La Verdad

Monsieur Lopez

Monsieur Lopez

El trabajo en el colegio Le Moure, en la pequeña localidad de Poubazin, Francia, era mi última oportunidad de cancelar la deuda. Agotado mi subsidio de desempleo, el banco con el que había contratado mi hipoteca en España amenazaba con desahuciarme. Si no devolvía el crédito, perdería la vivienda y el dinero que ya había dado por ella. Mi nuevo empleo de profesor de español llegaba, pues, como un salvavidas. El contrato duraría un curso y, según hiciera mi trabajo, que evaluaría el director del centro, podría renovarse. Al no disponer de mi automóvil, que había tenido que empeñar, iría a pie a clase, y así ahorraría en transporte. El barato comedor escolar y los paseos por el pueblo, que serían mi única distracción, también me ayudarían a economizar. Pronto saldaría lo adeudado, y traería a mi familia para no regresar a España. Las perspectivas eran tan halagüeñas, pensaba yo, que debería haber emigrado antes.

Mi llegada al colegio también fue mejor de lo esperado. El director, Monsieur Lopez, me permitió alojarme sin pagar alquiler en una casa propiedad del centro, y debido a nuestro origen español, que solo él y yo compartíamos en Le Moure, enseguida se formó entre nosotros un vínculo especial al hablar en castellano. Según me contó, él había pedido que fuese yo, entre los muchos candidatos disponibles, quien sustituyese a Madame Dubosc, y sin su intervención no me habrían contratado. Estas afinidades, estimuladas por una simpatía mutua, le llevaron a «apadrinarme como a un hijo», y a introducirme en la «inhóspita cultura francesa». Yo acababa de llegar al país, que pisaba por primera vez, y del nuevo idioma apenas sabía decir merci, de rien y s'il vous plaît, lo que Monsieur Lopez consideraba «cursiladas» frente a los «cálidos y directos modales españoles». El director rechazaba cualquier crítica a España, donde se vivía «mejor que en ningún sitio», y parecía querer mostrarse más español que yo, o temer que lo considerase afrancesado.

-Pero ¡qué serio eres! -me decía-. ¡Ni que fueras de aquí!

Monsieur Lopez, no obstante, había asimilado maneras de su país adoptivo, en el que vivía desde adolescente, y pese a su aspecto españolizado -pelo engominado, zapatos castellanos, llavero con la bandera rojigualda-, poseía un característico aire francés. El hecho de estar próximo a la jubilación, para la que solo le faltaba un año, le confería además una suerte de indiferencia por su trabajo. Acababa de ser trasladado a Le Moure de un colegio conflictivo, donde había sido mucho tiempo director, y daba la impresión de estar familiarizándose aún con el entorno. Este era otro motivo que nos acercaba, pues ambos nos sentíamos apartados de los demás profesores, que formaban una comunidad tan poco acogedora como bien avenida.

Al inicio del curso ya hubo problemas en el colegio. Por primera vez en años, según oí, los horarios no cuadraban, los boletines se perdían, las excursiones se frustraban... por culpa de Monsieur Lopez, a quien no parecía importarle. Pero lo peor fue que el desorden se contagió a los estudiantes: las clases se hicieron ruidosas y el patio se descontrolaba. Pronto se produjeron peleas entre alumnos e indisciplina con los docentes: por ejemplo, un estudiante faltó al respeto a un profesor, y Monsieur Lopez no lo sancionó.

-Yo no estoy aquí para castigar -dijo, enigmático.

Su actitud enfadó al profesorado, que protestó sin éxito; y otro día, un alumno me insultó sin que tampoco fuese castigado. Los compañeros me incitaron a quejarme, pero yo temía molestar a Monsieur Lopez, y me abstuve. El director podía ser comprensivo, como había demostrado conmigo, pero también soberbio: entre otros incidentes, despidió a una monitora que criticó su gestión. Temerosos de perder la disciplina, los profesores convocaron entonces una reunión. Alguien dijo que Monsieur Lopez tenía miedo de los padres; otro docente, que no servía para el cargo; y un tercero, que no estaba centrado en los asuntos del colegio. Aunque no lo expresé, yo estaba de acuerdo con todo.

-Ya falta menos -decía Monsieur Lopez, mirando una fotografía que había colgado en su despacho- para jubilarme. En esa playa valenciana tengo un apartamento al que voy en cuanto puedo.

