Cuento de Navidad

Galería T20

La madre y la hermana de Andrea lloran en un telediario de esa forma para la que no estamos preparados nunca. No pudieron evitarlo

Nacho Ruiz
NACHO RUIZ

No hay cuento sin monstruo aunque este axioma pasa a la realidad de forma que en la vida de casi todos nosotros ha habido, al menos, un monstruo. A veces su paso es fugaz y ruidoso, otras su presencia acompaña lastimosamente nuestra existencia. Nunca es un personaje secundario. Cuando salen de nuestras vidas se convierten en fantasmas y así acompañan hasta nuestra última exhalación y a veces ellos la provocan. En algunos cuentos el monstruo mata al protagonista.

No suelen ser seres extraordinarios sino todo lo contrario, son ordinarios, gente limitada, pobre de espíritu y frecuentemente de intelecto. Eso ayuda a convertirse en monstruo. A muchos el monstruo nos viene sobrevenido, en mi caso fue un tío, en el de muchos fue un padre y en con demasiada frecuencia son novios o maridos. Ejercen el mal sobre nosotros de muchas formas, tantas como tiene la violencia y su cobardía. Las mujeres a veces se convierten en plastilina en sus manos. Desde fuera no se puede entender; siempre nos preguntamos qué hacía ella con ese trozo de carne con ojos, pero el monstruo lleva una careta de la cual solo se despoja para golpear y torturar. Bajo esa careta ha ido creciendo el mal en forma de frustración que, como gusanos, forran el amarillento cráneo que nada alberga.

La historia es cíclica. Muchas veces él es guapo y fuerte, como Víctor Llorens alias 'El Peonza', un chico de Benicassim amante de los coches rápidos, los perros de defensa y el Real Madrid. Víctor salía con Andrea, una preciosidad de niña de la misma localidad. Rubia, guapa, delgada y delicada, la niña por la que cualquiera perdería la cabeza, el amor personificado para un padre. Ella se enamoró de él porque siempre se enamoran de ellos. Al principio no se quitan la careta, luego viene ese elemento animal de la fuerza que a todos nos resulta patológicamente atractivo y cuando llega la violencia la amante se torna víctima indefensa merced al recurso de los cobardes: el miedo. Debieron ser felices. Las fotos nos hablan de cosas que compartían, pero todas parecen ser impuestas por él. Ella con camisetas del Madrid (cómo podrían ser del Barça o del Murcia) con los amigos de él en sitios de comida rápida y demás. Dos chicos de un perfil cada vez más común y una sensación de 'deja vù', de esos que un día podían aparecer en un programa de Tele 5. Pero hay una foto que preveía el desenlace. En ella aparece Andrea con una cazadora de cremalleras roja a juego con el Volkswagen de él sujetando un perro de los que van con bozal. Nada anormal, pero la foto trae toda la muerte de que hablaba Barthes en forma de reflejos involuntarios. 'El Peonza' fotografió sus tres objetos favoritos juntos y lo subió a las redes. Uno de ellos, Andrea -no necesariamente el que más le gustaba de los tres- con chaqueta roja a juego con el coche. Todos nos volvemos muy listos cuando la tragedia ya se ha precipitado sobre la vida de los padres y hermanos, pero esa foto llevaba tantas alarmas que alguien debió notarlo. Ahora sabemos que Andrea llevaba dos años sufriendo malos tratos por parte del monstruo y que hace dos meses tenía una orden de alejamiento como tal vez tuviese un tío en 'Graná'. Cuando fue a trabajar el martes, 'El Peonza' la metió a la fuerza al coche y la estrelló contra un surtidor de gasolina que ardió llevándose a la princesa torturada y al monstruo del cuento.

Antes la gente moría de la forma periodística y no había una mala foto. Hoy a cualquiera le cae una maceta o se lo lleva por delante una neumonía y aparecen hasta las fotos de la primera comunión. Dejamos una huella digital que da siempre mucha información. Encuentro fotos del 'Peonza' que los periódicos sacan de su perfil en Facebook. Selfis, muchos selfis en los que luce músculo de gimnasio, un tanto hipertrófico. Vamos sumando constantes en chicos que por edad, posición social y otros factores, en pleno 2017, no deberían ser asesinos ni violadores. Las alarmas saltan porque no parecen monstruos ni visten como monstruos. Ese es el problema, por eso el daño es difícil de evitar. La madre y la hermana lloran en un telediario de esa forma para la que no estamos preparados nunca. No pudieron evitarlo. Dice un amigo chileno que hay que hacerse amigos del horror. La vida nos hace inseparables de él.

Amanece en Murcia y el patio de luces de mi edificio racanea rayos tímidos del sol que da forma a las cosas y preparo café mientras veo el telediario. La amorosa rutina, ese rato en el que mis hijos aún no se han levantado. En el salón las luces del árbol de Navidad dan vida a mi espacio en su intermitencia de colores. El horror de esa madre entra de lleno en nuestra Navidad y se me saltan las lágrimas. Lanzo una invectiva en Facebook tan ineficaz como casi todo lo que gritamos indignados por el patio de vecinos que, con los minutos, se ha vuelto algo más luminoso. El monstruo se llevó a Andrea a su infierno y el cuento de Navidad no tendrá final feliz, no tendrá ni siquiera moraleja. No será ni siquiera un cuento, será una cifra, otra cruz en la lista de mujeres asesinadas por monstruos.

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