El Marqués de Tabuérniga

Cuadro que recrea la 'Vicalvarada', la revolución de 1854 liderada por el general O'Donnell contra el gobierno moderado y que impuso, en tiempos de la reina Isabel II, el Bienio Progresista./
Cuadro que recrea la 'Vicalvarada', la revolución de 1854 liderada por el general O'Donnell contra el gobierno moderado y que impuso, en tiempos de la reina Isabel II, el Bienio Progresista.

En ocasiones, nos puede sorprender que personas nacidas en nuestra ciudad y que tienen cierta relevancia personal sean prácticamente unos desconocidos para la mayoría de los cartageneros. Hoy traemos a la palestra el nombre de Juan Antonio de Padua Florán y Pastorín, Marqués de Tabuérniga (1801-1862), político, orador, poeta, periodista, traductor, crítico literario y diplomático español.

Sería injusto decir que es un total ignorado, pues como casi siempre Antonio Puig Campillo ya se hizo eco de su existencia en alguna publicación del pasado siglo; y, más recientemente, el profesor de la Universidad de Murcia Alfonso Saura ha indagado sobre la biografía y la obra de Juan Florán, y me consta que algún otro investigador también.

En base a estos estudios, conocemos que nuestro marques nació en Cartagena mientras su padre Vicente Florán, hijo menor de los Marqueses de Tabuérniga, ejercía de oficial de marina en nuestra ciudad. La conducta y el expediente militar del progenitor no fue nada brillante, hasta el punto de que su esposa y madre de nuestro protagonista, María Josefa Pastorin, decide abandonarlo y trasladarse con sus hijos a casa de sus padres, residentes en Murcia.

Fue en esta última ciudad donde comenzó sus estudios de Gramática Latina, y luego en Córdoba completó las licenciaturas de Humanidades y Griego. Tras un fugaz paso por la milicia, su inclinación a la Letras lo llevó a estudiar Jurisprudencia en Granada. Nunca más regresó a su tierra natal, de la que se despidió con un poema del que extrapolamos los siguientes versos: «En vano al dejaros / mi llanto reprimo: / en vano al hablaros / quisiera llorar; /y al cabo, si gimo, / mi mal no se calma; / ni muero, si el alma / concentra el pesar. / ¡Adiós, patria mía! / ¡adiós, cuna amada!».

Volvemos a encontrar a Florán en Madrid, como activo liberal durante el trienio iniciado con el pronunciamiento de Riego. Mesonero Romanos, testigo presencial, calificó a Florán, entonces veinteañero, de «el Castelar de la época de 1820 al 23» y de «fogoso tribuno de la sociedad Landaburiana». Restablecido el absolutismo, emigró a Londres en 1825, y por ese año anduvo también por Marruecos.

Apareció en París en 1831, donde se instaló junto a otros liberales exiliados. Y consta documentalmente una de las facetas más sorprendentes de este cartagenero: su capacidad como poeta trilingüe. Así, fue autor de una multitud de versos en español, francés o en inglés, que el poeta no leyó sino a sus íntimos amigos. Sus poemas nunca fueron editados, casi todos están publicados en periódicos y mucho de ellos bajo seudónimos.

Aunque su personalidad parece mucho más compleja y sus actividades más amplias, Florán era conocido ante todo por sus artículos sobre literatura española y sus traducciones del inglés al francés y al castellano.

Sus artículos más notables eran los publicados en L'Europe Littéraire, la revista del cosmopolitismo romántico que contaba entre sus accionistas con Balzac y donde colaboraban Heine o Víctor Hugo. Bajo el nombre de 'État actuel de la Littérature Espagnole', Florán había publicado una serie de artículos en francés, realzando los valores «románticos» de la literatura española. Tal era su dominio de sus traducciones que, hoy día, muchas de ellas siguen vigentes por su calidad literaria, ritmo y soltura.

De Valmar, en París

Su proyecto más ambicioso fue la edición de El Orbe Literario, periódico de ciencias, literatura y bellas artes en París en 1837, con colaboraciones, entre otros, de Leopoldo Augusto de Cueto, el Marqués de Valmar; curiosa coincidencia, pues los dos habían nacido en Cartagena. Volvió a España sobre 1843, y se dedicó a tareas literarias y periodísticas. Ya en 1846, lanzó en Madrid La Opinión, diario político, y tras la Vicalvarada fue elegido diputado en las Cortes constituyentes de 1854-56 y en las de 1857. Allí destacó como orador.

Recuperó el título nobiliario heredado de sus abuelos paternos y fue nombrado Gentilhombre de Cámara de Su Majestad. También ocupó, en comisión, el puesto de cónsul en Londres.

En 1855 apareció su retrato como diputado de las Cortes Constituyentes de 1857, realizado por José Vallejo y Galeaza. Fue descrito como un hombre moral, concentrado en tres rasgos: «la capacidad oratoria y política, su trato agradable, persona discretísima, de amena conversación y de muy finos modales».

Y poco más se sabe de este personaje, escasamente conocido, de su vida personal, sus circunstancias familiares, su fortuna y obra. Francisco Henares lo clasificó así: «Tan desconocido y múltiple». Murió discretamente en Madrid el 23 de agosto de 1862.

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