La Verdad

Ma Petite Martina

Fue pisar la primera baldosa de ese acogedor piso y correr apresuradamente hacia el baño. Un zapato adelantaba al otro, apenas sin rozar el suelo. Llegué al wc y de rodillas abrazando la taza con amarga tristeza comencé a lanzar el Portillo que había tomado durante largas horas. Mi amargura ascendía como un cohete desde mi vientre a mi esófago hasta llegar a mi lengua y terminar, variadamente, entre mi boca, mi pelo y el suelo. Mi cabeza repetía una y otra vez: no, por qué, por qué, por qué, por qu, porq... Desperté entre los brazos de Monsieur Aurélien, el padre de mi amigo Luc. Lo había visto una decena de veces. Alto, educado y atento. Cincuenta maravillosos años de sabiduría, saber estar y galantería. También comprobé en ese momento que poseía unas manos que ocupaban toda mi espalda. Cuando pude articular palabra le pedí que por favor cerrara la puerta de la cocina. Que ese olor a leche materna estaba venciendo mi aliento. Como un chiquillo obediente se lanzó a la cocina a cerrar la puerta. Entonces llegó el momento. Ese momento que sabes que siempre llega, pero rezas para que sea cuanto más tarde mejor: Ma petite Martina. Dieciocho meses la tuve atada a estos pequeños pechos. Los mismos meses que duró su vida. Los únicos meses fabulosos de la mía. El olor a leche me abstrae a esa dulce vida que compartíamos Martina y yo. Hace un año me prohibí exhalar ese aroma. Desde entonces había evitado nacimientos, hospitales maternales, cafeterías, amigas con hijos y todo sitio que pudiera arrojar ese olor. Y lo había conseguido hasta el día de hoy. Le expliqué a Aurélien que la leche es leche para el resto de personas menos para mí. La leche era vida. La leche era Martina. La leche era adoración, arraigo, delicadeza, pasión. La leche era dulce, cálida, del color de la nieve, de la textura del mar en calma. Comencé a llorar retumbantemente. Lloraba por Martina y lloraba por mí. Lloraba también porque estos pechos ya no tendrían más leche y esta piel no rozaría su frescura. «Aurélien, nunca conocerás mi amor hacia Martina, con Martina yo era alegría y nuestra relación salvaje, primitiva, intocable, intachable. La leche es Martina, Aurélien. La comida es Martina. Mis recuerdos son Martina». «¿Cierran las heridas, Aurélien?». «No, querida Adeline», contestó Aurélien, «pero te invitaré a cenar en Chez Marie y allí te desvelaré las comidas que a mí me atormentan».