La Verdad

«No han conseguido arrebatarnos la alegría»

Llum Barrera, caracterizada como doña Dolores, entre sus compañeros de reparto Patxi Freytez y Álvaro Fontalba. El viernes estrenan en Murcia 'Las bicicletas son para el verano'.
Llum Barrera, caracterizada como doña Dolores, entre sus compañeros de reparto Patxi Freytez y Álvaro Fontalba. El viernes estrenan en Murcia 'Las bicicletas son para el verano'.
  • La popular actriz y humorista Llum Barrera encabeza el reparto de la obra de Fernando Fernán-Gómez que, con dirección de César Oliva

Grandes actrices, empezando por la inmensa Berta Riaza, quien junto a Agustín González estrenó en 1982 'Las bicicletas son para el verano', la obra con la que Fernando Fernán-Gómez tocó el cielo y los corazones del público español, le han dejado el listón por las nubes. Llum Barrera (Alcúdia, Mallorca, 1968) lo sabe. Y, feliz, humildemente y poniendo toda la carne de su profesionalidad en el asador, ha aceptado el reto. La popular actriz y humorista dará vida al personaje crucial de doña Dolores en el nuevo montaje de 'Las bicicletas son para el verano' que, con versión y dirección de César Oliva, y producción de La Ruta Teatro, en colaboración con el Teatro Romea y el Teatro Circo Murcia (TCM), se estrenará en este último escenario este jueves, viernes y sábado. Con escenografía de Paco Leal y diseño de iluminación de Jesús Palazón, un reparto del que forman parte, entre otros, Patxi Freytez, Esperanza Elipe, Álvaro Fontalba y la murciana Lola Escribano, se meterá en la piel de un inolvidable grupo de personas que compartirá sus penas y algunas alegrías en el entorno terrible de la Guerra Civil española. He aquí un hermoso texto sobre la necesidad del compromiso moral y la defensa de la justicia y de la equidad.

-¿Qué le hizo decidirse por formar parte del reparto de 'Las bicicletas son para el verano'?

-Para empezar, el hecho de que el tema de la Guerra Civil siempre me ha interesado mucho. Nunca he comprendido por qué, así pasaba cuando yo estudiaba y sigue pasando, un tema tan importante para todos nosotros no se estudia como merece en las escuelas y los institutos. No lo entiendo de ninguna manera. ¿Por qué en este país nos aprendemos tan bien la Revolución Francesa y la Revolución Rusa y, mientras, se sigue pasando de puntillas por la Guerra Civil? ¿Por qué sabemos tan poco de lo que realmente pasó en España entre, por ejemplo, 1910 y 1976? Es una parte de nuestra historia muy importante que sigue teniendo mucha influencia en el presente. Llevo muchos años leyendo mucho sobre esta etapa de nuestra historia, y esta función, escrita por ese genio que fue Fernando Fernán-Gómez, es todo un clásico. Me pareció que se me ofrecía una gran oportunidad.

-Además, interpreta a doña Dolores, clave en esta función.

-Doña Dolores es un personaje precioso, uno de esos personajes que toda actriz ya de mediana edad está deseando interpretar; una de esas madres luchadoras que yo admiro tanto, luchadora en una circunstancias realmente muy difíciles. Un personaje que resulta muy emocionante de interpretar. Siempre que interpreto a una madre, la verdad es que me inspiro en la mía, que siempre ha tirado para adelante pese a todo lo chungo que le ha tocado en la vida. Se ha centrado en lo bueno: en su marido, durante el poco tiempo que le duró, y en sus tres hijos. Ha luchado como una leona por nosotros. Yo eso lo he mamado en casa: pase lo que pase, no venirse abajo y quedarse ahí. No, hacia adelante, hay que tirar hacia adelante. Doña Dolores lo dice mucho: «No te preocupes, Luis, que saldremos adelante». ¿Cómo? Pues ya veremos a ver, seguro que algo se nos ocurre. Me gustan más esos personajes luchadores que otros más apocados, que están más alejados del carácter fuerte que yo tengo.

-¿Cómo han ido los ensayos?

-Está siendo un viaje muy bonito para todos. Bonito, pero también muy duro. Hay mucho dolor en esta historia, pero creo que César Oliva [también asesor artístico del Romea y el TCM] está haciendo algo muy interesante: resaltar lo positivo, no regodearse demasiado en lo terrible que tuvo que ser vivir todo aquello. Estamos en guerra, claro que sí, pero no te puedes pasar todo el día llorando, ¿qué consigues así? Tienes que seguir viviendo, intentando conservar tu trabajo, preparando la comida, lavando la ropa, cuidando a tus seres queridos...; es muy emocionante esta obra, hay frases en ella que todo el mundo conoce. Por ejemplo, «no ha llegado la paz, ha llegado la victoria».

-¿Por qué sucede esto?

-En parte, eso está claro, porque hay gente que está un poco empecinada en que nos olvidemos de esa parte de nuestra historia. También hay gente para la que parece que solo existieron los años de guerra y nada más. Pero no fue así, en este país, tras acabar la Guerra Civil, se vivieron cuarenta años de venganzas, de odios y de toda la mierda que vino después. Todavía hoy quedan heridas abiertas, y siguen abiertas porque no supimos cerrar bien ese capítulo. No hemos superado todavía lo de rojos y nacionales, y eso es triste. Habría que cerrarlo ya, y estoy convencida de que utilizar bien el sentido del humor -lo tiene 'Las bicicletas...', humor y ternura- nos ayudaría a superar viejas heridas.