Monsieur Lopez solía convocarme para, decía él, preguntar por mis clases, aunque solo me hablaba de España. Cuando no elogiaba su gastronomía, celebraba su clima, la simpatía de su gente, o sus fiestas. Los años vividos en Francia, las visitas al país natal en vacaciones, y el recuerdo idealizado que había escuchado a sus padres, emigrantes de Valencia, aumentaban su nostalgia. Yo al principio acudía de buena gana: no conversaba más que con el director, que me recibía atento; pero pasadas unas semanas ya no quería verlo.

-¿Verdad que es maravillosa la solidaridad de las familias españolas en la crisis? -preguntaba Monsieur Lopez-. En Francia nunca hubiese sucedido algo así.

Yo no soportaba que defendiera la caridad, que en España sustituía a la justicia social, ni que la corrupción política y nuestra «mentalidad picaresca» le hicieran sonreír. Si hubiera podido, yo habría cambiado de nacionalidad y hasta de nombre. Nada me molestaba más que recordar mi origen y lo que se asociaba con él. Mis hijos se naturalizarían franceses, y no tendrían que soportar lo mismo que yo. Así que iba al despacho solo para no contrariar a Monsieur Lopez, que se enfadaba si yo no acudía, o si cuestionaba la superioridad de España sobre Francia.

-Lo peor que hicieron mis padres fue sacarme del país -confesaba el director-. Aquí nunca me sentí integrado, y allí era feliz. Cuando vine, me insultaban por mi piel morena y por mi acento. ¡Cómo te envidio!

-¡Pero si a mí me han estafado, explotado y humillado en España! -replicaba yo, indignado.

-No hay nada peor que renegar de tu origen -concluía él, molesto.

Los alumnos se aprovechaban de la pasividad de Monsieur Lopez para alborotar en los pasillos. La disciplina en un colegio difícilmente se recupera tras perderla. Al final del trimestre, el comedor y el patio ya se habían descontrolado, y el desorden pasó a las aulas. Yo era quien más lo sufría: mi condición de extranjero y mi escaso dominio del idioma me convertían en el blanco perfecto de las ofensas. Después de que un alumno me faltase al respeto, otro me llamó connard, lo cual no comprendí en su momento y animó a los demás a seguir insultándome. Mis clases eran cada vez más escandalosas; y cuando localizaron mi vivienda, comenzaron a incordiarme fuera del colegio.

-Seguro que los alumnos españoles son más educados -fue lo único que dijo Monsieur Lopez al respecto.

Las gamberradas se agravaron. Cuando iba a pie al colegio, me gritaban espagnol de merde por el pueblo. Un día encontré un excremento en el buzón; y una semana después, la fachada de mi casa amaneció pintarrajeada de insultos. Yo acudía a clase con el estómago encogido, sin saber qué trastada me aguardaba, y tenía pesadillas con mis alumnos y la mirada indiferente del director. Por primera vez sufría ataques de ansiedad. El resto del curso y, en caso de ser renovado, también el siguiente, serían un calvario. Dudé en pedir la renovación del contrato, y pensé en volver a España para librarme de aquellos demonios de estudiantes. Pero no podía hacerlo: mi familia se quedaría en la calle.

La indisciplina aumentó. Dos estudiantes hicieron explosionar una botella con ácido, y fueron expulsados solo una semana, lo que enfadó aún más a los profesores, que pedían un mes de sanción. Pero el colmo fue la agresión física a un monitor, castigada con exclusión trimestral y no indefinida. Al día siguiente, los docentes se vistieron de negro, interrumpieron las clases y recriminaron al director su pasividad. Yo fui de azul marino y evité a mis alumnos. Los profesores creyeron que los apoyaba («Es lo más próximo al negro que tengo», les dije), y Monsieur Lopez, que no lo criticaba.

-¿Verdad que no hay playas tan extraordinarias como las valencianas? -me preguntó tras la protesta, mirando extasiado su fotografía de Cullera.

Los docentes llamaron a huelga, pero para convocarla, según la ley, necesitaban la aprobación de todo el profesorado. El paro podría entrañar el despido de Monsieur Lopez, pues el deterioro de la situación del colegio había llegado a oídos de la inspección. No secundarla sería aliarme con el director, y me arriesgué a hacerlo.

Monsieur Lopez fue destituido y jubilado.

-Pensé que no me echarían nunca -se limitó a decir, recogiendo sus cosas con prisa.