La Verdad

«Regreso, más sabia que nunca, a ese bellísimo Romea al que amo tanto»

Reconocimiento. La actriz Nuria Espert, Premio Príncipe de Asturias de las Artes.
Reconocimiento. La actriz Nuria Espert, Premio Príncipe de Asturias de las Artes. / J. L. Cereijido
  • Nuria Espert, actriz

  • Premio Príncipe de Asturias de las Artes e intérprete en un momento glorioso de su carrera, pondrá voz en Murcia a uno de los textos más ovacionados del teatro contemporáneo: 'Incendios'

Nuria Espert -espléndida Medea-, de quien se recordarán siempre sus interpretaciones en 'Yerma' (García Lorca) y 'Las criadas' (Jean Genet) a las órdenes de Víctor García, aquel director genial que un buen día la persiguió con un cuchillo para matarla, empeñado en liberarla de los males de este mundo -o algo así-, disfruta de un presente glorioso. A sus 81 años, tras encarnar al Rey Lear a las órdenes de Lluis Pasqual y recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, afronta con un arrojo y una sabiduría envidiables el agotador reto de interpretar un texto descomunal e imprescindible: 'Incendios', de Wajdi Mouawad, a las órdenes de Mario Gas. Con este alucinante trabajo regresa al murciano Teatro Romea -1 y 2 de diciembre-. Acontecimiento a la vista.

-Enhorabuena por el premio y por su actuación en Oviedo en el acto de entrega. Qué emocionante escuchar a Lorca y Shakespeare de sus labios.

-Gracias... Curiosamente, la gente lo ha visto muchísimo; curiosamente, la gente se emocionó con Lorca y con Shakespeare; curiosamente, te dan las gracias. Es muy agradable, la verdad; todo lo que me ha ocurrido a mí con este premio es muy agradable. Y lo agradezco muchísimo.

-Recitó a Shakespeare en catalán con toda naturalidad, sin estridencias, sin utilizar la lengua como arma arrojadiza.

-Es que hay mucho de artificial alrededor de las políticas lingüísticas, mucho politiqueo de baja categoría. Alrededor de todas, no solo de la catalana; también de la vasca, de la gallega y, desde luego, de la española. Sí, mucha politiquería barata, que es la que abunda en este país.

-Usted llegó a ese prodigio de texto que es 'Incendios' tras haber asumido con éxito otro gran reto: meterse en la piel del Rey Lear en el montaje en catalán que dirigió Lluis Pasqual. Parece que, en su caso, la cosa va de jugársela más y más.

-No me asusta hacer lo que vengo haciendo toda mi vida en el teatro: jugármela. Creo que en el día a día de mi vida he sido una mujer sensata, me he guiado por un gran sentido común. Pero en el escenario no me ha importando, al contrario, hacer auténticas locuras. En cuanto al montaje de 'Rey Lear', estoy muy orgullosa de ese trabajo y muy enamorada de la puesta de escena de Lluis y de aquella compañía extraordinaria que creó alrededor de este Shakespeare que te sacude por completo. Las enseñanzas fueron muchísimas, también sobre mí misma. Es un texto que a todos nos imponía un inmenso respeto, pero eso no impidió hacer lo que yo creo que fue un maravilloso espectáculo, que me aportó una satisfacción extraordinaria. Cuando Lluis me lo propuso, pensé: «¿Voy a ser capaz?». Se lo dije, «yo no sé si soy capaz de interpretar a Lear»; y él me reconoció: «Yo tampoco sé si soy capaz de dirigirlo». Pero ambos fuimos capaces, y cuando finalizaron las representaciones me quedé tambaleándome. «¿Qué voy a hacer ahora?», me preguntaba después de haber vivido tantas emociones, de haber corrido tanto peligro, y entonces apareció, como un milagro, 'Incendios'. Yo había visto la representación de este texto bellísimo, terrible, sabio, cuando lo programó Mario [Gas] en Madrid, dirigido por el propio autor, y fue un impacto maravilloso, inolvidable. Pero cuando recibí el texto, con la proposición de interpretarlo, y pude leerlo, me pareció nuevo y lo encontré aún más asombroso. Creo que es la gran obra escrita en los últimos años del siglo pasado, que llega fresca y tremendamente estimulante al día de hoy para hablarnos, con una fuerza y una verdad arrolladora, a todos nosotros. Estoy muy feliz representando 'Incendios', con una compañía fantástica y con un Mario que me atrevería a decir que ha dirigido el mejor trabajo de su vida.

-¿Qué le engancha sobre todo de su personaje, Nawal, 'la mujer que canta', sometida a una sucesión de horrores que conmociona?

-Con 'Incendios', todos sentimos que tenemos entre manos un texto sumamente comprometido que nos habla, con una enorme lucidez, del día de hoy, del presente; y que, desgraciadamente, me temo que hablará también con la misma fuerza a los hombres que vivan dentro de cien años. La guerra, el dolor de las madres, las muertes de inocentes, la crueldad, las violaciones a mujeres, la venganza... Nawal, llega a ser una anciana que ha vivido cosas terroríficas y que, finalmente, a punto de morir y por escrito, es capaz de contárselas a sus hijos.

-Unos hijos que la detestan.

