Gregorio Rabal escribe de pájaros

Antonio Vidal y Gregorio Rabal, con el libro, en la presentación del pasado viernes. / José María Rodríguez / AGM
Antonio Vidal y Gregorio Rabal, con el libro, en la presentación del pasado viernes. / José María Rodríguez / AGM

JOSÉ SÁNCHEZ CONESACartagena

El viernes pasado en el Teatro Romano, oficiando de anfitriona su directora, Elena Ruiz Valderas, tuve la dicha de participar en la presentación del libro de Gregorio Rabal Saura 'Hablando de pájaros. Ornitología popular murciana', ilustrado magníficamente con veintisiete acuarelas que ha realizado Antonio Vidal Maíquez. Gregorio, Antonio y Pablo Díaz Moreno, trovero de la ruralía lorquina y autor de la gran obra 'El caracol sin prisas. Cuentos de la sierra de la Almenara', procedieron a la lectura de algunos cuentecillos que debemos a la transmisión oral y que tienen como protagonistas a algunas aves. Pablo recitó un romancillo de su creación, incorporado al texto que presentábamos: «Aquí está la primavera/ en este libro encerrada/ con el gorrión en la higuera/ y la arzacola en las palas (...)»

Existe una creciente preocupación medioambiental e interés por la conservación de las diversas especies animales en la que trabajan grupos como Anse o Ecologistas en Acción. Pienso igualmente en mi amigo José Manuel Escarabajal con su empresa Birdingmurcia, dedicada al avistamiento de aves, actividad que tanto entusiasma a españoles y a un notable público extranjero, sobre todo procedentes de Reino Unido. Pero no es menos cierto que, en sentido contrario, una mayoría vive la desafección del medio rural.

La lectura del libro nos ofrece un catálogo de especies, poco habitual, con el nombre científico, nombre común, nombre vernáculo, descripciones y características del pájaro en cuestión, junto a aspectos etnográficos y folklóricos. Dentro de este último apartado desvela la falsa creencia sobre el hurto del aceite de las lámparas perpetrado por las lechuzas en las iglesias. Hasta lo recoge en un poema el mismísimo Antonio Machado. Estas aves nocturnas no estaban interesadas en ingerir el preciado líquido, más bien en los insectos que caían en el recipiente que lo contenía.

El hombre del medio rural trata a los animales con familiaridad y los humaniza al nombrarlos con términos vernáculos

A propósito del tema, mi padre muestra su admiración infantil ante la peculiar confección de los nidos colgantes que realizaba el tintín en los tallos del trigo evitando hacerlo en el suelo, ante el peligro de probables aguaceros, una auténtica tragedia para otros voladores poco avisados que los confeccionaban en el suelo. También lamenta que no se vean pajaricas de las nieves, con su plumaje blanquecino que el frío traía. Un mundo que se nos vuela.

La lectura del libro me ha enfrentado con mi propio pasado de niño de pueblo pero alejado ya del entorno vegetal y animal más inmediato. Pertenecía al grupo de los 'civilizados' frente a los 'queos', aquellos mozalbetes que se fumaban las clases para apedrear perros y subir a los árboles para contemplar nidos. Ellos sí que sabían distinguir a larga distancia toda clase de pájaros, bien fuese por su morfología, estilo de vuelo o cantos.

El folclore de los animales

Percibo el desapego actual cuando escucho a mi padre relatar nuevamente aquellas viejas consejas de su abuelo: «Hay que respetar a las golondrinas». En efecto, nuestros campesinos afirmaban que eran del Señor porque quitaron las espinas del crucificado Jesús. Ello explica el color rojizo de su plumaje entorno al pico. Sobradas razones como para procurar la salvaguarda de sus nidos, confeccionados en zonas anexas a las viviendas como eran las 'porchás', alegrando con su inquieto vuelo a los de la casa. Detrás de esta admirable advertencia sapiencial se hallaba el agradecimiento pragmático por la eliminación de insectos y por no comer el grano de la cosecha.

El hombre del medio rural trata a los animales con familiaridad, humanizándolos al nombrarlos con términos vernáculos, haciéndolos más suyos en un Génesis incesante. También pone palabra a sus onomatopeyas. Así nos enseñaban, desde críos, a decirle a los pavos: «¡Pavo, que viene la Pascua!», a lo que respondía contrariado con su peculiar 'glu-glu', interpretado como una muestra de desagrado por recordarle el fin de sus días.

La obra de Gregorio ha servido para recordar, del latín «volver a pasar por el corazón», cuando mi madre nos cantaba a mis hermanos y a mi «¡Juan, Juan, saca la escopeta y mata al gavilán!». Precisamente eran mujeres las encargadas de ahuyentar con esta cancioncilla, acompañada de palmadas, a estas ágiles rapaces que asolaban corrales. Formaba parte de todo un amplio repertorio de acciones diversas como la producción de ruido golpeando latas, las colgaduras de botellas o trozos de cristales que con sus reflejos espantaban a los gavilanes. Éstos eran conocimientos útiles en un mundo definitivamente desaparecido y que ha perdido su sentido.

Dignas son las publicaciones de Gregorio Rabal que le valieron el homenaje del IV Congreso Etnográfico del Campo de Cartagena, celebrado en la Facultad de Ciencias de la Empresa de la UPCT el día 23 de octubre de 2015. Un reconocimiento que compartió con Anselmo Sánchez Ferra. Ambos son nuestros particulares catedráticos de la cultura tradicional de la región, doctores en cuentos, bichos y matas. Hablamos de cosas serias al referirnos a la sabiduría que el pueblo ha atesorado durante siglos y que está a punto de extinguirse.

Esperamos otro producto de la factoría Rabal Saura, bien sea abordando la meteorología popular, la etnobotánica o sobre la presencia del mundo animal en nuestra cultura. Aseguro que será obra rigurosa, excelentemente documentada y que nos hará más felices. A ello nos ha acostumbrado su autor.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos