La Verdad

Convento de Algezares. Las vidrieras y el sagrario de cristal belga (al fondo) son un diseño de Garrido.
Convento de Algezares. Las vidrieras y el sagrario de cristal belga (al fondo) son un diseño de Garrido. / F. García Martín

Cuando todo estaba por hacer

  • Una exposición rinde homenaje a Fernando Garrido Rodríguez por su aportación a la renovación de la arquitectura regional

A mediados de la década de los 60 del siglo XX, todo estaba por hacer. El país trataba de sacudirse los años grises y las estrecheces de la autarquía impuesta por el régimen de Franco. En la sociedad empezaba a aflorar una necesidad de cambio, de pasar esa página oscura, y la Región, pese al lastre de su provincianismo, no escapó al fenómeno. Una exposición (que se inaugurará el próximo jueves en el Colegio de Arquitectos de Murcia) retrocede medio siglo en el tiempo con el fin de recuperar una parte de esa historia de la mano del proyectista Fernando Garrido Rodríguez (Linares, Jaén, 1930), que aportó su grano de arena para que Murcia también se asomara a la modernidad.

Aunque jienense de cuna, Garrido Rodríguez montó estudio en la capital murciana nada más acabar sus estudios en Madrid, en 1960. Su matrimonio con María Artiñano de la Cierva, biznieta del ministro Juan de la Cierva Peñafiel y actual camarera de la Virgen de la Fuensanta, le trajo hasta la Región, y, también, le abrió puertas. El 'boom' del desarrollismo, impulsado por los tecnócratas de la dictadura, le sonrió. En la Región, entonces, eran pocos los arquitectos (él se colegió con el número 6) y los proyectos llovieron en su despacho. Fernando Garrido diseñó viviendas, centros educativos, equipamientos recreativos, chalés, sedes bancarias, iglesias y conventos.

No todos se ejecutaron. Sobre el papel quedaron, por ejemplo, la futurista estación de autobuses de Murcia, que se iba a levantar en la actual sede de Aguas de Murcia, en la Redonda, y que incluía una torre circular para un hotel y oficinas. El mismo destino corrió el llamado edificio Guisante, también en la capital murciana, por la decoración de su fachada con semicírculos. Y otro tanto sucedió con el parador turístico de la batería de San Leandro, en Cartagena. Los tres proyectos se podrán contemplar en la muestra.

La exposición, titulada 'De la relación entre el arte y la arquitectura, entre los sentidos y la razón', repasa una década de trabajos de Garrido, entre 1964 y 1974, su etapa más fecunda e innovadora en la Región, según afirma el arquitecto y profesor de la UPCT José María López, comisario de esta propuesta cultural junto a los también proyectistas y docentes Edith Aroca y Fernando García Martín. Los tres han contado con la colaboración del equipo de alumnos de Arquitectura That Mess.

La selección incluye 25 obras. Entre ellas, tres encargos llegados de fuera de las fronteras de la Región: la Casa Sindical de Linares, el proyecto de una iglesia en Calpe y la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios de Algeciras, con su famosa forma de caracola para salvar el desnivel del terreno, que le valió el Premio Nacional de Arquitectura en 1968.

El espectador quizás se vea sorprendido porque algunos de los diseños expuestos son de sobra conocidos, aunque no se les preste mayor atención. Ahí están los conventos de Algezares (La Fuensanta) y de Las Antonias (Murcia), la Casa del Agua de Santomera, el club náutico de Santiago de la Ribera, la iglesia de los Salesianos de Cabezo de Torres y dos oficinas de Banco Popular en Cartagena y La Manga. También, varios bloques de viviendas en La Ribera (Sol y Mar, y Paz y Cristina) y Murcia (ConVer, Centro, y Naranjas y Limones, al que el Tío Pencho le dedicó una de sus viñetas), además del chalé del ministro Cotorruelo (hoy convertido en el club Collados Beach de La Manga). Capítulo aparte merecen sus centros educativos: la Escuela de Artes de Murcia, el colegio Salzillo de Espinardo, el centro de educación especial de Cabezo de Torres y un prototipo de colegio de EGB de 1971, que las crónicas definieron como «alegre y moderno», del que se levantaron varias unidades en la Región (por ejemplo, el Francisco Caparrós de Mazarrón).

En su obra tanto pesan los sentidos como la razón, según la visión personal del arquitecto. Y en sus edificios domina ese lenguaje contemporáneo que viene definido por las líneas puras, el uso de nuevos materiales y el empleo al máximo de la luz natural. Sus diseños tratan de empaparse del entorno, como el club náutico de la Ribera, que simula un 'superyate' saliendo a navegar. O el chalé Cotorruelo, con esa bóveda de cemento a modo de una jaima anclada a la arena. Para José María López, Garrido «deja atrás el racionalismo ortodoxo para caminar hacia una arquitectura más figurativa y personal».

La muestra se acompaña de fotografías, bocetos, pinturas y recortes de prensa, entre otros materiales. Y, además, doce arquitectos colaboran con textos donde describen los edificios más relevantes del homenajeado. También se detiene la exposición en los detalles. Garrido, que se desenvuelve con soltura en el arte de la pintura, diseñó las vidrieras y los sagrarios de algunos de sus templos. Como sus coetáneos, cuidó de que las bellas artes de la época completarán su arquitectura.

La muestra, que forma parte de la línea de investigación de López y Aroca, es una continuación de otra anterior que se centró en otro arquitecto de la época, Enrique Sancho Ruano, autor del complejo residencial de Espinardo (protegido ahora por Cultura), la iglesia parroquial de Barranda y la Consejería de Sanidad, entre otras obras de interés. Aquella y esta son una llamada de atención para reivindicar la importación del patrimonio moderno, tan desconocido y, muchas veces, maltratado.