La Verdad

Antonio Mateos y Jaime Lorente, en una imagen de 'Equus'.
Antonio Mateos y Jaime Lorente, en una imagen de 'Equus'. / JOAQUÍN FLORES

Galopando en la locura

  • Paco Macià y la Compañía Ferroviaria estrenan en el Teatro Circo Murcia (TCM) un espléndido montaje de 'Equus', de Peter Shaffer

Paco Macià firma un montaje de 'Equus' bellísimo: ¡enhorabuena! Y lo hace arropado, en primer lugar, por el apoyo del Teatro Circo Murcia (TCM), que dirige César Oliva y que, en esta ocasión, ha sufrido una gran y sorprendente transformación -¡desaparece el patio de butacas, el escenario...!- para acoger la atmósfera escenográfica que ha creado el también pintor y escultor Ángel Haro, quien ha ideado un coso/pista de circo/medialina de rodeo que tendrán que rodear los espectadores como si de un círculo de fuego se tratase. Y, además de la aportación de Haro, que incluye la creación de unas escultóricas cabezas de caballo que beben del esplendor de las que se hallaron en el hipódromo de Constantinopla -y que hoy pueden ser admiradas en Venecia-, Macià ha tenido el privilegio de contar con la iluminación -se merecería otro Premio Max- de Pedro Yagüe, y con la música -se ciñe como un guante de seda a las imágenes que seducen al espectador hasta hacer que su interior galope- original de Leandro Martínez-Romero Férez. Todo eso suma mucho, pero hay un acierto muy especial sobre el que resulta imposible no reparar: la elección del joven Jaime Lorente para dar vida a Alan Strang. Está de diez: en el miedo, la inocencia, la violencia, el éxtasis, la rebeldía, el dolor.

Brilla a gran altura en todas y cada una de las escenas con los caballos -magníficas las 'danzas' que llevan a cabo todos los que participan en ellas, en especial la bailarina Lorenza Di Calogero, que se convierte en 'Diamante'-, y también cuando tan solo, en silencio, se muestra perdido, incluyendo su imagen de pájaro enjaulado a lo Matthew Modine en 'Birdy' (de Alan Parker). Muy bien cuando transmite toda la libertad de 'El niño con caballo' de Picasso, y sobrecogedor en la perfecta escena final, cuando, como si estuviera poseído por el espíritu del broche de 'oro siberiano' que, en el Hermitage, muestra cómo una leona con atributos de cabra y lagarto rompe con las mandíbulas la cerviz de un caballo, descarga su conmovedora ira contra ellos. Y todavía tiene más valor su trabajo si tenemos en cuenta que está rodeado de la profesionalidad impecable y la entrega habitual de los disciplinados actores de Ferroviaria: César Oliva Bernal, Eloísa Azorín....

Sobre la interpretación que Macià hace de 'Equus' no cabe más que estar de acuerdo. Sí, «'Equus' nos habla, en esencia, de la soledad del individuo frente a una sociedad 'domesticada' que nos empuja a seguir el camino marcado, el establecido, donde el 'diferente' es marginado y donde se establecen los mecanismos para restituirlo a la 'normalidad'». En efecto, «Alan es un adolescente desequilibrado que busca su pasión por cauces alternativos que desembocan en un acto de violencia contra los caballos a su cargo, dejándoles ciegos». Macià defiende, y tiene parte de razón, aunque nada justifica ese derroche de crueldad de Alan, quien -así, también sin más, ha perdido el juicio-, que estamos ante «un comportamiento abominable motivado por su frustración e inadaptación al mundo en el que ha sido educado». Pero no solo, Macià, porque hay también un aspecto de la locura, una génesis en la que se incuba, que se nos escapa: a toda razón, ciencia y deseo de comprender 'más allá', en la línea en la que Camus hace un esfuerzo sobrehumano por entender al 'monstruo' absoluto en el que se ha convertido Calígula. Y, de hecho, nada puede hacer contra ella, ni el personaje del psiquiatra Martin Dysart (César Oliva Bernal), que trata a Alan con tacto, piedad y una extraña admiración, en parte fruto de la gran mentira en que se ha transformado su vida personal; ni siquiera el propio Peter Shaffer, quien no cae en la trampa de plantear una recuperación del joven obsesionado, hasta lo místico, por los caballos. Parte de la grandeza de 'Equus' es su falta de respuestas, la puerta siempre abierta a lo desconocido; y, sí, da vértigo.

También acierta Macià, y lo ha reflejado muy bien en su montaje, del que el mejor piropo que se puede decir es que te apetece volver a verlo, penetrar de nuevos en esa atmósfera de locura y encendido deseo, en mitad de esas brumas entre las que parece posible degustar la libertad, cuando observa que «Alan se lanza sin frenos a las aguas bravas de sus instintos más vitales, en conexión con la naturaleza y los dioses antiguos»; y mientras, por el contrario, «Dysart se ve incapaz de renunciar a su posición social domesticada y prepotente». Al menos, él no se parece en nada a la dañina enfermera Ratched de 'Alguien voló sobre el nido del cuco', ¡Dios salve a Jack Nicholson!

Y en esta última reflexión que hace Macià sobre 'Equus' se encuentran las claves de su montaje: «Shaffer nos plantea en el drama el conflicto entre lo apolíneo y lo dionisíaco; la racionalidad y el orden frente a la libertad, el desenfreno y lo instintivo». Y en ese espinoso conflicto logra sumergir al público.