La Verdad

El periodista y escritor Juan Soto Ivars.
El periodista y escritor Juan Soto Ivars. / Martínez Bueso

Juan Soto Ivars se crece en la polémica

  • El periodista y escritor aguileño denuncia en 'Arden las redes' «el acoso a las opiniones ajenas en internet»

Concebidas como ágora para el intercambio de opiniones, las redes sociales se han convertido en muchos casos en un vertedero donde aparece lo peor de los seres humanos. Tan irrespirable se ha vuelto el clima que muchos usuarios han decidido abandonarlas, hartos de insultos, acosos, linchamientos o peticiones de boicot. El escritor Juan Soto Ivars (Águilas, 1985) ha analizado el lado oscuro del nuevo mundo virtual en 'Arden las redes' (editorial Debate).

«Vivimos en una época de poscensura. Ya no es una censura vertical, como en tiempos de Franco. Ahora es horizontal, es la autocensura de muchas personas que deciden callar sus opiniones para que no les acarreen acusaciones injustas o ventajistas», afirma el autor, que ha sufrido en sus propias carnes la ira de las redes sociales por no encuadrarse ideológicamente en un grupo determinado.

«Aguantar tantos insultos me ayudó a reflexionar sobre la polarización de la sociedad. Existe una etiquetamanía, la tendencia a catalogar a las personas para convertirlas en enemigos. Si te gustan los toros, tienes que ser del PP. Y si alguien está a favor del aborto pero en contra de las cuotas por sexo, ¿qué es?», se pregunta Soto Ivars. En su opinión, las redes sociales «han destruido el debate público». «Los que piensan en tonos grises desaparecen entre quienes lo ven todo en sombras y quienes lo ven todo en luces», continúa el autor, que enumera casos como los de María Frisa, Zapata, Nacho Vigalondo o Barbijaputa, personajes públicos que han sufrido linchamientos en las redes sociales.

Cree Soto Ivars que no existe una solución a medio plazo para limpiar las redes sociales, salvo que se utilicen menos. «En este caso se cumple lo que decía McLuhan: el medio es el mensaje. Así como ha sido imposible que en la televisión exista un programa cultural que perdure, porque la televisión reclama basura, la radio es un buen lugar para dialogar y los periódicos son los únicos lugares que nos pueden salvar. Quien lee un periódico, aunque sea uno cercano a su ideología, va a ver opiniones diferentes a las suyas».

En su opinión, «las redes sociales nos han llevado a un nuevo mundo en el que vivimos cercados por las opiniones ajenas. Lo que parecía la conquista total de la libertad de expresión ha hecho que una parte de la ciudadanía se revuelva, incómoda. Grupos de presión organizados en las redes -católicos, feministas, activistas de izquierdas y derechas-, han empezado a perseguir lo que consideran 'excesos' intolerables mediante el linchamiento digital, las peticiones de boicot y las recogidas de firmas».

«La justicia», añade, «se ha democratizado y la silenciosa mayoría ha encontrado una voz despiadada que hace de la deshonra una nueva forma de control social, donde la libertad de expresión no necesita leyes, funcionarios ni estado represor». Está convencido el autor de que «vivir en un país donde la chapuza está establecida como estándar es cómodo para quien no tiene ganas de hacer bien su trabajo, así que en nuestros pecados no llevamos la penitencia, sino el perdón». Él, que solo sabe «dividir el mundo entre buenas y malas personas, y ni siquiera creo que pueda establecerse una línea inmóvil entre unos y otros», dice: «He desarrollado una sensibilidad que, por mucho que algunos insistan en llamarme facha por Twitter, yo considero de izquierdas».