Rafael Ortega, entre trovos

Rafael Ortega, en su popular bodega palmesana / LA VERDAD
Rafael Ortega, en su popular bodega palmesana / LA VERDAD

JOSÉ SÁNCHEZ CONESA

Hace unos días falleció Rafael Ortega, un gran defensor de las tradiciones del Campo de Cartagena. Durante unas tres décadas formó parte de las comisiones de fiestas de La Palma, continuando desde 1974 el ritual añejo de engalanar con palmas y banderas españolas las barandas de la torre parroquial, inequívoca señal de un pueblo que celebra sus patronales y que él se ha encargado de transmitir a sus descendientes. Presentó veladas troveras, formando parte del grupo promotor del monumento al trovero Marín, obra de la escultora Maite Defruc erigida en 1978 en su localidad natal. En aquel reverdecer del arte de la improvisación frecuentaba la llamada Escuela del Trovo de Juan 'El Calala', en la que se forjaron muchos de los repentistas actuales. Designado miembro del jurado del Certamen Nacional del Trovo, concurso que con el tiempo se transformaría en otro producto cultural: Trovalia.

Fue vicepresidente del Centro Cultural y Recreativo durante 19 años, entidad organizadora de los Juegos Florales del Campo de Cartagena en La Palma. Durante largo tiempo eran frecuentes sus Cartas al Director de 'La Verdad' en las que comentaba algún acontecimiento de la localidad o glosaba la figura del algún vecino que nos dejaba. Cultivó su viña de uva meseguera, que llegaron a trabajar los alumnos de la UPCT. Al respecto pergeñó un comentario sustancioso: «La variedad de uva que mejor se adaptó siempre a nuestra tierra fue la meseguera, la más rentable, dulce y aromática entre todas. Ha sido la dueña y señora del Campo de La Palma». En las paredes de su bodega, punto de venta y de encuentro de amigos, leíamos hermosas quintillas del rey de los troveros escritas en letra gótica. Hombre dotado para la organización de eventos puso en marcha un macro banquete, el Encuentro Nacional de los nacidos en 1936 en el Jardín Botánico de El Albujón. Por todos estos afanes la asociación de vecinos le otorgó la Palma de Oro en 2009.

Desde su bodega de La Palma, Ortega se erigió en firme defensor de las tradiciones y el arte de la repentización

'La palmera y el pilón'

En su libro 'La palmera y el pilón', publicado hace ahora 20 años e ilustrado con bellas plumillas de Pérez Casanova, enhebra recuerdos de paisanos que hace mucho tiempo nos dejaron pero de los que permanece, como un aroma, la respuesta ingeniosa o la enseñanza moral expresada en refranes o proverbios. Así nos narra que cada vez que se le solicitaba un pronóstico meteorológico a Ginés Saura siempre replicaba: «Cuando el gallo canta en el mular, cambia el tiempo o sigue igual». De esta manera siempre atinaba.

Demostraba Rafael con tales inventarios el respeto hacia los ancianos y a todo un mundo de tertulias, antaño celebradas en herrerías, barberías o sentados en los poyetes de una casa, mientras se tomaba el grato sol de una tarde de invierno. Sin prisas.

El propio título de la obra recoge los orígenes y toponimia de la comunidad local de Pozo Palma, surgida en torno a un pozo abrevadero propiedad del Concejo de Cartagena que para alivio de pastores y ganados estaba situado en la ruta trashumante. No faltarían ciertamente palmeras en sus inmediaciones, que la tradición oral sitúa frente a la vivienda ubicada actualmente en la calle Santa Florentina, número 11.

Curiosa siempre la transmisión oral, como la que recoge Ortega por boca de la familia de Vicente 'El del pino', quienes decían ser descendientes de un musulmán convertido al cristianismo, casado con cristiana. Desconozco la veracidad histórica de este aserto pero aseguro, por increíble que nos parezca, que he escuchado relatos similares verificados documentalmente, a pesar de los siglos transcurridos.

Nos recuerda la honda tradición de la familia Esteban ('Los Cholos') en la albañilería. Algunos de sus integrantes finalizaron, a mediados del XIX, la construcción de la ermita de los Santos Médicos. Fueron constructores no solo de viviendas sino de molinos de viento o norias. Uno de ellos, Francisco Esteban, participó como maestro de obras en la Casa Pedreño y en el viejo Teatro Circo de Cartagena. Otro palmesano, Manuel Bobadilla, tomó parte como encargado en el levantamiento del Palacio Consistorial, erigiendo en su localidad natal un magno edificio en la calle que lleva su nombre.

Rafael sabía que en cada casa del pueblo, hasta en las más modestas, se albergaba una bodega para el consumo familiar. Uno de aquellos expertos cosechadores fue Antonio Giménez 'El Lego', gran degustador de caldos, quien contestaba en verso a aquellos que le reprochaban tal afición: “Sé muy bien podar/ e injertar mucho mejor. / Si encuentro un cepo torcido/ le arrimo bien el tacón,/ y si yo me bebo el vino/ será con justa razón».

Ponía broche a su libro con una quintilla de su confección: «Reciban con humildad/ lo que de humilde proviene/ y con suma claridad/ darle valor si lo tiene/ sin ninguna cortedad».

Contó con el prólogo del catedrático de Literatura Juan Barceló y una introducción de su amigo de infancia Alfonso E. Pérez Sánchez, prestigioso director del Museo del Prado, hijo de palmesanos. Ambos descansan en el mismo camposanto, muy cerca.

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