezón de la Sal. Fui a la escuela en Hontoria y en 1944 me vine de nuevo a Santander para ir al colegio.

- Creo que fue en esa escuela donde vio su primera película.

- Fue 'Raza', pero no la vimos exactamente en la escuela sino en un convento. Nos hicieron formar junto a la puerta de la escuela y caminamos durante tres kilómetros hasta ese convento para asistir a la proyección. Como puede imaginar, la película no me interesó nada, y solo recuerdo la escena de los frailes en la playa.

- ¿Con quién vivió a su regreso a Santander?

- Con mi padre, que se había quedado en la capital para tratar de reabrir la sastrería. Luego, el Bachiller lo hice en el colegio de La Salle. Allí empezó mi 'carrera' deportiva (se ríe).

- ¿Cómo fue?

- En el colegio me apunté al equipo de baloncesto y quedamos campeones. Aún recuerdo la cancha, que era de carbonilla, y cuando volvía a casa mi madre tenía que sacarme con unas pinzas las piedritas que se me habían clavado en las rodillas.

- Pero el salto fue de la carbonilla a la gloria europea. Mereció la pena.

- Claro. Organizaron un torno europeo de estudiantes católicos y a mí me seleccionaron. El campeonato fue en Ostende y ganamos todos los partidos.

La universidad y el cine

Le brillan los ojos al recordar que jugar al baloncesto en aquellos años resultaba de un atractivo irresistible para las muchachas. Jesús Herrán y Guillermo Balbona, que asisten a la conversación, se ríen con «la admiración que suscitaba el Camus baloncestista», aquel joven de físico poderoso que además empezaba a relacionarse con el mundillo artístico. «Iba muchas veces por la playa del Puntal, donde siempre había artistas y pintores. En el grupo estaba Marcelo Arroita-Jáuregui, que vivía en el colegio mayor Santa María, en Madrid». Aquella relación fue muy importante porque justo entonces estaba pensando trasladarse a la capital a realizar sus estudios universitarios, después de desechar la idea de hacerlos en Asturias.

- Quería estudiar Filosofía en la Universidad de Oviedo, pero no era muy práctico. Al final, decidimos que lo mejor era que estudiara Derecho. Y como mis amigos de la playa me habían contado que estaban a punto de abrir un colegio mayor nuevo, que querían que fuera el mejor en todo, me propuse entrar en él. El colegio se llamó José Antonio y yo logré que me admitieran en calidad de deportista. Fui miembro de la promoción que lo estrenó.

- ¿Fue en Madrid donde surgió la idea de dedicarse al cine?

- Mi primer recuerdo de Madrid está ligado al cine. Nada más llegar, vi que en una sala daban 'Bienvenido Mr. Marshall' y me quedé a verla. Luego en el colegio mayor y en la facultad fui conociendo a Daniel Sueiro, Claudio Rodríguez, Basilio Martín Patino, Eduardo Punset... A los que tenían buena biblioteca, los depredaba.

- Creo que Basilio Martín Patino, que también ha salido en esta serie, fue fundamental para que decidiera dedicarse al cine.

- Sí. Fundé con él el cineclub de los colegios mayores y le ayudaba en las primeras películas.

- ¿Y el Derecho? Porque había ido a Madrid a estudiar esa carrera.

- Pues mi carrera languidecía, porque me dedicaba solo a ver cine y a leer sobre él. Por entonces, buscaron figuración para hacer 'Alejandro Magno', protagonizada por Richard Burton y que en gran medida se rodó en Madrid. Y allí nos fuimos Miguel de la Quadra, Álvaro de Luna y yo. En aquel momento, ya tenía claro que el Derecho no era para mí.

- ¿Y qué hizo?

- Tenía un problema: para entrar en la Escuela de Cine era preciso haber cumplido los 21 años, y aún no había llegado a esa edad. Eso me obligaba a avanzar en Derecho para justificar quedarme en Madrid. Lo peor es que arrastraba la asignatura de Derecho Romano... Y me dirigí al catedrático.

