«Todo esto era un paraíso»

Francisco López observa uno de los solares abandonados del caserío de Los Chaparros, en Calblanque. Al fondo se ve el Mar Menor./Pedro Martínez / AGM
Francisco López observa uno de los solares abandonados del caserío de Los Chaparros, en Calblanque. Al fondo se ve el Mar Menor. / Pedro Martínez / AGM

Los vecinos de Los Chaparros critican el abandono municipal y autonómico del caserío, en Calblanque, y el mal olor de una depuradora

RUBÉN SERRANOCARTAGENA

«Todo esto que ves fue un paraíso agrícola; ahora es un vertedero». Francisco López, presidente de la Asociación de Vecinos de Los Chaparros, un caserío ubicado junto a la autovía de La Manga, frente al camping Villas Caravaning y Playa Honda, resume así ante el periodista el deterioro de la zona. El paraje pertenece al parque regional de Calblanque, pero eso no impedido el que, a día de hoy, sea un basurero de escombros y un rincón lleno de malos olores. Ahora, los residentes denuncian que les quieren instalar una antena de red wifi de 30 metros de altura delante de sus casas, sin previo aviso, «para exterminar del todo la poca vida que queda aquí».

La lucha de los vecinos viene de lejos. En Los Chaparros «no se puede dormir tranquilo», según López, porque hay un gran embalse de agua, agrietado por los laterales, apenas a diez metros de las casas. «Vives con la incertidumbre de si va a haber una pérdida, y a que puedan desaparecer nuestras propiedades de un momento a otro». También resulta difícil el descanso por «la fuerte luz» de los focos de la balsa, «colocados en sentido inverso», hacia las casas.

Dónde está
El paraje de Los Chaparros está junto a la autovía de La Manga, frente al camping Villas Caravaning y Playa Honda, en el parque regional de Cablanque.
Problemas
Hay escombros, naves abandonadas y solares próximos a las casas con roedores.
Mal olor
Hay una depuradora de aguas residuales y un embalse de agua agrietado, a diez metros de las casas. No hay farolas.

Un paseo con el delegado vecinal basta para confirmar el estado de este núcleo. La situación ha sido denunciada en los últimos meses por el grupo municipal Cartagena Sí Se Puede (Podemos), cuya portavoz es Pilar Marcos. López mira al horizonte con la mirada perdida, pensativo, como si quisiera comprender cómo el entorno ha cambiado tan rápida y drásticamente. A lo largo y ancho del paisaje hay montículos de escombros, agua estancada (con los correspondientes mosquitos), naves abandonadas, maquinaria oxidada y solares que son el escondite favorito de los roedores. «Es terrorífico; hace años veía todo el Mar Menor, incluso la luz del faro de Cabo de Palos se reflejaba en la ventana. Aquí llegué a ver hasta pelícanos. Era una imagen preciosa, digna de ver», rememora. Y lamenta: «Ahora se lo han cargado todo».

Unos metros más adelante de esa vieja fotografía de postal están las instalaciones abandonadas de dos empresas de la construcción. Hay maquinaria vieja y oxidada y restos de aceite. «Parece que a nadie le importa, por la dejadez que vamos observando». También hay solares abandonados próximos a las viviendas y torres de alta tensión. «Imagínate que hay un incendio, podría ser muy peligroso. Los matorrales están a seis metros de las casas»», alerta el presidente vecinal. Y añade que algunas explanadas se usan de escombreras, pues hay restos acumulados «de asfalto, de una obra que se hizo en la autovía de La Manga».

Con ruidos y sin farolas

Pero lo que más trae de cabeza a los vecinos, indigandos con la falta de atención de las administraciones públicas (Ayuntamiento, Comunidad Autónoma...) es la estación depuradora de aguas residuales. Debajo del depósito, apunta López, «hay plantas autóctonas totalmente enterradas, como palmito, romero y tomillo». «En vez de trasplantarlas, las cubrieron con tierra», denuncia. Y protesta por lo mal que huele a diario.

Los residentes echan en falta mamparas acústicas alrededor de las viviendas, acabar con «tantos años de abandono» y tener alumbrado público que, «ante la falta de policías», disuada al menos a los ladrones. Su conclusión no deja lugar a dudas: «Nuestro hogar está cada vez más cerca de ser un vertedero del Mediterráneo, donde la protección del espacio natural y de nuestras propiedades brilla por su ausencia. Esto es un gran desastre medioambiental y paisajístico, en una zona supuestamente protegida».

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