Soñar no cuesta nada

Bernardo García y Juan Páez, en Los Habaneros./P. Sánchez / AGM
Bernardo García y Juan Páez, en Los Habaneros. / P. Sánchez / AGM

TOMÁS MARTÍNEZ PAGÁN

Este verano, una buena mañana a la hora del desayuno, en la cafetería Hexágono, frente al emblemático Hotel Entremares, me saludó un buen amigo de nuestro antiguo colegio, el Patronato del Sagrado Corazón de Jesús, y además con trato cercano por el mundo del fútbol; él buen jugador yo, solo aficionado, y además de eso también relacionados por el mundo profesional.

Le invito a compartir mesa e iniciamos la conversación. Entre otras cuestiones, y sabiendo de mi vinculación con las fiestas como Aníbal y presidente, me hace partícipe de un sueño que tuvo, allá por 2004, relacionado con Carthagineses y Romanos. Me cuenta cómo se despertó a las tres de la mañana y, consciente de que al día siguiente los sueños se olvidan, se levantó y escribió lo que tanto le había ilusionado. Al final se mezclaron sueños y deseos; o puede que el sueño fuese fruto de sus deseos, el caso es que como él estaba muy interesado en transmitírmelo y yo sentía curiosidad, quedamos en un emblemático lugar de la Trimilenaria para que me lo contase con todo lujo de detalles.

El lugar no podía ser más adecuado: el kilómetro cero de las fiestas históricas, frente a la Muralla Púnica, donde se encuentra el Miliario romano. Quedamos en el Restaurante Los Habaneros para hablar durante la comida. Yo le comenté a lo que íbamos al chef Juan Páez, que nos preparó un menú degustación muy a su estilo, llevadero para la tertulia y con un coste asumible a cualquier bolsillo, sorprendiéndonos a los dos con algunos de sus exquisitos platos.

Como cóctel de bienvenida, salmorejo de pimientos asados con chips de chato murciano, mini-marinera con anchoa 00 y caviar de aceitunas sobre pesto de guisantes y unas bombitas crujientes de caldero con su alioli. Al centro, nuestra hueva con mojama y almendras con un toque oriental, caballa con tomate, con su particular visión de un plato centenario, el que ya se ha convertido en el clásico pulpo a la brasa de Los Habaneros, un tataki de chato murciano con escabeche de apionabo y shiitake y un rabo de toro crujiente, relleno de gambón y canelón de royal de parmesano. Y de postre, arroz con leche caramelizado con helado de asiático y milhojas de fruta de temporada con Crema Madame.

La historia

Nos sorprendió con unos vinos de Madrid, de las Bodegas Tagonius de Tielmes: el primero un Roble Tinto 2016, elaborado con viñedos de la Ribera del Tajuña variedad tempranillo, syrah, cabernet y merlot que son la base del ensamblaje de este vino que se complementa con la crianza en roble; y el segundo, para probar también sus blancos, un Tagonius Blanco 2016 que, bien frío y manteniéndolo siempre a 6 grados, resulta equilibrado y refrescante, elaborado con variedad moscatel que le da suntuosidad, sauvignon blanc que le da potencia y las cepas autóctonas de Madrid, malvar y airen. Y entre plato y sorbo, Bernardo García me fue desgranando todo el sueño, proporcionándome al final una copia del escrito que había realizado en su desvelo, el cual reproduzco:

«¡Corre que no llegamos!, apremiaba a mi mujer para que acelerara el paso.

En la tribuna, casi repleta de espectadores vestidos de época, nos aguardaba mi hermano con su mujer para contemplar el final de la competición de 'Trirremes'.

Corría el año 2015, último día de las fiestas de Carthagineses y Romanos. Las naves cartaginesa y romana, réplicas de las llamadas &ldquoTrirremes&rdquo de la segunda guerra púnica, pugnaban por llegar los primeros a la meta situada a la altura del Campamento Festero.

Los romanos, estudiantes venidos como cada año de la Universidad de Roma, remaban con ímpetu pera alcanzar a los cartagineses; todos ellos universitarios de la UPCT.

