«Ante tanta ruina, algo había que hacer»

Los socios de la asociación etnográfica La Hijuela posan en un campo de vinagrillos ante los desarrollos urbanísticos de El Puntal./Ana Bernal
Los socios de la asociación etnográfica La Hijuela posan en un campo de vinagrillos ante los desarrollos urbanísticos de El Puntal. / Ana Bernal

La asociación etnográfica La Hijuela denuncia con una campaña la indiferencia ante la destrucción del paisaje, los valores y señas de identidad de la huerta de Murcia

Manuel Madrid
MANUEL MADRIDMurcia

Hace tres años surgió la idea de crear la asociación etnográfica La Hijuela. Un grupo de amigos desencantados con la desconsideración hacia las tradiciones y ante el progresivo deterioro de la huerta decidieron poner en marcha esta entidad que es, en realidad, un proyecto común de recuperación de la memoria. A primeros de 2018 les rondo la posibilidad de retratarse en lugares abandonados para lanzar un mensaje a la ciudadanía para que despierte y se implique en el conocimiento y conservación de sus señas de identidad, del paisaje común, y de unos usos y costumbres que suenan a antaño pero que, pese a todo, siguen teniendo vigencia en el acelerado mundo de hoy. Fue así como decidieron vestirse con sus mejores galas huertanas y ser retratados por la fotógrafa especializada en tradiciones Ana Bernal. Durante las Fiestas de Primavera fueron bombardeando las redes sociales y comprobar si producía un impacto.

«Esos paisajes nuestros se van deshaciendo, no queda ya apenas nada de las construcciones antiguas, de las acequias», se apena José Dimas, presidente de La Hijuela, que tiene 25 miembros y está abierta a incorporaciones (cuota anual de 20 euros). Las localizaciones fueron la zona más urbanizada de Murcia, el entorno de la urbanización Joven Futura, en Espinardo, un sector de huerta protegida que fue enladrillada durante los años del 'boom' de la construcción mediante la fórmula de cooperativa de jóvenes y bajo el amparo de la administración local, que dio todas las facilidades. En muchos casos son lugares amenazados por futuras expansiones urbanísticas, retales del pasado que han quedado descontextualizados y que, si se han conservado, no ha sido por las normas urbanísticas (la protección no es garantía de conservación) sino por la presión ciudadana y de organizaciones que no han pasado ni una en un martilleo que ha resultado triunfador en algunos casos.

Ana Bernal explica a 'La Verdad' que el empeño de Juanfran García Guillén y Dimas dio sus frutos y se ha traducido en una serie de foto-denuncias dentro de una campaña titulada 'Ante tanta ruina, algo había que hacer', para la que andan buscando un patrocinador que les ayude a montar una gran exposición a la vuelta del verano, coincidiendo con la semana cultural de La Hijuela.

«Yo me he criado en ese mundo y me duele muchísimo ver cómo se destruye», lamenta la fotógrafa Ana Bernal

«Conozco todos esos sitios -cuenta Bernal- porque yo he sufrido en mis propias carnes el avance del ladrillo. Aunque yo soy de Los Dolores, cuando me casé me fui a vivir a Santiago y Zaraíche. Vivía en la huerta, en una calle donde había un membrillero y por donde pasaba una acequia por debajo de mi casa, y todo alrededor está hoy lleno de edificios. Recuerdo que había un pedáneo que nos decía, hace muchísimos años, que aquella zona acabaría teniendo centros comerciales. Los vecinos no nos lo acabábamos de creer, pero tenía razón, y es lo que al final se hizo».

Bernal reconoce que no se ha sorprendido ni se ha topado con nada que le asombre respecto al deterioro de este espacio singular de nuestro municipio del que hablaron maravillas los poetas de otras épocas y que fue retratado por viajeros y fotógrafos a lo largo de las décadas. «No me sorprende ya nada con la huerta», dice la autora de las imágenes que acompañan este reportaje, dolida porque se sigan entubando cauces y porque se desprecie con tanta facilidad un paisaje genuino para sustituirlo por otro sin personalidad. «Mi vida», recuerda Bernal, «ha transcurrido entre bancales, yo he bebido agua del brazal camino de la escuela, y me he criado en este mundo, por eso me duele muchísimo ver cómo se destruye. Me sorprendió mucho que al principio la gente no entendiera la campaña cuando subíamos las fotografías a nuestra cuenta de Facebook. No entendían por qué salían esos huertanos con su indumentaria más espectacular y se retrataban junto a un contenedor, en una casa derruida, ante una acequia entubada, o en un campo de vinagrillos con los edificios de Joven Futura al fondo. Nos decían que cómo podíamos arruinar fotos tan bonitas. Pero el sentido era justo lo contrario, hacer visible que ese mundo nuestro se viene abajo».

De alguna forma, esa cultura y esas tradiciones locales han encontrado una indiferencia en el murciano que las consideraba un anclaje al pasado, a la decadencia, como si el futuro se construyese sobre el pasado borrando todo lo que no sugiera progreso. «Amo Murcia porque he nacido en Murcia, pero yo no soy una acérrima defensora de Murcia», afirma Bernal. «Pero me gusta enterarme de mi gente y de mis costumbres y ver el lado bueno y feo de las cosas para que podamos mejorar».

La Hijuela mantiene la ilusión de que cada vez más gente reflexione y actúe. Porque la huerta no es un término que representa algo aislado y decadente. «Nuestra intención es recopilar en documentos que hay sonidos y músicas, un patrimonio gastronómico diverso, una indumentaria sobre la que seguir investigando. Hay 85 peñas, pero apenas hay publicaciones. Seguiremos luchando contra la dejadez y la indiferencia».

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