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Hay más deseos de felicidad estos días que personas en el mundo. La sociedad contemporánea convierte todo sus actos en burbujas que tornan cualquier tipo de bonanza -económica, emocional- en una hipérbole insostenible. Y es que ya se sabe: la honestidad es suplida mediante el énfasis. Cuando no hay nada que donar, ningún método mejor que construir una ilusión lo más excesiva posible sobre ello.

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Resulta aparentemente contradictorio el hecho de que, de un lado, nos hallemos ante el periodo de mayor violencia sistémica de la historia, mientras que, de otro, las reacciones ante cualquier noticia luctuosa generen una reacción de condena de una magnitud hasta el momento desconocido. La pregunta que inevitablemente surge es: ¿qué somos: violentos o sensibles? Creo que, más bien, lo primero. La diferencia entre otros contextos sociales y este es la capacidad del individuo actual para estereotipar los supuestos de la violencia. Y no tanto con el objetivo de calmar su conciencia como con la intención de diferenciarse de 'los malos'. El incremento de la 'soft violence' -de la 'violencia suave'- implica la necesidad de reduplicar los esfuerzos en orden a establecer una diferencia nítida entre 'mi' violencia civilizada y sin sangre y la violencia intolerable de los otros. Es preocupante que el rechazo social que generan los actos violentos no sea tanto una forma de demostrar el rechazo de la violencia en sí como una medida higiénica conducente a apartar la maldad de los otros de aquella otra 'suave', institucionalizada en la que nos sentimos confortables.

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Una cosa es que las razones para seguir adelante estén ahí, delante de ti, tangibles y objetivas como nada, y otra muy diferente que las encuentres. No hay nada más difícil que reconocer lo evidente.

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La táctica jamás podrá gobernar las emociones. Llegados a cierto punto, la gente solo quiere apostar por lo inexacto, por lo que desafía el cálculo, aunque sea para mal. El déficit de franqueza es tal que, a día de hoy, el favor del pueblo es para quienes afloran todo lo que son, sin importar el valor y la calidad del compuesto que explicitan. Las políticas han sido sustituidas por las actitudes. El triunfo de lo personal no ha hecho nada más que comenzar. El siglo XXI es el gran periodo de la piel. Y, como era de esperar, la piel ha pillado por sorpresa a las grandes genealogías de poder. Jamás se les ocurrirá pasarse una mano sobre ella para ver qué se siente y cómo 'suena'. El desconcierto va a más.

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De repente, en medio del frío invernal, pones el pie en la calle y un jirón de aire primaveral, suelto, carente de contexto, te envuelve y dirige tu cuerpo hacia otros sentidos que no eran los de esa mañana. Yo, que entre otras mistificaciones que detesto está la de la primavera, comprendo que la única manera en que esta ejerce resultados benignos sobre mí, es cuando te asalta a destiempo, sin sentido, fuera de la cultura, como una experiencia marginal, privada y no socializable. El orden de los acontecimientos y su celebración comunitaria lo acaba arruinando todo.

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El pasado que nos gusta y del que sentimos verdaderamente nostalgia es aquél que nos hemos inventado. Por lógica vital, una experiencia vivida, si de verdad ha sido benigna, no quiere ser repetida: bien por miedo a que no resulte igual, bien por que su recreación exacta la vacíe de magia. He vivido momentos increíbles en el pasado, pero no los cambiaría por el peor instante del presente. De ahí que solo pueda concluir que aquello que nos atrae del pasado es lo que está todavía por vivir, lo que nunca ha existido.

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Un poeta amigo, Jorge M. Molinero, me envía un extraordinario poema surgido de la obsesión por una canción que es uno de mis himnos vitales: 'Estadio Azteca', de Calamaro. El poema y la canción juntos tienen la capacidad de cambiar de signo un día aciago. Se trata de un 'pequeño milagro' de Navidad -justo cuando ya no daba un duro por ella-.

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Que nada perturbe el consenso unánime en torno a la mediocridad -es la gran conspiración contra la que rebelarse en este 2017-. Y, como siempre sucede, la resistencia fracasará y viviremos -tal y como nos desearon un millón de veces- un feliz y mediocre año. Para que la decepción no se canse, nada mejor que limitar su vida a 365 días y reiniciarla desde cero cada 1 de enero. Un plan perfecto. Una vieja decepción siempre se supera con otra nueva. Muerte programada o eutanasia sistémica.