«Vamos a buscar a 'G'. Hay cama libre esta noche»

Fina Poveda, trabajadora social del Ayuntamiento, tomando del brazo a 'G' para trasladarlo al albergue de Rais Fundación. /Edu Botella / AGM
Fina Poveda, trabajadora social del Ayuntamiento, tomando del brazo a 'G' para trasladarlo al albergue de Rais Fundación. / Edu Botella / AGM

El Semas atiende desde hace 20 años a los eslabones perdidos de la sociedad, a los que por una pelea, una adicción o un divorcio acaban habitando la calle

Manuel Madrid
MANUEL MADRIDMurcia

Arrecia la noche y en la calle se suceden los ecos de las juergas navideñas. Son días de fiesta, de brindis y risas estrepitosas, de alegría colegial en cuerpos adultos. Restaurantes abarrotados, vestidos con cierre de lágrima y satén, y felicidad en bandeja. Al fondo quedan los choques de copas, pero 'G', el hombre más buscado por el Semas, anda perdido. Las últimas noticias de él son que lleva varias noches deambulando por el centro, sin abrigo y en muy malas condiciones. «¿Dónde parará?», se pregunta Fina Poveda, trabajadora social del Ayuntamiento, a punto de echarse en brazos de las tinieblas de esa Murcia que existe más allá de la parpadeante hilera de bombillas que nos señalan la Navidad.

De un momento a otro se abrirá la puerta de la Tienda Asilo de la calle Eulogio Soriano, donde está el cuartel general del Servicio de Emergencias Móvil y Atención Social (Semas), y aparecerá Fina, con una melena desenredada que no deja ver las letras fluorescentes de su chaleco. Por fin está lista. Viene con Miguel, un agente de la Policía Local, que tarda en coger confianza con la prensa. El director del Semas, José Morales, no quiere espectáculos y pide la máxima discreción. Vamos a acompañarles. Por las sombras de una ciudad donde, como comprobaremos, hay un espacio reservado para el silencio. Hay veces que las palabras no salen y vale más el acompañamiento de una mano o de un hombro sobre el que apoyarse. Fina y Miguel salen de la Tienda Asilo con dos bolsas. En ellas llevan sacos de dormir, mantas y bebidas autocalentables. Material útil para «personas vulnerables». Los que viven en la calle. Amparados solo en una adicción. Son los que han convertido el portal de tu edificio, un cajero o la esquina más inmunda en el lugar más confortable para resguardarse de la noche. No es la más fría del año. Pero eso da igual, dice Morales. «Imagínate tú a las tres o cuatro de la mañana. A mí no me gustaría estar ahí».

Fina y Miguel van en un coche. Morales, el fotógrafo [Edu Botella] y el periodista los seguimos en otro. Antes de salir nos piden que, para respetar su intimidad, no aparezcan retratados de frente ni el detalle de sus nombres. Trato hecho. «Vamos a buscar a 'G'. Puede que esté por Santa Eulalia. Tiene un problema grave de alcoholismo. Hemos confirmado con Rais Fundación que hay una cama libre esta noche. A ver si tenemos suerte». La fortuna tiene algo de maldito también. Gente que lo tenía todo, en apariencia, y acabó en la nada. Muchas historias se repiten, corrobora el equipo del Semas. Drogas, alcoholismo y otras dependencias que desencadenan a veces en enfermedad mental, en soledad y en un irremediable sentimiento de vergüenza para volver a empezar. Una ruptura amorosa, un divorcio mal encarado, la pérdida de un empleo o un conflicto familiar pueden acabar en tragedia. ¿O acaso no hay sufrimiento o muerte en estas peripecias dolorosas de la vida?

«No somos una ONG, pero lo parecemos», dice el jefe del servicio, que asesora a los más vulnerables. «No solo repartimos mantas»

«La vida nos lleva a veces por unos derroteros...», cavila Morales. «Vamos a buscarles para ofrecerles ayuda. Salimos durante todo el año, no solo cuando bajan las temperaturas. También cuando suben. Y no somos solo los que repartimos mantas o agua. Hablamos con ellos y les damos información de los recursos que hay a su disposición». Morales es uno de los fundadores del Semas, que este año ha cumplido 20 años y cuenta con cuatro trabajadores sociales, tres policías, un asesor jurídico y dos voluntarios. En la plaza del pintor José María Falgas no está 'G'. Hace pocos días había dos chicos jóvenes viviendo en un banco. «Hay muchas razones por las que puede romperse el vínculo familiar, y cuando esto pasa acabas convertido en un extraño y relacionándote con otros iguales».

