Y los martes, duendes en la calle de la Sal

La Torre del Duende, otra de las supuestas casas embrujadas en Murcia./
La Torre del Duende, otra de las supuestas casas embrujadas en Murcia.

Toda la ciudad quedó pendiente de los terribles gritos y las fumarolas de azufre que brotaban de una vivienda embrujada

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍASMurcia

En Murcia, como corresponde a tan hermosa ciudad, siempre hubo duendes. Y no menos fantasmas. De carne y hueso, desde luego, pulula alguno. Sin embargo, también la habitaron incorpóreos, de aquellos que, cada cierto tiempo, quebraban con sus supuestas apariciones la rutina de la urbe. Eso sucedió en 1894 en el barrio de San Antolín donde, cada martes, en la misma casa y de forma puntual, los duendes se daban cita para aterrar al vecindario, primero, y después, cuando los diarios contaron la noticia, a media ciudad. Pasen y asústense.

Los murcianos conocieron tan curiosos hechos el 7 de noviembre de 1894, cuando el periódico 'La Paz de Murcia' lamentó: «Indudablemente, volvemos a los tiempos antiguos de fantasmas y duendes». Al parecer, la noche anterior se había producido una grande alarma en una vivienda de la calle de la Sal, después renombrada Federico Balart.

Ya en el primer párrafo de la crónica, el rotativo advierte de que «todos los martes (día aciago) los duendes hacen una visita, presentándose en la forma acostumbrada de ruidos misteriosos y luces de colores». Pero aquella madrugada, como exclamaría un huertano, se salieron «de parva». La parva, ya que estamos, era la mies amontonada en la era y sobre la que pasaba el trillo. Los granos que se salían de la parva quedaban, por tanto, fuera de donde debían estar.

Los duendes, en cambio, querían estar en la calle de la Sal. Y encima, hacer patente su presencia. Porque «todos los vecinos», según el diario, aseguraron que la alarma llegó a tal extremo que hasta el lugar «acudieron varias autoridades y que hubo que desalojar la casa que los invisibles duendes han tomado para campo de sus operaciones». Lo que provocó la risa de algunos y, en aquella época, el terror en otros muchos. Pese a ello, el redactor ya adelantaba que era conveniente «dar con el duende, para dar con sus huesos en la cárcel y que allí siguiera maniobrando». Aunque, para ello, hubiera que esperar al próximo martes, cuando «se repetirá la función».

Otro de los diarios, 'Las Noticias de Levante', que tenía su sede en la plaza de Los Apóstoles, se hizo eco de aquellos sucesos al día siguiente. Por eso conocemos que el tema sobre el que giraron todas las conversaciones en los cafés y las tertulias de la ciudad fue la aparición de tan curiosos fantasmas.

«Espíritus de condenados»

«Fueron muchísimas las personas que ayer pasaron -señalaba el rotativo- con el solo objeto de echar una miradita a la casa en que, según rumor público, los duendes están ahora celebrando reuniones». Ocupación que atribuía a «gente ignorante y 'supersticiosa'» que aún creía tales patrañas «a pesar de vivir en el siglo de las luces». Esas mismas gentes «están ya más de una semana sin dormir».

El diario aportaba los detalles del supuesto prodigio. Aunque ni siquiera los afectados se ponían de acuerdo para describirlo. Unos mantenían que por la chimenea brotaban, cumplida la medianoche, «unas llamas rojizas y azuladas, entre las que parece que danzan espíritus de brujas y de condenados». Había que tener imaginación, desde luego. Casi tanta como quienes añadían que, justo tras la última campanada de las doce, una paloma blanca se introducía por la chimenea «y detrás de ella una legión de espíritus cantando algo así como un miserere».

Otros perjuraban, con similar convencimiento como inquietud, que las llamas despedían un tufillo a azufre «que no hay quien lo resista». Y que antes del espectáculo «sienten un sudor muy frío y que se les erizan los pelos». E incluso no faltó quien mantuviera que los golpes se escuchaban durante todo el día.

El tono jocoso de la crónica nos impide aclarar hoy cuánto declaraban los vecinos y cuánto añadía, muerto de risa en lugar de pavor, el redactor de turno. Porque incluso añadió otras galeradas donde aclaraba que los duendes escaparon de la calle de la Sal «y de un vuelo se trasladaron» a Beniaján, donde le robaron todos los muebles a un pobre hombre, quien escuchó una voz que le decía: «Esto es por no haber pagado la contribución». O el caso de otro parroquiano que aseguraba haber visto junto a la orilla del río a un animal bastante largo, que debía ser un lagarto, «el cual todas las noches al pasar él está cantando peteneras». Concluía el periódico que muchos desocupados acudieron al lugar «deseosos de oír los golpes y ver las luces de colores, pero no oyeron ni vieron nada».

Gente principal

En la edición del 9 de noviembre, 'Las Provincias de Levante' señalaba que los misteriosos golpes habían sido oídos, ya no por ignorantes, sino también por «personas de tanta significación como D. José Esteve, D. Miguel Giménez Baeza, don Teodoro Danio, el Sr. Cura de San Antolín, los inspectores y agentes de orden público...». A uno de esos agentes se le ocurrió sacar su revólver y, en ese preciso momento, «dieron un golpe y el hombre se quedó tieso». No pertenecían a cualquiera aquellos nombres citados por la prensa. Esteve Mora, entre otras cosas, fue diputado, como Giménez Baeza, y presidente de la Comisión de Hacendados. Danio llegaría a alcalde de Murcia. Y el párroco de San Antolín, Pedro González Adalid, era uno de los sacerdotes más queridos de la ciudad.

El 'Diario de Murcia' terció en el escándalo dos días más tarde, lamentando que gente tan principal se inmiscuyera en asuntos fruto de «la ola de ignorancia y de la superstición a su máximun». Así, se preguntaba si es que acaso lo sobrenatural «va a golpear en los tabiques para asustar a los guardias de orden público». Y apostillaba: «¡Por la Virgen Santísima!». Por aquellos días también se extendió otra espléndida historia, tan desconocida como la anterior y, sin duda, sabroso anzuelo para plagiadores al uso. Al parecer, sobre la sepultura de una bella murciana creció una flor, que pronto las gentes describieron como la evidencia de que ni siquiera la muerte podía condenar tanta belleza. Era un simple jaramago. Aunque para 'El Diario', «estas son hermosuras poéticas, pero no duendes ni tonterías».

Está por aclarar si algo tuvieron que ver en la imaginación popular ciertos hechos misteriosos que sucedieron unos días antes en la calle madrileña del Príncipe Anglona. El diario 'La Paz de Murcia' relató que se había producido en aquella urbe «un gran pánico entre los vecinos por haberse extendido el rumor en todo el barrio que en uno de los pisos se albergan duendes, brujas, etc.».

El etcétera, como resulta lógico, despabiló la invención de quienes advertían de que se escuchaban extraños ruidos, como si alguien arrastrara cadenas o grillos. Otros, más encaminados y según el mismo periódico quienes «serán indudablemente los que acierten, aseguran que deben ser los duendes gente 'laboriosa', que se ocupa de noche de alguna 'industria', cuyo privilegio de invención quieren guardar en secreto los inventores». Hasta hoy, también era un secreto tan sabroso acontecimiento.

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