La Verdad

«En España, dar rienda suelta a la mala leche es muy peligroso»

García Martínez, fotografiado en el jardín de su casa.
García Martínez, fotografiado en el jardín de su casa. / Enrique Martínez Bueso
  • García Martínez, periodista de 'La Verdad', cumple 43 años publicando a diario, ininterrumpidamente, sus populares 'zarabandas'

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«Hay momentos en la vida», dice García Martínez (Jumilla, 1940), «no más de un par de ellos o tres, en que, deleitándose tu espíritu con el sabor de algo o de alguien, entras en un trance de plenitud absoluta. Te sientes tan bien, tan a gusto contigo y con el mundo, que parece que levitaras». Con estas palabras arranca la periodista Carmen Castelo (Valencia, 1962) su libro 'Periodismo con sentido común. El caso García Martínez', que acaba de ver la luz en la editorial Fragua y que mañana, en un acto 'a lo García Martínez' -es decir: todo es posible-, se presenta a las 20.00 horas en el Aula de Cultura de Cajamurcia, en Murcia. Justo hoy, 12 de marzo, hace 43 años que, de modo ininterrumpido, García Martínez publica diariamente 'La Zarabanda' en 'La Verdad', su periódico de toda la vida. Ustedes lo conocen bien, es como de la familia y es una suerte, y un placer, haberle conocido. La entrevista con él es en su casa, inundada de la luz que se cuela desde el jardín, donde ahora pasa los días sin que la salud quebrada le juegue las malas pasadas de los últimos tiempos. Todo está cuidado, al detalle, por su mujer, Pepita Jiménez. Fluye deliciosa la tarde.

«A mi edad ya», cuenta García Martínez, «me desubico en los hospitales; no sé si estoy en un campo de concentración, en un hospital o dónde coño estoy. Y eso sin que te den anestesia, porque entonces ya es la locura. He llegado a dislocarme por completo, a ver animales corriendo por las paredes, a provocarme yo mismo un desastre, recién operado, por querer escaparme de la cama...; qué depresión, qué mala hostia se te pone. Los viejos no deberíamos ir a los hospitales porque nos hundimos, nos descontrolamos, ¡un desastre!». Un desastre, en parte, anunciado: «Esto ha sido causa de todo lo que he abusado del alcohol y, sobre todo, del tabaco; he estado fumando dos paquetes y medio al día, y venga, y venga...».

-Pero consiguió dejarlo.

-Sí, pero temo que, si pudiera volver a empezar... volvería a fumar, porque el tabaco es un placer acojonante. El cuplé tiene más razón que un santo: fumar es un placer, genial, sensual... Yo, ahora, cuando veo a alguien fumando cerca de mí, me voy detrás persiguiendo el humo. A ese punto he llegado.

-¿También volvería usted a ser periodista?

-¡Qué remedio! Existe ese impulso, ese potencial, esa marcha que llevas dentro y que, en mi caso, me conduce, como una forma de destino, a escribir para los lectores del periódico; esa necesidad de escribir ha sido lo que siempre me ha motivado más. ¿Volvería a ser periodista? Es que yo no sirvo para otra cosa, y soy muy consciente de eso. Ni sirvo para ganar dinero. No sirvo para hacer todas esas cosas que hay que hacer -tan decentes, estupendas, cojonudas y aceptables- para ganar perras; ¡cojones, que no sé! Yo tengo que hacer lo que sé, sabiendo que no soy un gran escritor, ni soy la hostia, ni estoy consagrado, ni nada de eso.

-¿Para qué más no sirve?

-Para hacer reverencias. Y para mandar. Yo no quiero que me manden y tampoco quiero mandar yo. Así es que entiendo que, muchas veces, me lo hayan dejado claro profesionalmente: «¡Pues váyase usted a la mierda!». Claro que lo entiendo, pero ni he querido nunca, ni querré. Director de 'La Verdad', por ejemplo, jamás lo he querido ser. Lo que he querido siempre, y lo que afortunadamente he hecho, es escribir. Eso ha sido lo que yo he considerado importante para mí: sentarme y ponerme a escribir...; esa emoción, ese vértigo, ese jugar con el lenguaje. Mi trabajo consiste en mirar y contar.