- ¿Qué le dijo?

- Le confesé que no sabía nada de la materia, pero le expliqué también que no pensaba dedicarme a la abogacía, sino al cine, pero que necesitaba seguir estudiando en Madrid -sin repetir curso- hasta que pudiera ingresar en la Escuela. Y me aprobó.

- Ingresó en la Escuela y se puso enseguida a trabajar con Carlos Saura. Menudo empujón a sus proyectos.

- Sí, estando en la Escuela me propuso ayudarle en lo que luego sería 'Los golfos'.

Inicio de una carrera

A Mario Camus siempre le ha gustado escribir. No hace mucho, publicó una autobiografía que toma la forma de una coleccion de cuentos ('29 relatos'). Mucho antes, al principio de su carrera, compatibilizó las tareas de guionista y director. En aquella época, recuerda, fue «providencial» José María García Escudero, que ayudó mucho a la gente de la Escuela. Ha anochecido, las luces del salón están encendidas y el director cántabro confiesa que, gracias a esa influencia de quien se considera promotor del Nuevo Cine Español, de pronto todos tenían trabajo. «Menos yo», dice tras una pausa.

- Ya había terminado los estudios de Dirección y no hacía nada. Hasta que un día me llamó Ignacio F. Iquino, que hacía producciones muy baratas y pagaba mal. Saqué el guion de 'Los farsantes' y me puse a rodar. Iquino tenía un estudio muy grande, donde hacía hasta tres películas a la vez, pero todas muy convencionales. Como la primera salió bien, me ofreció hacer otra sobre un cuento de Ignacio Aldecoa, y así filmé 'Young Sánchez'.

- Por esos años empezó a trabajar también para Televisión Española. ¿Cómo surgió esa oportunidad?

- Había rodado a mi gusto 'Con el viento solano', también sobre un texto de Aldecoa, y el resultado fue un desastre. Entonces pedí ayuda y me enrolé en el equipo de un programa de televisión que se titulaba 'Conozca usted España'. A partir de ahí me ofrecieron nuevos proyectos y se relanzó mi carrera como director.

- Y ahí entra en escena Raphael, nada menos.

- Sí, uno de esos proyectos era una película con él de protagonista. Acababa de empezar y sus canciones tenían mucho éxito. Hicimos la película y el resultado fue espectacular: tres millones de espectadores. El éxito fue suyo, claro, no mío. Y quisieron de inmediato una segunda. Aunque yo no estaba por esa labor.

- Pero aceptó.

- El efecto del éxito de la primera fue que subió mucho mi caché. Así que terminé por aceptar y nos propusimos hacer algo mucho más pretencioso, que no funcionó tan bien en taquilla. Mientras, en la Escuela me criticaban por esos trabajos y confieso que estaba un poco escarnecido.

- Pese a todo, aún hizo una tercera.

- Sí, con guion de Antonio Gala y en coproducción con Argentina. Me daban mucho dinero y me embarqué en ello. Y de nuevo fue muy bien. Cuando terminamos el rodaje me ofrecieron otra película con Sara Montiel, que quería hacer algo sobre una novela de Galdós o de Valera. Cuando ya estábamos buscando algo, cambió de opinión y nos dijo que aún podía funcionar una con canciones. La hicimos, ella fue muy disciplinada y el resultado estuvo bien. Pero ahí terminó esa etapa de mi carrera.

- ¿Tuvo problemas con la censura en algún momento?

- Se les veía venir... Todo era muy divertido, aunque es evidente que hacía daño. Con Carlos (Saura), nos tiraron abajo no sé cuántos proyectos. En 'Los golfos', un ratero propone que un dinerillo que han sacado lo dediquen a que uno de ellos debute como torero. No nos dejaron. La censura nos dijo que no podía haber altruismo en un personaje así. Era todo muy burdo. Pero le aseguro que no guardo un memorial de agravios. Si querías trabajar, procurabas evitar problemas.

