Los pueblos más feos de España

Viviendas antiguas en una calle de La Palma, de estética inconfundible en el Campo de Cartagena. / JARM

JOSÉ SÁNCHEZ CONESA

Escribió la poeta (no le gustaba el término poetisa) Gloria Fuertes: «Yo me voy al pueblo, ahora/ a trabajar de pastora/ (si quedan ovejas), /a recoger miel / (si quedan abejas)». El campo ya no es lo que era ni tampoco los pueblos, que se han convertido en dormitorios. Según Appadurai, el dinero o capitalismo desorganizado y los medios de comunicación los han borrado, convirtiéndolos en no lugares, en una prolongación de la urbe. Los vecinos no se sienten ya vecinos, marchando a las grandes superficies comerciales para sumergirse en el anonimato, especialmente los fines de semana y festivos. Como señala el antropólogo Luis Díaz Viana, sus cafeterías, tiendas, cines y restaurantes sustituyen las actividades y las relaciones que tenían lugar en la plaza. Las propias relaciones interpersonales son sustituidas por internet y los 'reality shows' o los programas tipo Gran Hermano reemplazan la propia vida familiar.

El conocimiento de las culturas y las distintas formas de ser de lo humano de nada sirven si no contribuyen a mejorarnos, si no iluminan los procesos sociales de nuestro tiempo, mostrando lo que debe evitarse. La antropología, como ciencia de la cultura, nos ayuda a pensar sobre las razones que llevan a que unos elementos patrimoniales se extingan o se guarden en el desván de los trastos viejos en que se convierten algunos museos. Precisamente cuando una buena parte de ese caudal cultural mejora lo humano y lo podría seguir haciendo en el futuro.

Determinados rasgos urbanísticos o arquitectónicos merecen ser resaltados y protegidos para que no desaparezcan. Concitan ese interés social porque son testimonios de un pasado y porque estas edificaciones singulares conforman nuestro paisaje sentimental, siendo espacios que nos expresan, sintetizando una identidad personal y territorial. Todo esto parece evidente en el caso del Teatro Romano, Palacio Consistorial, Anfiteatro, los Molinos de Viento o el conjunto del Casco Antiguo, aunque algunas de estas edificaciones o la propia trama urbana hayan sido destruidas por acción u omisión del mercado, de las instituciones públicas y, por extensión, de una sociedad que calla.

La elaboración colectiva del Plan General puede ser salvadora para la arquitectura rural

Pasa desapercibido el paisaje arquitectónico de los pueblos del municipio, cuyos cascos antiguos han sido arrasados perdiendo estos espacios dignidad estética.

Determinadas tipologías de viviendas rurales que podemos considerar tradicionales forman parte del pasado para siempre, transformándose las localidades que los albergaban en lugares híbridos que a nada invitan ni nos hacen la vida más grata.

Legado arquitectónico

Paseando por algunas poblaciones de nuestro municipio aún vemos viviendas de ladrillo macizo de cara vista o fachadas de revestimiento de llagado y leve almohadillado, conocidas popularmente como fachadas de tabletas. Ya muy pocas mantienen la porchá anexa donde se guardaba el carro o la pintura de almagre o azulete en las cenefas que enmarcan ventanas y puertas. Vanos que guardan una proporcionalidad que nos viene del mundo clásico, en opinión del arquitecto Braquehais. No abundan ciertamente los poyos o poyetes como asiento para la familia y vecindario, los tejados a dos aguas, e incluso a cuatro, de teja de cañón o de teja plana o alicantina. Van desapareciendo los balconcillos a fachada consistentes en un murete o zócalo de ladrillo visto que sirve de apoyo a la cerrajería, siendo rematados en su parte superior por un tejadillo.

En otras áreas geográficas de España, con mejor o peor fortuna, se visibiliza el legado arquitectónico por su valor simbólico e identitario y como recurso del turismo rural junto a la arquitectura del agua, las vías verdes, la gastronomía local, la artesanía o las fiestas.

Importante aportación la de David Navarro, profesor de la UPCT, con una tesis en la que cataloga 63 mansiones rurales, proponiendo su uso hotelero y de restauración, siguiendo la experiencia exitosa del Véneto italiano. Pero insisto que además nos interesan los conjuntos urbanos que conforman viviendas, calles y plazas, así como el mobiliario urbano compuesto por farolas, barandillas, altares u hornacinas. Tan interesantes son las villas de recreo de la burguesía minera y comercial en las afueras como las casas ubicadas en las localidades o en los numerosos caseríos del campo, iglesias y ermitas, casinos, escuelas, posadas, bodegas, almazaras, recintos de almacenaje agrícola, mobiliario, lavaderos, canalizaciones de agua, norias, aljibes, abrevaderos y otras obras públicas.

Las poblaciones sin estos referentes simbólicos se convierten en «entes abstractos», en expresión de Manuel Luna, no ya por sus valores artísticos sino por «el significado que poseen para sus habitantes, incluso para sus posibles visitantes».

No desaprovechemos la oportunidad, quizá la última, que nos brinda la reflexión y elaboración colectiva del Plan General Municipal de Ordenación para solventar esta cuestión que afecta a la calidad de vida de la ciudadanía, a la identidad local y a la estética.

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