-Sí. Cuando estudiaba ese monólogo tan hermoso que tengo en la segunda parte y que sigue aterrorizándome cada día, y cuento todas las barbaridades, todas las atrocidades que padeció, y hablo del horror de las guerras que no cesan y de tantísimas muertes y vidas destrozadas para siempre, yo pensaba que el dolor más grande que conoció esa mujer, el punto culminante del monólogo, es cuando dice: «No pude amar a mis hijos». Me parece que es lo más doloroso que le ha sucedido, más que haber sido torturada tan salvajemente, llevada la tortura hasta los últimos peldaños del infierno. Lo que más lamenta, y lamentará en el momento de morir, es que no fue capaz de amarles. Y alrededor de eso hice que girara todo el resto de las emociones, alrededor de ese dolor tan atroz de tener ahí a tus hijos y no poder amarlos.

Añicos

-¿Qué debemos cuidar si es que queremos, si es que nos interesa, seguir siendo humanos?

-Sabemos que la venganza trae un odio ciego, terrible; sabemos que saca lo peor de cada uno de nosotros. Yo creo en el perdón y la compasión. El amor se cuida solo, pero el perdón y la compasión hay que defenderlos valientemente, y no es fácil. Primero, porque el mundo está, como dice el texto de Mouawad, hecho añicos; y, después, porque el primer sentimiento que te viene de forma natural, directamente de nuestro ADN violento, es el de la venganza. ¡La venganza, que paguen por eso, que paguen! Pero, sí, ya hemos aprendido algunos, no el mundo entero, que la venganza trae más dolor y no cura el que ya se ha sufrido. Parecen palabras nada más, pero si uno las cree de verdad, y yo las creo de verdad, te sientes como si acabaras de meterte en un baño de esos relajantes que, por cierto, yo no puedo tomar porque me bajan la tensión. Tras un baño relajante, ¿no?, descansas. Cuando te convences a ti mismo y piensas -luego habría que ver lo que harías en realidad- que, llegado el caso, yo trataría de ser como Nawal, algo empieza a conseguirse. Como Nawal, trataría de hablar de olvido, de perdón, de compasión...; ¡quisiera, quisiera, pero vete a saber...!

-¿Qué pide tras el éxito de Donald Trump?

-Que Estados Unidos deje de ser un país de referencia durante algunos años, y que como referencia pongamos a una Europa que sepa estar a la altura de las circunstancias, una Europa viva, sensible y fuerte, que se vuelva compasiva y que recuerde cómo se ha ido construyendo la civilización, de dónde venimos todos. Porque todos venimos de África. No sé qué nos ha pasado. Nos hemos olvidado de los valores importantes con una alegría que ya se ha convertido en lágrimas y muerte, y que ya se ha llevado por delante a muchísima gente y ha dejado a otros muchos convertidos en muertos vivientes, sin patria, sin casa, sin educación, sin futuro para sus hijos. Me duelen muchísimo los refugiados y, de entre ellos, especialmente los niños por la ternura que me inspiran y porque ellos serán los hombres del mañana. Todos esos niños que están pasando frío, hambre, rechazo, ¿qué hombres y mujeres van a ser, ¿estupendos, buenos padres, adorables madres...? ¿O se van a comportar como salvajes después de todo lo que se les está haciendo? No lo sé.

-Usted conoce muy bien nuestro país, ¿cómo lo ve?

-El país está hecho añicos, la política está desmembrada; el partido al que yo he votado siempre -nunca fui militante, pero sí socialista de corazón desde el franquismo- también está hecho añicos. Los partidos están triste y peligrosamente fuera de sitio. Los nuevos parecen viejísimos y los viejos, Matusalén directamente. El panorama no es muy alegre.

-¿Usted dónde halla consuelo?

-En los que se han ido y en los que han quedado, sí, sí. En mis hijas y mi nieta, y en Armando [Armando Moreno, su marido, fallecido en 1994], mi madre, Terenci [Moix], Rafael [Alberti]...

-¿Consuela más que duele el recuerdo de los que ya no están?

-Claro, a mí recordarles no me duele nada en absoluto. Eso sucede en los primeros meses, cuando mueren y tú te quedas perdido, creyendo que te han robado la cartera, diciéndote todo el tiempo: «¿Seguir? ¿'Pa' qué, 'pa' qué, 'pa' qué? Pero todo eso pasa, la vida continúa. Todas las cosas buenísimas que a mí me ha dado la vida las tengo muy presentes. La vida ha sido muy buena conmigo, aunque, como todo el mundo, no me han faltado problemas ni llantos; pero, sí, he tenido una vida que me gusta recordar. La vida no está hecha todo el rato de grandes sentimientos, cuestiones filosóficas y críticas permanentes. Hay momentos buenísimos que paso con mi familia, o cenando y riéndome a mandíbula batiente con mis compañeros después de las funciones. La vida tiene cosas maravillosas, y aunque pueda parecer egoísta en medio de tanto dolor universal, puedes pasar ratos estupendos con un libro o con un amigo, con una buena película o un buen espectáculo; o con un descubrimiento, incluso sobre ti mismo. La vida, en la que estamos por casualidad, es una preciosidad, aunque la hemos convertido en un infierno. Es preciosa, desde luego; no tiene ningún sentido pero es preciosa.

-Regresa el próximo jueves al Teatro Romea...

-... ¡sí!, regresó, más sabia que nunca, a ese bellísimo Romea al que amo tanto. Desde que mi marido creo nuestra compañía, en el año 1959, cuando después de Madrid y Barcelona comenzábamos a hacer giras, el Romea era para nosotros como un palacio que nos acogía. Por ese bellísimo teatro ha pasado prácticamente todo lo bueno que yo he hecho en mi vida. Es un teatro que, como le digo, amo muchísimo, y al que ahora vuelvo, con 'Incendios', en un momento de gran plenitud y felicidad, al que me ayudan el cuerpo y la memoria. Sí, nunca he sido tan sabia como ahora, ni he sabido tanto de teatro como ahora.