La Verdad

Gastronomía y erotismo

Para algunos, dos de los grandes placeres de la vida son la comida y el sexo. Y si esto es así, yo me pregunto: ¿por qué se habla tanto de comida y tan poco de sexo?

El eros es el conjunto de tendencias e impulsos sexuales de la persona, y por tanto, consustancial con la naturaleza humana, indisoluble del instinto básico, precursor del apetito sexual y del amor sensual. ¿Por qué esconderlo? ¿Se esconde acaso lo culinario, precursor del placer gastronómico, consecuencia de ese impulso instintivo que nos lleva a satisfacer nuestra necesidad de supervivencia sentándonos a la mesa para alimentarnos? Éstas son dos funciones que cumplen todos los humanos. Lo que ocurre es que unos las cumplen sin experimentar ningún tipo de placer, porque ellos piensan que el placer es sinónimo de pecado. ¿O sí lo experimentan pero son hipócritas y no lo reconocen? Para otros, y yo me cuento entre ellos, ambas funciones son fuentes de placer; de enorme placer si se trata de la conjunción de manjares delicados y situaciones erotizantes. Deliciosa conjunción sinérgica. Pero, bien es cierto que la comida tiene un problema que en el sexo se agudiza, y que consiste en que es mucho más fácil y descansado hablar de ello, fantasear con ello, incluso leer y escribir sobre ello, que gozar de ello en realidad, al menos con la frecuencia y en la cantidad que podría apetecernos.

También, como en el sexo, la edad y la madurez definen la capacidad de extraer satisfacciones de las experiencias. No es lo mismo el gozo producido por un atracón de cordero asado con patatas cuando uno tiene veinte años, que la satisfacción de paladear una fina rodaja de berenjena a la plancha cuando uno se va acercando a los sesenta o setenta. También, en ambos casos, la calidad va sustituyendo a la cantidad&hellip por imposición física. Yo me suelo poner casi enfermo cuando me paso en la mesa, y hecho unos zorros si me excedo (digamos si me excediera en la cama). Esta limitación de la capacidad cuantitativa es, probablemente, la razón por la que se potencia la sensibilidad cualitativa.

Si bien, como decía al principio, éstos son dos de los grandes placeres de la vida, hay otros como, por ejemplo, el placer intelectual de escribir estas líneas para la Columna Gastronómica, aunque alguien me critique que escribo sobre sexo con la excusa de la gastronomía.