-¿El periodismo para qué sirve?

-Pues yo creo que, como todo en esta vida, para nada. ¿Usted ha visto algo en esta vida que, saliéndose de comer, defecar, dormir y chingar, sirva para algo? Lo que yo hago con 'La Zarabanda', por ejemplo, puede que sirva para entretener a quienes quieran entretenerse con ella. Nada del otro mundo. Pero yo escribo porque me sirve a mí, porque me divierto, porque no podría vivir sin hacerlo.

-¿En qué ha sido constante?

-He estado siempre vigilante, curioseando, mirando a ver la vida qué nos iba trayendo, expectante por si llega algo que sea novedoso, que te excite, que te entusiasme, que te conmueva y te mueva. A veces, estás esperando y lo que llega es, por ejemplo, un tío que hace el tonto, y te dices: «'¡Joder, qué tío más tonto!». Y te diviertes con el tío tonto.

-¿Arrepentido de algo?

-Solo de una cosa. Estoy arrepentido de no haberme formado intelectualmente lo suficiente como para hacer las cosas mejor. Quizá soy demasiado perfeccionista, pero yo no estoy contento en absoluto con el resultado de lo que escribo; y no lo leo después porque, si lo hago, me cabrearía y empezaría a cambiarlo todo. Si no tuviera que entregar el artículo para mañana, me podría pasar días y días dándole vueltas, tratando de mejorarlo. Me doy cuenta de lo imperfecto que soy, de lo cenizo que soy, ¡coño!, que no acabo de componer la cosa de forma redonda, a mi gusto. Eso lo llevo a cuestas.

-Eso y su inconfundible sentido del humor.

-No concibo la vida sin humor. Yo me he reído muchísimo. Lo tengo hasta durmiendo. Es muy saludable tenerlo y, sobre todo, emplearlo a fondo con uno mismo. Te permite decirte: «Yo soy lo que soy y estoy donde estoy, así es que adónde voy yo, ¡pijo!». ¿Usted me comprende?

-De los pies a la cabeza.

-Lo veo bien. El humor es muy liberador. Ahora escasea, se está sustituyendo por la mala leche. Y, en un país como España, dar rienda suelta a la mala leche es muy peligroso; aquí, cuando a un fulano se le va la cabeza, se le va tanto que empieza a pegar tiros. No conviene echar mucha leña al fuego; tanto insulto, tanto berrido, tanta mala uva. Creo que no hay nada, ni nadie, intocable, pero eso no quiere decir que haya que caer en la bajeza del insulto.

-¿Por qué dejó de llamar 'mi Ramonluís', en sus 'zarabandas', al expresidente Ramón Luis Valcárcel?

-Me di cuenta de que ese hombre no supo apreciar nunca lo que yo le estaba regalando, de cara al público, llamándole 'mi Ramonluís'. Estaba familiriarizándolo con el pueblo, con los lectores, con los demás. Y no supo entenderlo. En los pueblos decimos 'mi Pepe', 'mi Juan', 'mi Antonio'... Además, ¡cuidado!: estamos en la provincia, no estamos en la corte, que es finísima. Le estaba haciendo un favor, y además la gente se lo pasaba muy bien, pero dejé de llamarle así porque entendí que el personaje no se lo merecía.

Hace un siglo

-¿Qué pasa en esta Región, que no tiene suerte con sus presidentes?

-El tono político que tenemos aquí, el nivel político de la población, no solo de los dirigentes, es muy bajito; es provinciano, en el peor sentido del término provinciano; es cutre. Se trabaja todavía como lo hacían los caciques de la vieja y profunda Murcia de hace un siglo. Esta Región cuenta con unas individualidades de cojones: buenos pintores, buenos escritores, buenos músicos, buenos empresarios... ¿Por qué no se puede decir lo mismo de sus políticos? Quizá porque la gente que acude a la política lo hace porque la utiliza para vivir. Además, aquí tenemos unos políticos que se matan entre ellos, porque muchos han caído, como le pasó a Carlos Collado [expresidente socialista], porque sus propios compañeros les empujaron. Son muy cainitas, y todos consienten que, en Madrid, no nos hagan ni caso ni siquiera los gobiernos de sus propios partidos. No se hacen de valer, no pelean, no se hacen respetar.

-¿Qué opina usted de este mundo, que según Ciro Alegría es ancho y ajeno?

-Le digo que es una broma, que el mundo es una broma, y diciéndole esto ya sé que no voy a descubrir la pólvora. Tenemos una puta bola, llena de todos nosotros, que llevamos toda la Historia peleándonos por tonterías y matándonos, sin que lo hayan podido evitar las religiones que nos hemos inventado. Un día decidimos vestirnos, ¡que a lo mejor no deberíamos habernos vestido!, y creamos el negocio este absurdo de la moda, una tontería a la que le hemos dado una gran importancia. Pero, oiga, que somos unos pobres payasos, ¿qué nos creemos? Nos íbamos a enterar si, de la noche a la mañana, dejásemos a toda la Humanidad en pelotas. Todo este invento se iría a la mierda porque nos quedaríamos todos pasmados.

-¿Qué gente le gusta?

-La que es consciente, más o menos porque no estamos hablando de ninguna ciencia exacta, de lo que es y no pretende aparentar otra cosa. La gente que no quiere ser más, pero tampoco quiere ser menos. En definitiva: la gente normal. Y también me gusta, claro está, la gente que yo quiero que esté a mi lado, que yo elijo que esté a mi lado. Me pasó hace muchos años con mi primera mujer, con Milu [Matilde Sánchez, madre de sus tres hijos, fallecida en 1992].

-Recuerdo el día en el que usted regresó de Madrid [donde Milu falleció] para darle a sus hijas en persona la noticia de su muerte...

-Fue muy gordo. Veníamos en el coche mi hijo [Jesús] y yo, parando de vez en cuando para llamar por teléfono a las dos chiquillas que... bueno, ellas sabían que estaba mal, pero...; yo intentaba... les decía que estaba un poquito mejor, no quería que se viniesen abajo sin estar yo con ellas...; pero hablaba con las chiquillas sabiendo que, diez minutos después, les tendría que decir que... se había acabado, que no había nada que hacer. Menudos días... Tengo esa imagen de la tarde del entierro de Milu, allí en el cementerio de Jumilla, ¡lloviendo,pijo, cuando allí no llueve nunca!... Todo tan triste, tan gris, a la atardecida, teniendo que dejar bajo tierra a una persona que quieres... Pero aguantas. Ese aguante viene solo, no tiene mérito, es una autodefensa. Lo es también esa entereza que hace que parezca que no ha pasado nada. La fuerza para resistir te la da la propia naturaleza y, quizá también, el hecho de cómo tengas organizada la cabeza en ese momento. Una vez que se ha acabado la película, ¿qué vas a hacer? La propia naturaleza nos da defensas en los momentos terribles. Esto es así: nacemos y, enseguida, nos vamos a tomar por culo.

-Pero, mientras tanto, dice usted que la vida le ha hecho un regalo inesperado: volver a encontrarse con su primer amor y casarse con él. Hablamos de Pepita Jiménez.

-Imagínese, vivir una historia de amor a los 70 años. Ella dice que ha sido un regalo que nos ha hecho la vida a los dos, pero yo sé que el regalo ha sido sobre todo para mí, porque es una mujer fantástica, que sacó adelante ella sola a tres zagalones. Su hijo pequeño tenía un mes cuando, con 28 años, se quedó viuda. ¡Tuvo dos millones de pretendientes! Egoístamente, fíjese usted lo que es resolverme a mí, que estoy hecho una mierda, la papeleta [ambos se miran y se ríen, cómplices]. Antes de volver a reencontrarme con ella, yo estaba dislocado... Recuerdo que una noche me atracaron. Me desperté una mañana y vi toda la habitación revuelta, con los cajones tirados por el suelo... Habían entrado a mi habitación y yo ni me enteré, podrían haberme dado un martillazo en la cabeza... Pepita y yo teníamos 14 y 15 años cuando nos gustamos y empezamos a salir, allí en Jumilla. Con 18 años me fui a Madrid. Y hace unos años... Es verdad eso que se dice de que el primer amor, ese que nace cuando apenas has dejado de ser un crío, no desaparece nunca del todo. Yo doy las gracias por cada uno de los días que pasamos juntos.