«Temíamos que hubiera un niño atrapado en las ramas del ficus»

Panorámica de la plaza, ayer, en la que se aprecia que el ficus ha recobrado su vigor tras la poda. / GUILLERMO CARRIÓN / agm

Testigos de la caída del símbolo de la plaza de Santo Domingo cuentan a 'La Verdad' cómo fue el accidente cuando se cumple el aniversario

Manuel Madrid
MANUEL MADRIDMurcia

El próximo sábado hará un año que se desplomó un símbolo de Murcia: el ficus de Santo Domingo. Diversos testigos han relatado a 'La Verdad' cómo vivieron aquel suceso que conmocionó a la sociedad murciana y que cambió para siempre la estampa de una de las plazas más frecuentadas en la ciudad. El estrés hídrico y térmico fue la causa oficial del accidente, según los técnicos, aunque otras voces conjeturaron con la falta de mantenimiento. El árbol se desgajó en muy pocos segundos y sobre los edificios colindantes cayeron 12 toneladas de ramas. No hubo víctimas -solo una joven tuvo que ser atendida con rasguños-. El Ayuntamiento decidió una poda drástica perdiendo todo atisbo de monumentalidad, quedando como un pelado tirachinas. Poco a poco ha recuperado su vigorosidad con sofisticados tratamientos que lo han convertido en el ejemplar más vigilado del país.

El exconcejal de Urbanismo Juan Antonio Bernabé estaba en la terraza de Sirvent aquel 16 de junio de 2017. Era la una de la tarde. Una furgoneta estaba aparcada delante de la farmacia, que estaba en obras. «Hacía muchísimo calor, y saqué la mesa fuera para que no me cayera el agua del nebulizador del toldo. De esa forma no tenía obstáculos para ver el ficus. Aquel día había venido una gente de Almería a visitar la ciudad y paramos a tomar un refresco», recuerda el abogado, que entonces era director adjunto del Info. «Lo primero que se escuchó fue un pequeño trueno, y se hizo un silencio en la plaza. Todos los pájaros salieron volando. Yo pensé que se habían espantado por una trampa para palomas. Vi a un hombre debajo del árbol que empezó a irse porque le llovían las hojas. Y a los pocos segundos se sintió un crujido más fuerte, y cayó. Primero hacia abajo. Después impactó contra la fachada del bloque del LlaoLlao».

«Corrían los bulos y se hablaba de muertos, pero sabía que no había nadie», recuerda Roberto, dueño de la cafetería Martínez

Las altas temperaturas de aquel día eran infernales. Por eso no había apenas gente en las terrazas. «En un primer momento -reconoce Bernabé- fuimos cuatro personas las que nos metimos entre las ramas porque no sabíamos si algún crío había podido quedar atrapado. Vimos a viandantes echar a correr, pero lo que más me sorprendió es que la gente se dedicaba a hacer fotografías más que a socorrer a posibles heridos. Gritábamos por si había alguien. No quería encontrarme con ningún niño porque el golpe había sido fortísimo».

Gente haciendo fotos

Roberto Fernández fue uno de los que saltó a la montaña de ramas que sepultó toldos, mesas y sillas de las terrazas, mobiliario urbano y hasta el vehículo de la reforma de la farmacia. Este argentino, que regenta desde hace 12 años en Santo Domingo la cafetería Martínez, sigue usando la remera (camiseta) de ese día. «No se manchó tanto», ríe ya. «Sonó algo muy fuerte, fueron 30 segundos o así. Primero vino un viento y luego el estruendo fue más fuerte y cayó. Era más importante para la gente filmar y sacar fotos que ayudar», contaba ayer el hostelero, coincidiendo con Bernabé. «Tengo claro lo que no hay que hacer y eso no se hace. Mi mujer gritó pensando en Antonio, el farmacéutico, pero vimos que estaba bien. Fuimos al Lizarrán y tocamos el cristal y vimos a María con gente dentro. Lo importante no es que no hubiera policía en ese momento, sino que no hubiera gente debajo de los escombros».

Efectivamente, el Ayuntamiento condecoró a la pareja de agentes de barrio que llegó al lugar (Antonio Bernal y José Ramón Martínez), y a la primera vecina que avisó de la emergencia, Concepción Soria. Fue algo simbólico. Los primeros instantes resultaron de tremendo caos.

«Pedí un 'cutter' a operarios de la obra -cuenta Roberto- y revisé que no había nadie bajo el toldo del Lizarrán. Corrían los bulos y se hablaba de varios muertos, pero yo sabía que no había nadie debajo». La furgoneta quedó siniestro total, recuerda Antonio Hernández, que lleva 39 años en la farmacia de Santo Domingo, siendo uno de los trabajadores más antiguos de la plaza. «Estaba cargando escombros y quedó chafada por completo. Aquel viernes la farmacia estaba abierta pese a la obra. La compañera que ahora está de tarde, Loles, oyó el ruido y entró una humareda naranja. Había dos clientes en ese momento. Fuensanta, y su madre, de ochenta años largos. Se les saltaron las lágrimas porque si les pilla en la puerta no hubieran podido ni salir corriendo». Analía Monsalvo, la mujer de Roberto, sigue creyendo que fue un milagro por la hora del suceso. «Si hubiese sido a las ocho de la tarde, cuando la plaza está llena de abuelos, de nenes y de mamás con carritos dando la merienda, no sé qué habría pasado. Pero lo cierto es que cuando la policía vino ya había pasado todo. Cuando llamé a la centralita me preguntaron que de qué árbol hablaba».

«Lo dejaron como un bonsái»

Ha pasado un año, «y te juro que me había olvidado, aunque tengo la prensa guardada», hace saber Analía. «No pensaba que iba a florecer. Creí que iban a hacer algo diferente en la plaza, porque pusieron al final más armatostes de hierro. Hay cosas que no se arreglaron todavía, como el edificio del LlaoLlao, donde hay un balcón todavía roto». Y al cartel de Lizarrán le falta la ene. La gerente, María Hernández, dice que vendrá pronto el rotulista. «Nosotros teníamos dos mesas y la rama nos rompió una estructura de 8.000 euros. El árbol crujió, fueron décimas de segundo y, claro, te quedas en blanco. A una señora que pasaba la agarré de la mano y la metí para adentro. Y en el interior había otra con ataque de ansiedad y le pusimos tila. Ya ha pasado un año de todo...».

Hemeroteca

Los vecinos están satisfechos con los mimos. El ejemplar ha revivido. Hay dos operarios de STV cada día en la plaza, José Tomás González y Pedro García. Quini Máiquez, que vive en el edificio 'Ficus', celebra que esté respondiendo «muy bien»: «Lo que fue tremendo es la cantidad de ramas que se llevaron. Lo dejaron como un bonsái, es un árbol emblemático y hay que cuidarlo hasta el final». El Ayuntamiento ha decorado con geranios el entorno y ha plantado datileras, y controla cada segundo sus constantes vitales, con un sistema que permite conocer las condiciones ambientales y activar futuras alertas.

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