La maestra que imaginó la escuela moderna

Comedor de la escuela que dirigía en Murcia María Maroto. /
Comedor de la escuela que dirigía en Murcia María Maroto.

Medio siglo después de su fallecimiento, la maestra María Maroto aún se recuerda como una de las defensoras de la educación femenina

ANTONIO BOTÍASMurcia

No nació en Murcia, pero incluso pocos lo sabían. Porque casi toda su vida la pasó en esta ciudad, donde su impulso a la cultura y a la educación, con especial interés en las mujeres y niñas, le valdría el reconocimiento de su generación, una calle y el nombre de un colegio. Se trata de la maestra María Maroto, madrileña descendiente de una saga de impresores que recaló en la Región, donde se establecería para el resto de sus días, que fueron largos y prósperos.

María, acaso como un presagio, nació en la calle del Limón un 15 de agosto de 1878. Era la mayor de 7 hermanos. Sobre ella recayó la responsabilidad de velar por la familia cuando su padre falleció en 1898. La joven había iniciado en 1895 sus estudios en la Escuela Normal de Maestras, donde se licenciaría en septiembre de 1899. Cursar los cuatro años le supusieron obtener el título de maestra de primera enseñanza superior, que lograría con solo 20 años.

Como destacó su nieta Cristina Herrero, profesora titular de la Facultad de Documentación de la Universidad de Murcia y la nieta más pequeña de Maroto, el primer destino fue Segovia. Cobró unas 1.500 pesetas anuales como profesora de Ciencias, hasta 1903.

«En ese año aprueba la oposición de Maestra y se incorpora a su plaza de regente de la Escuela aneja femenina de Murcia. A partir de 1906 era también profesora de la Escuela Normal de Maestras», apunta Herrero, quien recuperó valiosos escritos de la profesora que evidencian su entrega absoluta a la cultura.

En uno de ellos, datado en 1909, advertía de que «estoy convencidísima de que el porvenir de España depende de la mujer y, entre estas, más particularmente de las madres y las maestras. La mujer en sentido general no está educada, no se encuentra en condiciones por su ilustración de dar el primer impulso a la obra de la regeneración española». Y entre las cosas que apuntaba como indispensables para la educación femenina figuraban algunas tan revolucionarias entonces como la «contabilidad doméstica, para que los gastos de una casa [...] guarden la debida proporción con los ingresos».

Doña María fue, como se denominaba entonces, regente de la Escuela Graduada aneja a la Escuela Normal, de cuyo claustro formaba parte, con voz y voto en igualdad de condiciones. Al trasladarse a un nuevo edificio ambas escuelas, renombradas Colegio Nacional de Prácticas, el Ministerio de Educación autorizó la solicitud del profesor Juan Barceló Jiménez de que ese colegio, anejo a la Normal, en sus secciones de niños, niñas, maternales y párvulos, se siguiese llamando 'María Maroto', en recuerdo de la ilustre profesora.

Así figuró en el edificio del Camino de Churra una inscripción que rezaba: «Escuela Normal San Isidoro. Colegio Nacional de Prácticas María Maroto». Antes del traslado, las Escuelas ocupaban un inmueble a dos pasos de Belluga, en la plaza de Fontes, propiedad de Antonio Urbina, marqués de Rozalejo.

Las virtudes de su vida

Juan Barceló, en 1968 director del San Isidoro, recordaría en la prensa que «los murcianos hemos tenido siempre conciencia de la labor realizada por doña María Maroto, y de las virtudes que adornaron su vida». Por esas razones, el Ayuntamiento de la capital acordó por unanimidad que una calle de la ciudad llevara su nombre. Poco más se escribió de tan insigne mujer.

Una de las primeras noticias en la prensa local que recuerdan a la profesora fue publicada en 'El Liberal de Murcia' el día 27 de enero de 1904, apenas un año después de su llegada a la ciudad. Pero no estaba relacionada, ni de lejos, con la educación. A María y a su hermana la citan en la lista de regalos que le hicieron a una pareja de novios. Ambas les entregaron «un 'cabás' de viaje». Unos meses más tarde acudiría a una reunión de la Junta Provincial de Instrucción Pública, «en sustitución de la directora de la escuela Normal».

Fue por aquellos años cuando la joven conocería a Manuel Herrero, empleado del Registro de la Propiedad, con quien se casó en 1908. Curiosamente, como destacó también Herrero, «se casó en mayo de 1908 vestida todavía de luto por su padre». Más adelante, tanto la madre como las hermanas de la maestra, llamadas Leonor y Milagros, se establecerían en Murcia. Las dos seguirían los pasos de María y se convertirían en profesoras. La familia se completó con la llegada de otra hermana, Rosario. María Maroto tuvo tres hijos, pero le sobrevivieron solo dos: Mercedes y Manolo.

La maestra participaría en las llamadas Misiones pedagógicas que impulsó la Segunda República a partir de 1931, difundiendo la cultura, a través de conferencias, teatro y recitales, música y otras materias en las zonas rurales. Pero llegó la Guerra civil y a María la cesaron de directora, aunque conservó la plaza de profesora.

Al concluir la contienda, como apunta Herrero, fue sometida a aquellos temibles expedientes de depuración y, «cuando se le anima a delatar la conducta en contra del Movimiento Nacional de alguno de sus compañeros, en lo único que piensa es en los niños».

Alejar el odio de los niños

Por eso advirtió de lo nocivo que fueron durante la guerra los cambios de profesores, que sumían a la escuela «en un abandono grande, y precisamente en momentos en que la niñez debía estar más atendida y cuidada para alejar de ella el ambiente de odio y de lucha tan impropios» a esas edades. En 1941 volvió a ser nombraba directora.

Durante casi medio siglo, María Maroto dedicó su vida a la educación, hasta que se jubiló en 1948, cuando contaba 70 años de edad. A partir de ahí vendrían los reconocimientos y homenajes, de los que disfrutaría el resto de su vida. Por ejemplo, en 1960 recibió uno de la Mutualidad de Enseñanza Primaria «por su labor ininterrumpida, durante casi cincuenta años, dedicados con todo entusiasmo y con gran competencia pedagógica a su dignísima tarea».

Los diarios se hicieron eco de la muerte de María el 14 de agosto de 1966. De ella, el semanario 'La Hoja del Lunes' aseguró que «por sus excepcionales cualidades personales contaba con generales afectos y numerosas amistades, que se pudieron de manifiesto en el acto de su entierro». Aunque ni una línea sobre la espléndida trayectoria académica «de tan bondadosa dama». Algo, por lo demás, común en estas tierras hacia sus hijas ilustres. Y también hacia sus hijos.

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