Las naves ya habían dejado atrás el pequeño muelle del que parten los barcos que pasean a los turistas por nuestra costa y se disponían a pasar por debajo del puente de Quitapellejos para enfilar el último tramo hacia la victoria.

Hacía un día agradable para el mes de septiembre y no estaban muy revueltas las aguas de la Ría de Benipila; ría hecha artificialmente socavando lo que era la rambla del mismo nombre, haciendo entrar el agua desde La Algameca, con lo cual se consiguieron dos cosas, primera: aumentar la capacidad del cauce ante futuras avenidas de aguas de lluvia; y segunda: dotar a Cartagena de un atractivo más para el turismo y disfrute de los propios ciudadanos.

Mientras tanto, en el Anfiteatro de Antiguones recién remodelado, se ultimaban los preparativos para homenajear a los vencedores de las distintas pruebas celebradas durante las Fiestas. En la prueba ciclista La Ruta de Anibal, el vencedor era un cartagenero de nombre Asdrúbal, que saliendo de Cartagena y después de duras etapas sorteando los Pirineos y los Alpes, era el primero en llegar a las puertas de Roma. En la regata La Travesía de Escipión, el vencedor era un romano de nombre Cornelio, que tras salir del puerto de Ostia, atravesó el Mare Nostrum llegando el primero a Cartagena después de tocar puertos como Mallorca, Tarragona, Sagunto... Ese mismo día, en el recién inaugurado Estadio Olímpico Venancio José Murcia se celebraban las últimas pruebas de los reinstaurados Juegos Cartaginenses, que habían adquirido renombre internacional al participar en él los mejores atletas de los países mediterráneos. Con suerte llegaríamos a tiempo de ver terminar la prueba de maratón.

Después de un ajetreado día, llegaba el momento de relajarse. El Teatro Romano de Augusto había sido recompuesto por un ilustre arquitecto que trabajó en el Coliseo de Roma. Allí en el graderío, con la luna llena a las espaldas, mi mujer lucía preciosa con el atuendo romano; llevaba unos pendientes de estilo helenístico y una diadema y un tocado de perlas en el pelo. La noche parecía mágica; como si hubiésemos retrocedido en el tiempo dos mil años. Todo estaba preparado para que comenzara la obra de teatro clásico que iba a tener lugar. Se hizo el silencio. Al fin, una voz casi imperceptible se oyó decir: «...nubes de evolución en el interior y ascenso de temperaturas en el sur.» ...¡ ¿Pero qué es esto?! Mi perplejidad duró justo el tiempo que tardé en darme cuenta que la voz que escuché provenía del radio-despertador, que me avisaba que el astillero de Izar me estaba esperando.

De camino al trabajo recordaba el sueño y me decía a mi mismo lo iluso que era. Ni Anfiteatro ni Estadio Olímpico ni Juegos Cartaginenses...; en vez de un ilustre arquitecto italiano se contrató un ilustre arquitecto español, que cambió la recomposición del teatro por la consolidación de sus ruinas.

Después de dejar el vehículo en el aparcamiento, me dirijo al astillero por el puente que cruza la rambla de Benipila, como hago desde hace 24 años. Y al cruzar, miro al fondo de la rambla dirección la Algameca y luego al otro lado, dirección Quitapellejos; como si con la mirada pudiera hacer que entrara el agua del mar. Y así me la imagino.

Cuando lo comento con algunos compañeros me dicen que estoy loco. Que la rambla siempre será rambla. Quizá sea verdad. Quizá es que estoy loco; pero me gusta imaginarlo. Soñar no cuesta nada. Aunque sea una locura».

Así me doy cuenta de cuántas personas aman y quieren a nuestra Trimilenaria; cada uno a su manera, pero queriéndola siempre con todo su alma, lo que me llena de plena satisfacción. Termino hoy con una frase de ese gran boxeador que fue Mohamed Ali que dará mucho que pensar: «Cuando tienes razón, nadie lo recuerda. Cuando estás equivocado, nadie lo olvida».

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