-¿Qué no entiende, por ejemplo?

-Que haya gente que se oponga a que se entierren a todos los muertos, a todos. Que no quede un solo muerto en las cunetas. Eso me parece básico, fundamental. Por ahí empezaría yo, pero llevamos mucho tiempo con este asunto [la Ley de Memoria Histórica] y se avanza muy poco. Sigue siendo un tema que molesta, porque dicen que se abren heridas. No, no se abren heridas, es que siguen abiertas. El tema de los muertos en las cunetas es muy doloroso; reconozco que cuando escucho a alguien pedir poder enterrar en paz a su abuelo, o a su padre... me pongo a llorar. Me duele mucho este tema, y eso que yo no tengo a nadie enterrado en esas circunstancias.

-¿A favor del perdón?

-Estoy a favor del perdón en todos los frentes abiertos en este país, pero también dejo claro que no estoy a favor del olvido. No se trata de perdonar y de olvidarlo todo, no. Hay que reconocer los errores, hay que asumir las cosas que se hicieron mal y, a partir de ahí, empezar en serio a trabajar todos juntos para intentar no repetir los mismos errores y hacer las cosas bien.

-¿Cómo ve este país, cómo está su gente?

-España es un país cojonudo en el que está muy bien haber nacido. Haber nacido en España es una suerte, no creo que eso debamos olvidarlo. Somos un pueblo alegre, tenemos sol y buena comida y hemos sabido ir civilizándonos. Hemos pasado por una crisis terrible, de la que ahora parece que estamos saliendo un poquito, y no nos hemos echado a la calle a quemar contenedores, no nos hemos comportado como salvajes. En general, tenemos buen carácter, lo vivimos todo en plan 'no tengo para una caña, ¡invítame tú!'. Creo que, afortunadamente, no han conseguido arrebatarnos la alegría ni los 'hombres de negro', ni la Troika, ni nuestros políticos. Además, creo que cada vez somos más exigentes y menos tolerantes ante temas como el de la corrupción. La gente se queja y se moviliza más. Un poco por narices, creo que nuestra democracia ha alcanzado la mayoría de edad tras vivir unos años devastadores para millones de familias. Ahora se nota una mínima recuperación y parece que nos atrevemos más a gastar y a salir de viaje.

-¿Confiada?

-Hasta justo el momento en que me hacen una muy gorda y dejo de serlo. Soy confiada pero no soy tonta. Yo me considero buena persona, y como me gusta relacionarme de igual a igual con mis semejantes, en principio doy por hecho que la gran mayoría de todos ellos también lo son.

Centrada

-¿Cómo es usted?

-A veces puede parecer que estoy muy loca, incluso puede que así sea [risas], pero la verdad es que soy una persona bastante centrada. Tengo mis momentos de locura, lo cual está muy bien, pero se termina imponiendo el hecho de que tengo los pies en la Tierra. Piso tierra firme, no tengo la cabeza llena de pajaritos. Y soy muy responsable.

-¿Siempre lo ha sido?

-Desde muy pequeñita. Soy la pequeña de tres hermanos, los dos mayores varones, nacidos y criados en una época en la que las chicas de la casa éramos un poco como la segunda madre, la representación de la madre en la Tierra. ¡A mis pobres hermanos mayores les he metido unas broncas! Bueno, tampoco muy gordas para que no terminasen dándome un sopapo, pero sí suficientes para que muchas veces me hiciesen caso.

-¿Qué se le da bien y qué no aguanta?

-Se me da bien organizar, porque tengo un carácter muy organizativo. Y, entre las cosas que menos soporto, sin duda, se encuentra la racanería. No aguanto a los rácanos, y no solo a los que son rácanos en cuanto al dinero, sino también a los que lo son en el terreno de los sentimientos, o a quienes por sistema hacen siempre menos de lo que pueden hacer. No digo yo que no se puede ser egoísta, pero ser egoísta y rácano es ya demasiado. De lo que estoy segura es de que a esta gente no les puede ir de verdad bien en la vida ni de coña.

-¿A qué se niega?

-A tener que verlo todo negro o blanco, sin matices. Para la intolerancia tampoco estoy hecha. No entiendo ese empeño en creerse uno que es el único en posesión de toda la verdad y que los demás están equivocados. Me gusta mucho discutir, hablar, intercambiar pareceres, incluso apasionadamente, pero no lo hago obsesionada con convencer al otro. Al contrario, no me importa que alguien me haga reconocer que he estado equivocada y no tenía razón. Cuando me encuentro con alguien a quien le encanta discutir por discutir, antes de agotarme por completo le digo '¡eh, para ti la perra gorda!', y desaparezco.

-Como actriz, ¿en qué momento se encuentra?

-Soy una inconformista. Siempre deseo lo que no tengo, y hacer esto que no he hecho todavía, o llegar donde no he llegado. Pero, al mismo tiempo, soy consciente de que no me puedo quejar. No solo porque tengo trabajo, sino también porque puedo seguir eligiendo los proyectos en los que me meto, algo que sé que no puede hacer todo el mundo y que por eso lo valoro más y procuro ser agradecida.

-¿De qué ha tenido la suerte?

-Me he casado muy bien casada [risas], con un marido estupendo con el que no tengo ningún problema en compartir las tareas domésticas: del 75% se encarga él, y del 25% restante yo. Compartimos las tareas domesticas al 75% él y al 25% yo.