Murcia, aquella ciudad que tuvo cien mansiones

En el recuerdo. El desaparecido palacio de Los Vélez, hoy inicio del paseo Alfonso X el Sabio, donde está el 'cafeto'.
En el recuerdo. El desaparecido palacio de Los Vélez, hoy inicio del paseo Alfonso X el Sabio, donde está el 'cafeto'.

Una obra de Álvaro Hernández Vicente cifra en 109 los palacios señoriales que adornaron la urbe; apenas quedan quince

ANTONIO BOTÍASMurcia

Ahora tengo nostalgia de lo que ya ha desaparecido. La calle Capuchinas, el palacio de Ordoño. Dios mío, ¡lo han derribado! Era un palacio del siglo XVIII precioso». Quien así se lamentaba de la destrucción de aquella espléndida Murcia era, ni más ni menos, que el genial poeta Jorge Guillén, el mismo que, tras llegar a la ciudad como profesor universitario unos años antes, escribiera que tenía «una nueva pasión. Una pasión desenfrenada y terrible por cierta casa. Es el Palacio del Marqués de Ordoño». Por desgracia, esa pasión que tan insigne autor tenía era proporcional a la estulticia de las autoridades locales que, años después, permitieron su derribo.

Hasta ahora era evidente comprobar, pues apenas bastaba con pasear por la urbe, que Murcia perdió aquel encanto árabe y medieval en su traza y sus edificaciones. Pero verlo reflejado en las páginas de un libro, además, causa una tristeza inmensa. Y eso es lo que ha hecho el experto en Arte e investigador Álvaro Hernández Vicente, quien en su obra 'Patrimonio en el recuerdo. La imagen de la nobleza en el paisaje urbano de la ciudad de Murcia' constata una triste realidad.

El investigador, incluso, propone un listado cronológico donde el lector, indignado a cada página, descubre cuándo se fueron destruyendo aquellas espléndidas mansiones que hoy hubieran cautivado a los turistas. Baste un dato que evidencia la barbarie: Murcia estuvo adornada por hasta 109 palacios y casas señoriales. Y, agárrense a sus sillas, solo quedan en pie 15 de ellos.

«La Casa de los Descabezados encabezaría, valga la redundancia, esta relación», señala Álvaro. Acabaron con ella en 1832. A final de aquel siglo desapareció la casa-torre de Junterón, donde hoy se alza el Museo de la Ciudad, y la sinrazón se cebó con otros inmuebles ya en la década de los años treinta del pasado siglo.

Entre ellos, el palacio de los Vélez, que se levantaba enmedio del actual paseo Alfonso X el Sabio, entre los conventos de Las Anas y Las Claras, o la llamada casa Navarro y el contiguo palacio de los Marqueses de Beniel, ambas en Trapería. No mucho más tarde, la piqueta arrambló con la tan popular casa de la Cruz, del linaje de los Pareja y que estaba ubicada según se baja hoy desde el Puente Viejo.

Fue necesario el derribo para abrir la Gran Vía, que iba a darle un aire de modernidad a la urbe y que, con la perspectiva de los años, supuso la más vergonzosa cicatriz en el patrimonio histórico. Su apertura arrasó con varios conventos y calles, palacios y casas solariegas.

La lista de la infamia continúa en los años setenta, cuando culminó la destrucción de las joyas de la arquitectura nobiliaria. Refiere Álvaro Hernández que en esa época perdió la ciudad el palacio de Riquelme, cuya portada sirve de entrada al Museo Salzillo; el del marqués de las Almenas; el del Conde de Roche, y el denominado Huerto de las Bombas, donde de milagro salvaron su portada y hoy está en el jardín del Malecón, que siempre fue el Botánico pero que también se emplearon los políticos en borrarlo del mapa.

En este último grupo destaca, para sonrojo de las autoridades de la época, la destrucción de ese palacio del marques de Ordoño, obra del arquitecto Pedro Gilabert y ya documentado en 1794. Su eliminación no solo privó a la urbe de una suntuosa fachada. Además, arramblaron con los frescos que Baquero Almansa atribuyera a Pablo Sístori y con una espléndida azulejería valenciana.

«El edificio fue destruido en 1976 a pesar de ser uno de los más bellos del entramado urbano, pues no tenía rival», reconoce el autor en su obra. De hecho, sirvió al mismísimo Salzillo como modelo de su palacio de Herodes en el célebre Belén.Pero no pasó nada, oiga. Existe la anécdota de un extranjero que se ofreció a comprar la fachada, incluido el blasón, aunque la familia Herrera prefirió conservar el legado de los Fontes, familia ilustre que levantara el edificio.

Conservar... para la ruina. Lo suscribe el prestigioso catedrático Cristóbal Belda en el prólogo del libro: «El olvido de una sociedad desmemoriada incapaz de reconocerse a sí misma». Y de sus más humildes casas también se ocuparon los elementos. Sobre todo, las riadas que arrasaron 1.300 viviendas en los siglos XV y XVI. Eso, por cierto, causó que incontables inmuebles nobles perecieran por los pésimos materiales empleados en su construcción y, al menos, abrieron la puerta al memorable siglo XVIII barroco que inundaría el plano urbano de irrepetibles joyas arquitectónicas.

No todo fue malo. Pero poco. De esta terrible masacre se salvaron, de milagro según mantienen casi todos los autores, lo poco que se conserva de una época dorada. Entre ellos, los palacios de Fontes (actual sede de la Confederación Hidrográfica del Segura), el de González Campuzano, Fontanar, Pacheco, Almodóvar o aquella de los Vinader, en el Romea, hoy de los García Perea.

La propuesta de Álvaro Hernández se completa con otra novedad, si bien antes estudiada, nunca hasta ahora tan actualizada y a la mano de los amantes de Murcia. Se trata de la catalogación de los 47 escudos que se conservan en la ciudad. De los perdidos, mejor ni preguntar. Y eso que, por cierto, también están protegidos. Libro en mano puede uno pasearse por la ciudad y admirar -imaginar en tantos casos- donde moraron linajes murcianos tan conocidos como los Riquelme, las sagas de los Fontes, Alonso, Díaz de Mendoza, Puxmarín, Zarandona, Melgarejo o Palao.

A través de las letras, este joven investigador transporta al lector a la casa del licenciado Cascales, en la calle Sociedad, o imagina el antiguo palacio de Lucas, luego hotel Madrid, luego Boulevard Cetina. Y también conocerá personajes que el tiempo condenó al olvido, como José Marín y Lamas, uno de los grandes mecenas de la historia de la ciudad y que mantenía casa en Frenería. Es, en fin, una auténtica delicia de obra para redescubrir el pasado.

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