Entre escritores

Un repaso a su filmografía sirve para corroborar que es uno de los directores españoles que más ha trabajado sobre textos literarios de autores vivos. Y lo ha hecho sin tener encontronazos con ellos, lo que resulta poco habitual. «Es un asunto de sentido común. El cine tiene una narrativa diferente», explica. Y luego desgrana algunas experiencias, como cuando llevó a Cela a un pase privado de 'La colmena' antes del estreno. «Has hecho un muy buen trabajo», le dijo. Y añade lo que es casi una maldad: que como al final del filme salen todos los actores del larguísimo elenco en orden alfabético, el escritor gallego le apuntó que eso iba a quitarles protagonismo a autor y director. Con Delibes fue distinto. Reunió a la familia entera del novelista en un cine de Madrid donde proyectaron solo para ellos 'Los santos inocentes'.

- Quedó muy satisfecho del proyecto, pese a que al principio le extrañó que fuéramos a buscar esa novela. Él creía que podríamos hacer algo mejor con 'Las ratas', pero yo había visto la película mientras leía 'Los santos inocentes'. Lo curioso es que en el guión original lo de 'Milana bonita' que dice Azarías apenas estaba. Fue Delibes quien nos aconsejó meter más veces la expresión.

- Esa película cuenta con una interpretación extraordinaria de todos los actores. ¿Qué tal se ha llevado con ellos?

- Bien. El director debe procurar el mejor ambiente para trabajar. Y eso es casi todo. Siempre he tenido claro que de interpretación saben más que yo, porque lo han estudiado. La mayoría de las veces lo hacen muy bien y solo tenemos que vigilar. Nunca he interrumpido mucho un rodaje. Al final, la realidad es que cuando eliges a un actor a quien no le va el papel es un desastre, pero el error es tuyo. Cuando un director dice a un actor cómo lo tiene que hacer... raro.

- Usted ha dicho más de una vez que le encanta el cine, pero no el mundillo del cine. ¿Por qué?

- Lo he dicho, sí, pero eso es una deficiencia mía. Puede ser por timidez. Y no lo he resuelto. Siguen sin gustarme esos actos festivos del sector en los que siempre puedes terminar por decir lo contrario de lo que piensas.

- Ahora no lo pasaría bien. Actores y directores trabajan tanto o más en la promoción que en el rodaje.

- Es algo lamentable, aunque parece que funciona. Siempre dicen que los americanos dedican tanto o más dinero a la promoción que a la producción... Sigo convencido de que el secreto del cine es hacer una película a la altura de lo que querías. Un director debe coordinar a grandes grupos de artesanos que obran por su cuenta. Y no puede fallar ninguno. Esa es una enseñanza que se puede sacar de este trabajo.

- ¿Han cambiado mucho las cosas en el sector en estos años?

- Sí, mucho. Aquí, lo más difícil ahora es buscar dinero para hacer una película. Se me revuelve el estómago solo de pensar en mendigar dinero aquí y allá para rodar mientras llegan películas americanas hechas con grandes recursos. El panorama es triste: grandes actores secundarios de cine y teatro están parados. No se rueda, no hay teatro en los pueblos. Solo un 15% de los actores tiene trabajo.

- Acaba de hablar de lo difícil que es encontrar financiación. ¿Le han quedado muchos proyectos pendientes de rodar?

- La trilogía de Baroja, 'Amores tardíos'... Me habría encantado y lo intenté. Con Julio (Caro Baroja) no había ningún problema, lo conocía mucho. Siempre pensé que la haría, pero ya ve. Y no muchas cosas más.

- ¿Hay algún actor o actriz con quien le habría gustado especialmente trabajar?

- Creo que lo he hecho con casi todos. Solo en 'La colmena' fueron más de cincuenta. Y en 'Fortunata y Jacinta', casi cien. No rodé con Pepe Isbert ni con José María Rodero. Y con los más jóvenes, claro.