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Roma es caos, alcachofas a la judía, intestinos, achicoria, aceite de oliva o pasta cacio e peppe (queso y pimienta). En definitiva, pura pornografía gastronómica. Nada más llegar e instalarnos en la Via Veneto, decidimos dirigir nuestros pasos a la Montecarlo, toda una institución, siempre rebosante de romanos y turistas dispuestos engullir una de las mejores pizzas de la ciudad. Quizá por reservarnos para la cena o simplemente por llevar la contraria, nosotros pedimos pasta. Spaghetti al pomodoro, una salsa de tomate, ajo y albahaca, simple pero deliciosa si se utiliza un buen tomate fresco y maduro para el sofrito y spaghetti carbonara, una pasta intrínsecamente con guanciale (careta de cerdo curada en sal), yemas de huevo y pecorino romano, un queso de cabra curado y de textura granulada.

Por la noche fuimos a Baffetto, el icono de la pizza en Roma y comimos y bebimos y... ¡Y hasta aquí puedo leer! Me desperté antes que ella y bajé a buscar el desayuno. Compré pizza bianca y pizza al pomodoro en el Forno Campo de Fiori -masas rectangulares y cujientes, una con sal y aceite de oliva y la otra con salsa de tomate-; en la Antica Nocineria Viola pedí prosciuto, mortadela y una morcilla seca con forma de longaniza.

A mediodía retomamos fuerzas en Da Giovanni, una trattoria en pleno Trastevere. Comida tradicional y de calidad a un precio irrisorio. Emulando a los romanos, comimos una sopa de sesos con pasta de primero, callos a la romana -tripas de ternera en una salsa de tomate y achicoria- y centros de ternera en salsa de champiñones de segundo. Comida casera y reconfortante, en un restaurante sin pretensiones, pero que cuida con mimo la comida que sirve. Recuerdo con especial cariño los callos, que se han convertido en el símbolo de esos dos días en Roma. Radicalmente distintos de los callos a la madrileña, principalmente por la salsa ligera y digestiva de tomate y achicoria. De camino a Santa María in Trastevere nos sorprendió el tiramisú del Nicknowego Café que sirvió de postre de la copiosa comida.

Por la noche probamos suerte en Nonna Betta, donde degustamos estas famosas alcachofas confitadas y cremosas al tiempo que crujientes. A mitad de camino entre el infierno y el cielo, en Roma siempre me siento en casa, arropado por muchos años de historia y de buen comer que, al fin y al cabo, es una de las claves del buen vivir.