Las escandalosas silleras de San Juan

Sillas en alquiler para la Semana Santa de 1994/
Sillas en alquiler para la Semana Santa de 1994
La Murcia que no vemos

Durante décadas controlaron el negocio de las sillas de alquiler, que acarreaban de la cabecera a la cola de los desfiles para reutilizarlas

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍASMurcia

Sus nombres propios no pasaron a la historia de Murcia. Pero formaron un improvisado y castizo gremio que, durante décadas, controló el negocio de las sillas de alquiler que cubrían las calles durante las fiestas y las plazas de las parroquias en las grandes solemnidades. Eran las conocidas silleras de San Juan.

El 'Diario de Murcia' publicó una descripción en 1897 de tan curioso oficio, el de «sillero ambulante». Aseguraba el redactor que «el tipo de este industrial es nuevo». El origen del negocio se produjo cuando a alguien se le ocurrió acercar «una docena de sillas» a las puertas de las iglesias donde se celebraban funciones solemnes para alquilarlas a las señoras. «Y ahí nació esta industria, que aunque pobre, tiene sus buenas temporadas», añadía el diario.

Por aquellos años era numeroso el gremio de silleros, si tenemos en cuenta que había sillas bastantes «para cubrir dos filas» en procesiones tan largas como la de Nuestro Padre Jesús, tradicionalmente conocida como de los Salzillos, o la de San Antolín.

Aunque el negocio escondía un secreto. No es que se colocaran sillas a lo largo de toda la carrera, como sucede en la actualidad. La realidad es que, como explicó el periódico, «las mismas van sucesivamente poniendo del final a la cabeza de la procesión». Así, conforme pasaba el último paso del desfile o carroza del Entierro, una legión de silleros retiraba los asientos para trasladarlos a las calles por donde aún no había discurrido el desfile.

Este increíble ritual, por si fuera poco, se repetía una y otra vez. «Silla hay que se ocupa cuatro o cinco veces en una misma procesión», destacaba 'El Diario'. «Las que han servido a la salida de las imágenes, vienen luego a la Frenería, de aquí a la Platería, a la calle de San Nicolás, y a Jesús otra vez». De esta forma, con el servicio prestado en solo dos procesiones, «gana la silla más de lo que vale».

Apuntaba el redactor que, pese a costar poco, «lo mismo se sienta en ella la robusta huertana que la hace crujir bajo su peso macizo, que la endeble señorita que apenas ocupa la cuarta parte de ella». Del relato se desprende, por otro lado, que no existía un monopolio en el alquiler de sillas, porque siendo todas iguales «en su forma y por su mal estado», los dueños las conocían al vuelo pues les pintaban letras o números, «o por cintajos que les atan».

Estorbo, escándalo y abuso

Sería muy divertido, si es que antes de las procesiones no se acordaban unas mínimas normas, contemplar el trasiego de silleros acarreando asientos de un lado a otro de la ciudad. Divertido, a menos que uno viviera en esas calles.

En 1898, los vecinos del «trozo primero de la Frenería», desde Belluga a Puxmarina, advertían al alcalde del «estorbo, escándalo y abuso de los silleros ambulantes». Al parecer, estorbaban el paso de las procesiones y provocaban una monumental algarabía por las noches «para coger los sitios», sin olvidar que «interceptan la entrada a los vecinos». Pero, ¿quiénes eran los silleros en cuestión?

'El Diario' resolvió esa duda en una crónica publicada el 20 de abril de 1897, dos días después del Domingo de Resurrección. Eran en su mayoría mujeres «y del barrio de San Juan» las encargadas del alquiler. Para el redactor resultaba lógico que provinieran de aquel humilde barrio, «la mapa de estos pequeños medios de ganarse la vida».

Concluidas las fiestas, los silleros desaparecían hasta la festividad del Corpus. Tan solo un tal Valero, a quien 'El Diario' describe como «el fundador de esta industria», mantenía el servicio para «las pequeñas necesidades de las funciones de la iglesia». Por último, el periódico señalaba que era la única industria que no pagaba contribución.

1. Nuevo oficio. Una nota publicada en 1897 en 'El Diario de Murcia'. 2. Críticas. Los vecinos del centro protestan por los silleros en 1898. 3. Medio millar. Los silleros, en 1900, ofrecían 500 sillas para las Fiestas de Primavera.

Los silleros también celebraban la convocatoria de las novenas a las distintas Dolorosas que se veneraban en la ciudad. Prueba de ello es que el diario 'El Liberal' publicó en 1916 que en la novena de la parroquia de San Bartolomé, de tan concurrida, «se agotan las sillas de los silleros ambulantes». El número de sillas que manejaba el gremio es difícil de aventurar. Aunque se conocen las que se instalaron en La Glorieta para la Feria de Septiembre del año 1900. Según el mismo periódico, en una de las veladas «se ocuparon 1.600 sillas del paseo, y como unas 500 de silleros ambulantes».

Y se acabó el negocio

En 1931 ya eran consideradas las silleras murcianas una institución. La revista 'Patria Chica' las definía como «esas pobres mujeres de los barrios bajos, la mayor parte de ellas viudas y cargadas de hijos, otras ancianas, y todas ellas gente necesitada». La revista destacaba que «tradicionalmente estas pobres mujeres vienen disfrutando esta exclusiva de la colocación de sillas».

Sin embargo, por aquellos años les salió competencia. Nada menos que la Casa de la Misericordia, en el intento de atraer fondos, precisamente, para atender familias tan pobres como las silleras. La Diputación colocaba unos sillones en primera fila, «dejando para último término y donde pueda ser» a las mujeres, denunciaba la publicación.

Pocas referencias atesora la prensa sobre el futuro de aquellas murcianas que, a golpe de silla, peleaban el pan de sus familias. Tan curioso negocio se mantuvo, mal que bien, muchos años. Eso no impidió que el ayuntamiento intentara, de aquella forma, regularlo.

En 1968, por ejemplo, quedó desierto un concurso municipal para «el servicio de sillas en la vía pública, durante la Semana Santa y las Fiestas de Primavera». Hasta que en 1970 se decidió adjudicar la subasta de sillas y tribunas al Cabildo de Cofradías.

Durante el Pleno municipal del 6 de abril de aquel año, el entonces concejal Manuel Medina Bardón advirtió a sus colegas de que esa decisión había permitido la desaparición de «aquel deprimente comercio de las silleras individuales». Comenzaba así una nueva etapa que culminaría con el control de gran parte de las sillas en manos de varias familias gitanas. Pero esa es otra historia aún por contar. Para el que se atreva, claro.

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