El coche se para en la plaza de Santa Eulalia. La efigie de Salzillo quiere darse la vuelta. Fina viene caminando con un barbudo que apoya las plantas de los pies en el asfalto como quien no quiere pisar fuerte. Abre el maletero y le da un saco de dormir. Conversan un rato. De pie. Me suena de haberlo visto pidiendo en la Gran Vía con un gorro de lana rojo. «Ha pasado por Jesús Abandonado y por Rais, centros donde podemos llevarlo a dormir, pero me ha dicho que prefiere estar en la calle. Tiene adicciones fuertes, y se ha comprometido a que se va a poner en tratamiento. Vamos a ver esta vez». Fina mira con gracia. La conocen y la aprecian. Ella es, para los que no tienen nada más que pena y oscuridad, una voz familiar. En esos momentos es la voz de la madre, la hermana o la abuela.

La trabajadora social del Ayuntamiento y el agente merodean por detrás de la iglesia de Santa Eulalia. Abordan a una mujer que pide en una puerta. Parece que hay una reunión parroquial. Y ella sabe a la hora que salen. Tiene una bici al lado. Parece de algún país del este por el acento. Fina le pregunta si necesita algo. Y Miguel vuelve al coche a por un café con leche. Llevan 15 o 16 en el maletero. «Dentro del recipiente viene la bebida. Tienes que agitarla, apretar en el centro, y ella sola se calienta», le explican a la mujer, que está perpleja por lo sofisticado del sistema. Ella les cuenta que vive en una chabola en Patiño. En un asentamiento que se desmantela y se vuelve a montar. Pide otro café para su marido. De esos que hay que agitar.

El equipo vuelve al coche, y la intuición lleva a Fina a continuar por la calle Mariano Vergara. Al otro lado de Obispo Frutos está la oficina número 23 de BMN. El coche sigue, pero Fina ya ha puesto sus ojos en un rincón apagado, donde no brilla la Navidad. ¿Será él? Cuando bajamos del coche respira con alivio. Ha encontrado al hombre que buscaba. 'G' es conocido por el servicio. Estaba acurrucado en un portal, callado, sin fuerzas ni para murmurar. Ella hace entonces su función. Y él, sin dudarlo, abandona el redil para subirse al coche que lo conducirá al albergue de Rais en la calle San Martín de Porres.

«No somos una ONG, pero lo parecemos», enfatiza Morales, cuyo servicio ha sido nominado este año a los premios Rey de España en la categoría de Integración Social y Derechos Humanos. La puerta de 'La Casa Habitada', como le dicen, tiene los cristales rotos. De un ataque de furia de alguien. Entran Fina y Miguel y los trabajadores de Rais acogen a 'G'. Le espera una ducha. «Parece que se ha hecho encima», comentan. «Por su situación le correspondería una residencia, en lugar de un centro de acogida, pero se le buscó una en Lorca y se fue porque no se adaptaba. Llegó a hacer desintoxicación en el hospital, pero estuvo poco tiempo. Vamos a ver qué pasa ahora. Él me ha dicho que lo que quiere es estar en Rais. Llevaba 15 días en la calle».

El Semas interviene en muchos casos. Siempre de emergencia. Desde un menor encontrado solo en un parque a un mayor desorientado o un caso de violencia intrafamiliar. Siempre hay un equipo de guardia conectado con la Policía Local. Esta noche acaban atendiendo a nueve personas. Solo una mujer. Cinco españoles y cuatro búlgaros. El Carmen, Santa Eulalia, La Fama, Gran Vía, Alfonso X. No todos los casos acaban mal. «Hay gente que muere y otros que salen». El camino de la reinserción empieza de la mano de Fina y Miguel. «Esta semana», dice ella tras salir del cajero del BBVA de Gran Vía donde se han refugiado dos hombres, uno de ellos un alcohólico con cardiopatía, «nos visitó un chico que habíamos conocido hecho polvo. Había sido policía en su país, venía huyendo por una deuda, y ha rehecho aquí su vida. Es un manitas total. Está en Traperos de Emaus y está dejando la casa de alquiler que parece suya».

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