El deporte ciezano llora su pérdida

Juan Ortiz./A. G.
Juan Ortiz. / A. G.

Obituario. Juan Ortiz

ANTONIO GÓMEZCieza

«Era un hombre bueno». Ha sido la frase más repetida por los vecinos en todo el municipio de Cieza desde el pasado jueves, cuando se conoció el fallecimiento repentino, como una sorpresa helada, de Juan Ortiz.

Familiares, amigos, alumnos y gente, en general, del fútbol ciezano ya lo echan de menos cuando hace tan solo escasas horas que se ha marchado. Juan Ortiz ha sido un hombre de fútbol, entrenador del Club Deportivo Cieza, del desaparecido Cieza Promesas, de los juveniles del club espartero, pero, sobre todo, de las bases del balompié rojillo, donde estampó de manera aguerrida a lo largo de mucho tiempo una huella indeleble que será difícil borrar.

Como tampoco se olvidará el recuerdo que dejó en la comunidad educativa del actual colegio Antonio Buitrago de su ciudad natal, antiguamente conocido como Virgen del Buen Suceso, el popular 'Zaraiche', donde ejerció su labor docente durante años. Ni tampoco en la asociación Tocaos del Ala Ángel Soler, de la que es usuario su hijo Juanjo.

No se ciñó, con todo, su periplo vital exclusivamente a la docencia y al mundo del deporte y la enseñanza, sino que también tuvo tiempo para realizar una incursión en el ámbito de la política y entregar muchas de sus horas al servicio de su comunidad como concejal de Deportes.

Algunos de los que lo conocieron aseguran que, en el primer contacto, podía toparse uno con la sensación de estar frente a una persona adusta, como de corteza dura, pero luego, la interacción cercana, la relación en la distancia corta, revelaba a un ser humano afable, cariñoso y entregado a los demás.

Y su mayor entrega la tributó principalmente, durante todos los días de su vida, sin duda, a su familia. A su mujer, Pepita, y a sus hijos, Carmen María, Juanjo y Pedro Fernando. Fue este último, precisamente, el promotor de una comida de homenaje celebrada como aquel que dice anteayer, el pasado 4 de junio, coincidiendo con el 80 cumpleaños de Juan, en un céntrico restaurante de la ciudad, al que acudieron amigos y compañeros de toda la vida.

Lejos estaban entonces de sospechar que solamente le restaba un mes de vida y que, ayer, estarían acompañando en silencio su cuerpo inerte, junto a tantas personas, en el tanatorio de Cieza y en el posterior funeral celebrado en la iglesia parroquial de San José Obrero.

Con la marcha de Juan, la ciudad pierde un trocito vivo de la historia de su deporte, más concretamente de la tradición de su fútbol, pero, sobre todo, echará de menos en el futuro la figura de una persona bondadosa, de un hombre abnegado que, durante muchos años, fue visto como dilecto padre por las calles del pueblo empujando la silla de ruedas de su hijo Juanjo. Desde ayer, muchos ciezanos se sienten un poco más huérfanos.

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