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«¡La gente no quiere comprar un taladro, lo que ellos quieren es el agujero!», exclamaba el economista Theodore Levitt a mediados de los años sesenta del siglo pasado. Cincuenta años después, la conjunción de varios factores técnicos, económicos y sociales ha materializado la idea, porque si necesitas colgar un cuadro y ningún familiar o conocido tiene taladro, únicamente tienes que solicitarlo en las redes sociales.

El problema de la eficiencia en la asignación de recursos es un problema económico clásico y determinadas situaciones se resuelven eficientemente con la llamada economía colaborativa. Estas nuevas formas de consumo o colaboración en el consumo hacen posible, con la inmediatez de las plataformas de internet, la adquisición de bienes o servicios ofrecidos por un particular -que no dispone de licencias ni se encuentra sometido a control administrativo, todo hay que decirlo-, de modo gratuito o cuando menos a precios mucho más competitivos que los que obtendría en el mercado regulado por bienes y servicios iguales o similares.

El amplio espectro de bienes, servicios y condiciones que son ofrecidos bajo el paraguas de 'consumo colaborativo' impide elaborar con más precisión su definición, pero sí resulta importante distinguir dos categorías: aquellas en las que no existe ánimo de lucro y aquellas en las que el prestador, y normalmente también la web, que pone en contacto a prestador y destinatario, exigen una remuneración al usuario.

Entre otras muchas, constituyen ejemplos de este último tipo de actividades remuneradas la tan cuestionada plataforma Uber, en el transporte; Airbnb que se dedica al alojamiento vacacional; Eatwith y Feastly, que ofrecen servicios de restauración en domicilios particulares, y un largo etcétera.

Estas últimas empresas se han desarrollado menos que las primeras porque la gastronomía resulta ser un segmento bastante más complejo que el alojamiento o el transporte. Aun así, es un sector en expansión, incluso Uber ha comenzado a abrir nuevas líneas de negocio en este sentido, lanzando Ubereats, un servicio de entrega de comida a domicilio limitado, por el momento, a las grandes urbes. En este caso es una intermediación entre restaurante y cliente, no entre particular y cliente, lo que evitará problemas legales.

Sin embargo, existe una apremiante necesidad de regular estas prácticas, para establecer los derechos y responsabilidades de quienes operan en esta dinámica herramienta de mercado que se ha desarrollado con mucha rapidez, dando lugar a negocios que, a veces, bordean la legalidad, ocasionando conflictos que terminan en los tribunales.