Las amas de casa que se pusieron el oficio por bandera

Sin miedo. María García, con una calavera en su cementerio./
Sin miedo. María García, con una calavera en su cementerio.

Murcianas eran la primera enterradora en España, la saltadora en paracaídas, la chófer de ambulancias y una procuradora de acequias de la huerta

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍASMurcia

Casí cinco largos siglos de Ordenanzas de la Huerta. Y la landrona sin limpiar. Generaciones de acequieros, sobreacequieros, jurados, arrendadores y guardianes. Y la landrona sin limpiar. E incluso miles y miles de juicios en el Consejo de Hombres Buenos y, mire usted por dónde, la landrona, que es un cauce que drena el agua de los bancales, sin limpiar. Hasta que la tía Josefa Hernández tomó el mando y sentenció: «¡Cuidado que el que se tuerza con esto de la landrona...!». Y la landrona, la de los Soriano, en Santa Cruz, la que estaba embotada de fango tras años sin mondar, quedó como una patena.

Josefa Hernández Marín, a sus 65 años, se convirtió en 1973 en la primera procuradora de una acequia en la historia de la huerta murciana. Los procuradores eran y son los responsables del cuidado de la espléndida red arterial que nutre de agua la vega. Y la tía Josefa tenía bien claras qué competencias le otorgaban las normas: «Se limpiará a su tiempo... y si no, los denuncio como es debido».

Josefa, tras su elección, pasó a formar parte de la historia de la Región. Y desempeñó su cargo pese a la edad, a los cuatro hijos que sacó adelante, al arduo trabajo en las trece tahúllas que tenía en arriendo y las cinco propias, lo mucho que bregaba para cuidar sus conejos y cerdos, lo atareada que andaba con el horno donde cada semana amasaba el pan... Como ella, muchas amas de casa demostraron que, pese a la esclavitud del hogar, podían descollar en las más inverosímiles ocupaciones.

Para Ángela Angulo tampoco fue un problema tener cuatro hijos y convertirse en la primera española, casada y con familia numerosa, que recibió en 1973 el título de paracaidista. Y eso que sus retoños aún eran pequeños, de edad comprendidas entre los ocho y los dos años y medio. Su afición surgió mientras acompañada a su marido, el capitán Fernández Gaytán, en las competiciones de salto donde participaba.

Pero tardó siete años en conseguir que le diera permiso para inscribirse en el antiguo Para Club murciano, una institución civil dirigida por militares. Ángela experimentó antes de recibir su título 6 saltos desde 400 metros de altura. Y los hizo en solo dos domingos en la Escuela Militar Menéndez Parada, hasta donde se trasladaba desde Granada. «Saltar es la cosa más sencilla del mundo», declaró a la prensa tras recibir su título.

También en Alcantarilla tuvo otra mujer, Francisca Angulo, el privilegio de ser la primera murciana que en 1971 saltó utilizando la apertura manual, «el máximo riesgo en el paracaidismo deportivo», advertía el diario 'Línea'.

Al volante

No menos sorprendente para su época resultó el oficio que, solo un año más tarde, asumió Josefa del Toro, la primera mujer conductora de ambulancias de España. De España. Josefa era muleña. Cuando le preguntaron sobre el particular su respuesta fue inmediata: «Algunas cosas se hacen porque hay que hacerlas, pero no es necesario darles importancia».

Josefa se puso al volante en 1973, según declaró un tiempo más tarde, porque el incremento en el número de accidentes y de enfermedades graves obligaba a muchos a trasladarse a los hospitales con mayor frecuencia. Estaba casada y tenía un hijo de once años. Cada día se encargaba de los servicios donde fuera requerida en las poblaciones de Alcantarilla, Pliego, Mula y sus pedanías.

Tres años después, Josefa Andreu también se compró su ambulancia. Tenía 29 años. y era de Caravaca de la Cruz. La idea surgió mientras acompaña a su marido en los viajes que realizaba como taxista. «Cuando él iba muerto de sueño pensaba yo: ¡Me voy a sacar el carnet!», recordó en una entrevista concedida a 'Hoja del Lunes' en 1987. Pero al final optó por la ambulancia.

Once años después tenía otras cuatro en servicio. Aún entonces luchaba contra quienes le decían a su marido: «Debía estar fregando platos, a lo mejor los tiene sin fregar», continuaba Josefa, quien suspiraba al concluir: «¡Si a mí me quitan de la carretera, me quitan la vida!». De hecho, incluso conducía embarazada hasta casi el momento del parto. Y diez días más tarde, volvía a ponerse al volante. Así era, como todos la conocían cariñosamente, Pepi, la de la ambulancia.

«Cuido bien a los muertos»

La historia de María García resulta harto curiosa. Durante décadas fue sepulturera en el cementerio de Mula, ocupación que heredó cuando falleció su marido, «dejándome una paga de siete duros», según declaró a 'Hoja del Lunes' en 1981, lo que la obligó a tomar el relevo en tan masculino oficio.

Por suerte, el esposo ya la había enseñado a hacer los llamados «tapes» de las fosas. Aunque no le dieron de alta en la Seguridad Social hasta varias décadas después. Fue considerada la primera sepulturera española.

Cuando el redactor le preguntaba de qué partido político era, María sostenía que de ninguno. «De puertas para adentro, aquí todos somos iguales. Y los muertos no se meten con nadie. Conmigo tampoco, porque les doy tan buen trato que no quieren irse». Y añadía entre risas: «Me gustaría morirme aquí mismo, en el cementerio, para no tener que andar mucho». Ole.

Era María, a su modo, experta en tan delicado trabajo, nunca exento de leyendas. Ella misma aseguraba que, «cuando viene algún cadáver, hay unos bichos negros con cuernos que lo huelen enseguida y salen a por la carne fresca. Nunca fallan. Recuerdo la última vez que salieron, porque al poco tiempo llegaron cinco muertos». Terrible. Como lo fue la despedida a los periodistas que la visitaron en el camposanto: «Aquí me tenéis. A vuestra disposición». Para tocar madera.

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